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LOS CINCUENTA AROS DE DONA CLARINES POr VICENTE VBGA Matilde Rodríguez. sámente se les llamó durante mucho tiempo a los Quintero, y con mayor razón entonces, acreditaban su ya admirable dominio de la técnica teatral, y sólo con el arte y la humanidad que pusieron en los personajes lograron que la obra, bellamente escrito, de afortunadísimos detalles en su parte cómica y de delicadeza en su parte sentimental, interesase al público desde el primer momento y se representara en toda España durante varias temporadas. El problema que. se plantea en la escena es sencillo. El pretendido carácter atrabiliario de Doña Clarines dimana de un cruel desengaño amoroso sufrido en su juventud. Condenada voluntariamente a perpetua soltería, pues por facha y hacienda no la faltaron otros pretendientes, ha dado cobijo en su casa a la hija de un hermano viudo, fallecido hace poco, lista encantadora chiquilla, de dieciocho años, se ha dejado en Madrid uh novio, con el que mantiene correspondencia a espaldas de su tía, ignorante de las relaciones. ¿Razón de semejante conducta? Que el novio es hijo del causante de la soltería de Doña Clarines. Tan leve argumento tenia el refuerzo de dos personajes acertadísimos: Tata la vieja y nObletona Criada, que interpretó mara- villosamente Leocadia Alba, la característica que aun las figuras ¡más plebeyas sabía teñirlas le no sé qué reflejo de gracia y de aristocrático buen gusto Que las ennoblecía, a igual que los bufones, borrachos y picaros inmortalizados por Velázquez; y Don Basilio el hermano de Doña, Clarines, parásito, borrachín y trapacero, interpretado por Simó Raso, excelente actor presente en la memoria de cuantos tienen más de cuarenta años. ¡La protagonista halló en Matilde Ro- drigúese la actriz que justamente necesitaba, la gran actriz cuyo recuerdo se perdió hace mucho tiempo; casad con el meritísimo actor Pepe Rublo, durante años Ídolo del público, este matrimonio ejemplar, ordenadísimo en sus costumbres, a la primera señal de cansancio, no del público, sino de ellosj se retiraron al amparo de una fortunita dignamente ganada, Ella tenía, como recurso máximo, la expresión de su rostro, a la que contribuían, con los ojos mismos, todas las facciones, en continua movilidad, según los estados de Animo a que debían dar reflejo (1) iEsta condición la permitió encarna irreproóhaibtómente el nada fácil papel de Doña Clarines, culminando su acierto en la escena con el novio de la sobrina, una de las lecciones de buen teatro que nos dejaron los Quintero. La fase final de esa escena: ¡Gracias, Señor, que me diste la entereza; necesaria para ser justa I pare pe muy sencilla, peto hacía falta ser la gran actriz que era Matilde Rodríguez para darle exactamente el tono debido. La soirina corrió a cargo de Conchita Ruiz, deliciosa damlta joven, y otro encanto de criatura, Mercedifcas Pardo, que pronto llegaría a ser la primera actriz de aquel elenco, no dudó en sacrificar su belleza para desempeñar el breve papel de una asustada sirvienta, en el que estaba admirable de sencillez y de gracia. Completaban el reparto Puga y Romea, llamados también a ser primeros actores; eran todos ellos los de Lara casi una institución madrileña durante tres lustros. iNO faltó entre los críticos alguno que opusiera a Doña Clarines el reparó que, i- Continúa. (1 Deleito JPMJuel s Katampas M tMjulvMí teatral fin slelo 1? M AS edad representaba aquella simpática y campechana señora de Ouadaiema, señora por su porte y plateados cabellos; quienes la pusieron en el mundo aclaraban que sólo tenía cuarenta y cinco años y era soltera. Vestía con gran originalidad, con gusto personalislmo, dentro de una gran sencillez Llamaba a las cosas por su nombre, y a los hombres por lo que veía, o creía ver, en el fondo moral de cada uno. Naturalmente, las gentes de Ouadalema pensaban que Doña Clarines no andaba muy bien de la cabeza, y puesta a exagerar acerca de sus originales costumbres sostenían con toda seriedad que por las mañanas despertaba a los criados con una trompeta. Nada más lejos de la realidad. Doña Clarines era una gran persona, a quien no se la podía poner otra tacha que, cada vez que hablaba, como dicen en Sevilla, y sevillanos fueron sus progenitores, ponía el pan caro. Este temperamento de una pieza- jue dejaba de una pieza al lucero del alba- -sólo ofrecía el inconveniente de que los criados no paraban en casa de Doña Clarines, que estaba a matar con todo el vecindario de Ouadalema e incluso tenía algún que otro rifirrafe con su confesor y hasta con el propio obispo de Iá diócesis. Pero lo cierto es que Doña Clarines era tratable, agradable y simpática; de ahí el gran éxito que obtuvo cuando los Alvares Quintero la presentaron en el teatro Ltura el 5 de noviembre de 190 Doña Clarines es una felicísima comedia quintejriana, de dos largos actos. Ün pero en la 4 ue los niños como i0 ÍS! f ál f 9 0 t I ue ibáwseen, de liquida a d rwha. o utrl eadia Alba y Conehlu Rulx, y lo éter l u a y almo Rato, (Fot olfutnt U