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riosa, que al finalizar un largo parlamento arrancara la más cálida ovación. Al salir de escena la artista, sorprendida por aquella reacción del público, interrogó al autor: Don Jacinto, ¿qué quiere decir lo que he dicho? También se cita el caso de otra comedianta a quien bastaban... los dedos para comer en su casa. n escena, y cuando 1 papel 3o requería, manejaba los cubiertos con una distinción que no envidiara cualquier archiduquesa. A esto se, íüama intuición, Adela Carbone ha sido una de nuestras actrices más inteligentes, y la inteligencia, pesa a los defensores de la intuición, nunca está de más. Es elemento primordial para triunfar, sin exclusión alguna, en cualquier actividad, Adela íue tal vez la más sutil y sagas ADELA CARBÓNE A desaparecido, -desgraciadamente para sus amigos y admiradores, para la escena española, una figura excepcional. Pocas veces habremos empicado con tanta exactitud ese vocablo. Adela Carbone constituía una gran excspcito, sí; por su personalidad acusadísima, por su calidad ¡humana, así como artística, -qu tal vez percibiera en todo su valor solamente una minoría de los aficionados al teatro. Adela Cartone nos vino de Italia. Me refería como llegó un día, jovencísirnn, de viaje; cómo luego se fue quedando indefinidamente, hasta comprender que ya nuntía podría abandonarnos, d tal modo sentíase prendida en el encanto de España e incorporada a nusstra patria. Ella, que dibujaba con verdadero talento, y hubiera podido ser de proponéroslo una escritora famosa, respondió a su vocación más firme. Y fue actriz. Enamorada del teatro y rehuyendo acaso el peso de una responsabilidad excesiva, sabía que no es necesario encarnar siempre la ¡protagonista de una obra, figurando como cabecera de cartel para realizar una labor teatral interesante y eficaz. Sólo durante alguna temporada fus primera actriz del teatro de la Comedia o recorrió ¡España al frente de su compañía. For lo demás, tuvo tai puesto destacadísimo en los elencos más prestigiosos. Cualquier papel secundario, cualquier personaje episódico cobraba a través de ella un relieve singular. Sus creaciones son inolvidables: la morisca de La venganza de don Mando la francesa de Rosas de otoño la Maestá de La noche del sá ado aquella princesa Eudoxia de otra obra foenaventina... Hay quien asegura que la inteligencia no es indispensable al actor, que basta el sometimiento a una eficaz; dirección escénica a importa más que nada cierta intuición. A este propósito se r- eflere una curiosa anécdota relativa a cierta actriz glo- H durante un largo período- cuando Adela Carbone dio la plena medida de su talento y sus facultades. Un público entusiasmado la aplaudió en dos obras de Anouilh: Colomlbe y Leocadia En la primera nadie podrá olvidar la portentosa interpretación del tipo inspirado en el monstruo sagrado que fue Sarah. Bemardt, ya decaída. En Leocadia encarnaba deliciosamente, como muy pocas actrices pudieran hacerlo, el papel de una condesa a la vez encopetada e insensata. Más tarde, con motivo del homenaje que Piedad de Salas quiso tributarle en su teatrito La Carbonera Adela eligió una obra en cierto modo imprevista, ya que ella se especializó en las elegancias de la alta comedia. Se trata de Santa Juana de Castilla de Galdós. Y Adela nos hizo saber entonces la primerísima actriz dramática qus hubiera sido de cultivar ese género. Sólo una artista de gran talla pudiera expresar tan cabalmente la angustia de aquella infortunada r i n a, cuyo drama, consistió en no enloquecer d e l todo. Sólo una actriz de la m e j o r tradición y de gran temperamento pudiera darnos e s t a versión de un personaje apasionante debatiéndose en (su senectud entre l a s sombras que embargaban su razón y una l u z intermitente. Un paciente fotografía de Adela de nuestras comediantas. A ese don unía una profunda sensibilidad, un gran ingenio, una modestia no frecuente en figuras del teatro, una perfecta distinción y una depurada cultura, que le ¡permitía conocer a fondo cualquier personaje histórico que huülera de interpretar, así como el atuendo característico de toda época. En 1 difícil arte de la, caracterización fue wrda duramente maestra. 3 La voz de Adela era armoniosa; musical; su aceito- -sin deja extranjero- mas suave y melodioso que el de la mayoría de los españoles. En las crónicas qué publicaba de tarde en tarde, en sus deliciosas epístolas empleaba una prosa fluida, brillante, siempre impregnada ds lirismo. Si se tratara de establecer comparaciones, de señalar afinidades, ihabría que buscarlas allende las fronteras, y- más concretamente en Francia. Algo tenía Adela del empaque dé Oecil Sorel, de la distinción de Gabrielle Dorziat. Pero siempre nos recordó espacialmente a una come- dianta también desaparecida, ídolo del público francés: Marguerite Moreno, Ha sido tarde, sin embargo- -y este retraso se debe quizá a la (alta de más ocasiones de lucimiento, al mediocre repertorio teatral con we se contentó el público Ahora, al verla definitivamente qiiieta, cruzadas las manos- -esas manos que solía, tendernos con efusión mientras su voz armoniosa proCirbone. nunciaba una frase cordial- pensábamos en la muerte prodigiosamente fingida en su interpretación de Juana de Castilla. Pero esta vez la actriz, ya sin mutación alguna, no se levantaría para recibir sonriendo, levemente inclinada, el homenaje del pública. Un año había transcurrido- ya desde que el último mutis de Adela llenara de aflicción a sus amigos. Sintiéndose enferma, recluida en su casa, se dispuso a morir serenamente, casi diríamos amablemente: como vivió. En sus últimas cartas, escritas para agradecer el envío de un ltaro, de unas flores, se refería a la muerte con un estoicismo peco frecuenta en el ser humano. Sólo al tratar del teatro cobraba su acento un tinta sombrío: Cuando pienso que ya nunca, nunca volveré a interpretar... Y en esta frase está la clave de su vocación apasionada, ds su total entrega al arte escénico. Vivir le importaba menos que actuar. Pérdida irreparable para el teatro, dolorosa para quienes tuvieron la suerte de conocerla. Así hemos de considerar la desaparición de Adela Carbone. Esa muerte... que no pudo interpretar. Agustín DE FIGUERQA Marqués ríe Santo Ploro