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UN SEIS DE OCTUBRE, HACE SESENTA Y SEIS AÑOS, SE ESTRENO EL NIDO AJENO E L número no suma una centuria, no es de redonda conmemoración. Sin embargo, ion. ua un capicúa memorable. El seis de octubre de este año que vivimos nace sesenta y seis años del estreno de una gran comedía; comedia que atore caminos de renovación superadora ten el panorama escénico español. Fue en 1894. Título de la obra: El nido ajeno Autor; Jacinto Benaivente, No era la primera pieza del maestro, aunque fue la primeramente representada en público, ante eK del teatro de la Comedia, de Madrid. Pero Benavente ya toatoia escrito, e intentado estrenar, otra obra suya de las mejores- -taúen documento satírico de costumbres- titulada Lo mejor de Madrid qus con el nombré de Gente conocida se presentó en el mismo escenario dos años después. Tuvo El nido ajeno excelentes intérpretes; de los más sonados, con justicia, por aquel entonces, y cuyo prestigio perdura en la galería dramática de finales del siglo XIX y principios del actual: Carmen Cobefia, Sofía Álverá, Soledad Lope Miguel Cepilló, Emilio TWuüler, Francisco ürquijo. inos... ¡Entonces volveré a buscar un rincón donde morir en el nido ajeno. El futuro autor de Señora ama era más que una promesa. Su paso era firme. Era el paso perdurable. Porque venía a ccntinuar, renovándola, la estirpe áurea de Lop s, de Tirso y de Calderón. Venía a recrear el teatro español. Y ahí está, todavía, sin monumento ¡público de bronce, mármol o granito, -pero agigantado y sin sucesión en nuestra literatura escénica. fténKmoremos unas p a l a b r a s suyas: Amargo olvido cuando el recuerdo debiera ser nuestra vida mejor y lo mejor de nuestras, vidas. El nombre de Emilio Mario va unido al del maestro, y fue aquél, asimismo, quien primero subrayó las notabilísimas condiciones de lector que poseía Benávente. Así, dijo: Encanta escuchar la lectura de una comedia a este muchacho. Parece que la estamos viendo representar. Sólo ¡he conocido a; un autor que lea tan bien, y es don Ricardo de la Vega. Años más tarde oímos nosotros, más de una vez, lecturas teatrales de don Jacinto, y a poco d serle concedido el Premio Nobel de Literatura, allá por el año 1923, nos fue dado escucharle, en su casa de la calle de Atocha, y en compañía del malogrado Francisco de Vín, el doctor Isaac Moreno- -imédico de Raquel Meller- -y el periodista Gonzalo Iiatorre, unas escenas de El nido ajeno en amistosa tertulia evocadora. Fue una tarde de invierno, con frío sordo que debiera encenderse, afanarse, api e gurarse para que el creador de tan prodigiosa galería dramática tuviera en Madrid el monumento merecido. En este Madrid que el maestro amó y dignificó entrañablemente. El Madrid eri que vio la luz y la definitiva sombra. El Madrid dondé se fecundó y iue sirvió de escenario a El nido ajeno la espléndida, honda comsdía, primicia rebosante de madurez. Es notable la línea que sigue don Jacinto en esta obra suya. Es una obra hacia adentro como se ha dicho; una obra interior- -íntima- en la que el alma de ios personajes se hace escena. Y para ello no recurre a efectisnSos o técnicas fáciles, tan propicias al deslumbramiento teatral, pero, cuya falsedad se advierte después, cuando la sedimentación del tiempo pone valor a tos cosas, o las desvaloriza, lo. que ocurre n ás- frecuentemente. Por esto, la comedia que ahora memoramos cobra valores nuevos al repetir su lectura. Aquí está el nervio del gran autor, Y BUpermanencia. José VEGA Era empresario y director del teatro dé la Comedia don Emilio Mario, magnifico actor, a su vez, el cual tenía larga amistad con el doctor Mariano Benavente, quien le asistió como médico en algunas dolencias, sobre todo en una que ¡puso en peligro su vida. Y esta amistad y relación hizo que Mario conociese a un joven dramaturgo- -inédito aún- hijo de don Mariano. Bien es verdad qué este valor inédito ya tenía ciertas resonancias, siquiera fuesen limitadas a pequeños círculos faranduleros y literarios. No obstante, El nido ajeno se estrenó, cómo suele decirsé, por recomendación. ¡Pero tantas cosas, buenas y. mates, se han hecho ijr se hacen por recomendación! Así, debe añedirse el empleo de esta palabra, ya que se puede pecar de injusto por querer presumir de íntegro. Él mundo y la historia ofrecen mil casos de fecundas y gloriosas recomendaciones, aunque ofrezcan otros tantos, o más, de nefastas e infelices. El nido ajenó no gustó, en general... Digamos, empero, qu hubo una mino ría de- críticos y de púfeuco que supo apreciar atisbos de fino y hasta de profundo comediógrafo en el novel autor. ¡Pronto la incógnita mayoritaria se haría plenitud aifirmativa, y los menos, como siempre o casi siempre, verían evidenciada, pregonada su opinión. ¡Qué maravillosa comedia ésta de don Jacinto! i Qué hondura psicológica, qué realidad humana la- de sus personajes! ¡Qué experiencia triste experiencia significar siempre triste experiencia decía Nietzscihe) la de aquel Manuel encarnado por Emilio Thuiller! Recordemos algunas de sus palabras. ¿Qué me importa que en el fondo de un pozo haya un tesoro, si para llegar a él toe de ahogarme? Yo no quisiera ser hijo imio Y 3 as finales, cuando se despide de su hermano José Luis y de María ¡Adiós! No para siempre te dice lia. Manuel termina: ¡Para siempre, no! Hasta que seamos muy viejos y no quepan desconfianzas ni recelos entre nosotros. Cuando no podamos dudar ni de nosotros mis- Carmen Cobefía, Jacinto Benavente y Emilio Thuiller,