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t on Miguel! da Unamuno. (Foto Alfonso. Un alto t i Miniarte de Lemas: Bísenla f Pérei Lugí -la MQracién di los leyes áe Van der Sces, -Ea fmtemám, un tten Miguel Por ALBERTO INSUA Federico, de Berlín La ¡mita de. esta joya de la pintura primitiva con el consenso de las autoridades de España había producido pesaduzníbre en todos los enamorados del Arte, que no atendían a las razoBes privadas de los (poseedores del- cuadro, gente eclesiástica. Con ei producto áe la venta iba a construirse un colegio o modernizar y ampliar un hospicio. No recnerdo bien... Pero el cuadro, todavía en aquel verano del año 13, ¡podía ser contemplado, sólo, en un aposento con ventanas a ras de tierra de la iglesia de San Vicente, que es la parroquia de Moníorte On afto antes o después de esta visita- -mis recuerdos se entrelazan- -yo había visto, también sola, sn uno de los sótanos del Britis h a la Venas del Espejo üe Velázquesa, lacerada por una sufragista, y qué allí esperaba su reparación. La. tela üe Van der Ctees- -áe Hugo ie A moeres, como te llamaba el Vasar! no isafeía sido- herida por el cortaplumas de ninguna loca, sino, acaso e invisiblemente, por las uñas de la necesidad, Es historia antigua y no insistiré. Mi padre y yo, bajo la íflírada soñolienta áe un lego, contemplamos el bellísimo cuadro, y. aún creo que, reciente un tviaje mío por las ciudades flamencas, presumí de muy versado en la pintura de los maestros de Brujas y de Amberes, -y que me pasé por labios la miel de estos nonásre: Mfemling. los Van Eyek, í ourtous, 321 tiempo apremiaba ¡y nos volvimos a la estación, con un simple saludo a las murallas y a los torreones de Monforte, la bien nombrada, y a las sombras de sus condes levantiscos y de sus abades prepotentes, que se las tenían con arzobispos y cardenales, y hasta con los Beyes, Aquí de a tema para mí padre. Me devolvía, por decirte as! la pelota de mi disertación sobre la pintura flamenca. Citaba a Benito Vicetto, a ¡Murguia y otros autores. Mas estábamos ya a la entrada de la estación, j de ésta partía un aleare tumulto de voces, de afcuruxos (Mámanle asi al grito ático de los paisanos gallegos) y de coplas y pítidos... Calló mi padre y sonreímos entrambos a la par, ¿Algún tren botijo Sí, era uno de esos trenes estivales, de tarifa ultra- econámlca, de clase única, que en todas las naciones se organizaban en, tiempos de paz, y a favor de los veraneantes modestos. Eto España les Mamamos botijos porque toda la familia viaja con ei suyo, si bien al botlsjo suele no faltarle la compañía de la ¡bota 13 toque está, en beber el agua y el ¡vtoo a dhorro. Y nadie bebe a chorro como el español, Pero aquel tren no era un botijo cualquiera. Contaba con un pintoresco jefe de excursión hombre popular en España, a quien aplaudían y jaleaban en las estaciones. Mi padre y yo, un tanto al marera de la bulla, le vimos pasar por el andén, como a los toreros triunfantes en la plaza, a hombros de idólatras, sus ¡Vivas don Pío! ¡Virva don Pío! gritaban ios mozos y las moaas. SPon Pío daba ¡vítores Galicia, y lanzaba, sofocado, aígún íeble Atunuto Y c o m o mi padre- -absorto quizá en su, Vicetto- -no se acordase de quién era este don Pío yo le aclaré: -Se Manía. Alejandro Pérez liugin. periodista. Bon Pío es su seudónimo de revistero de toros, ¡Míe hablas de cosas que no entiendo- -me confesó mí padre- Desde que en mi juventud vi una vez s Lagartijo, no he vuelto. a entrar en una pia za de toros. Ten. cuidado, no nos atrepellen estos bárbaros Todavía Lugín no Ha. a t í a escrito La Casa de la Troya su famosa estudiantina que mi padre, atóig- u miembro de las tunas compostelanas, leería c o n deleite años más tarde. Nos volvimos al tren, contentos de la, amenidad de nuestro viaje, y con un apetito juvenil- -mi padre paresía mi hermano- atacamos la cesta de la merienda? Se me ha ido de la memoria el nombre de la estación donde teníamos que abandonar eí ferrocarril- -lento y vetusto- para subir a uno de los cochecitos de caballos que hacían el trayecto hasta Cuntís. Llegamos, R W O sro muy ameno aquel- viaje por tierra de Galicia que mi padre y yo hicimos en agosto del año 13, Camino de las famosas Caldas de Cuatis, provincia de Pontevedra, donde no de nosotros debía someterse, a una cura, nos encontramos en el tren con Joaquín t lcenta. Creo recordar que el élebre autor se dirigía a La Corufia para asistir al estreno de uno de sus dramas por la compañía Guerrero- Díaz de (Mendoza. Bleenta era un gran conversador. Y ocurríale Que, habiendo escrito na obra (proletaria o de blusa corno su Juan José de laque estaba todavía frescos los laureles, y- empleando en sus crónicas de El Liberal un tono casi siempre subversivo, parecía, por su complexión enjuta, sus ojos claros, sus ademanes sobrios y la natural distinción de su persona, nada menos que un gentlemars Dieenta nos entretuvo con su esharta, numerosa de anécdotas y de mordiscos Pues era un tanto maldiciente. Pero nosotros nos quedábamos, por inás horas, de tren a tren, en Moaforte de Lemus, atraídos por la Adoración de ios Reyes de Van der Goes, ei gran pintor flamenco, cuadro magnífico que, uno o dos años antes, el Gobierno alemán había comprado en un millón ciento ochenta mil pesetas, para ei Museo del imperador te tos Reyes d Mugo Van del Sa s,