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sucitar c n Cristo es neoesaxio con r bacía la muerbe, pues la vida es muerte viva. sta vea tampoco coroprendiieron los Apóstoles las palabras de María, que les hablaba en el mismo tono Indascifrable ús Cristo, En la hora Je la victoria ensalzar a la muerte frente a te vida, no podían comp derlo. El silencio úie los Apastóles lo cortó Mari I y fíermaneced unidos. El Paráclito. e! btí. v vitestros ojos y ieeatará vuestraA lengua. Nunca el tictac de la ¡noria, rodada. por la vieja camslla, hizo m s fecundo el tiempo, i MarSa, la Madre del Rabí de Nazaret, está moribunda. Juan lo ha proclamado a voz en llanto desde Efeso, pues si lia se va, una inmensa orlandad caerá sobre la comunidad cristiana, que se extiende sin cesar como hoguera u t r e resinalss. La. noticia corre tan velos por Palestina, Que los Apóstoles acuden a la estancia de María. Allí, en su casa blanca de Eíeso, la Madre del Crüclflcado yace recostada sobre el lino de un catre de píes en forma de cruz. De J u d s A lie a Santiago el M a y o r De casa del centurión Comelio, de la cohorte ItáÜca, viene Pedro. Felipe abandona las Frigias. Y Persla M a t e o Bartolomé suspende su viaje a la India. Y Santiago el Menor a p l a z a sus disputas con los, escribas y fariseos del templo de Jerusalén. Juan ha seguido los lültimos días de Maria sin abandonar Bfeso, su residencia habitual. Junto al le (dio de la Madre agonizante todo es respeto y silencio, pues la oración de los Apóstoles, más que en los labios, está en el corazón. Presienten que se les va el apoyo de su apostolado, el valimiento y la confianza. Ya no será posible que Juan y Pedro la a. compaften por el itinerario de la pasión de su Hijo en Jerusalén, porque se ve que el alma se le escapa por los ojos y por la boca. Maria se ha quedado dormida. Day en su faz una profunda bienaventuranza. Como si la luna hubiera depositado sobre su tez un cendal de plata. El silencio se espesa entre los reimidos que contienen la respiración y agrandan Jos ojos. Nadie se a hablar. Sólo el llanto dssgra ¡rrado, élamoroso de la- mujer de MSagdala ímpa el suénelo, mientras los ojos de Juan ¡y dí Pedro se tomah brillantes, vidrieáos, ¿on 1 bogo en la gargiaata. La vida de Miaría 3 ha entregado a la miuerte como en un sueño traaiqullo... Ya camina el féretro a hombros de lo amigos de su Hijo. Las antorchas alumtiiraa él camino, mienü- as Miaría de Magdala echa flores al paso del cortejo, y y Miaría Siloé y sus amigas. E! n la roca v á del sepulcro es depositada la Madre del Nazareno. Y 1 golpe da la l a al oaer, que la prütege y atropa, semieja un bordón musical msélieo. Sin adelante será el lugar de peregrinación de los Ai? óstoles para reoui nar fuerzas ea la aiidadura por las ciudades y por los caminos. Días después, Tomás, que ha llegado tarda al. acto funerario, muestra deseos de contemplar por última vea el rostro de la Madre malograda. Ls aoompaíSaa al sepulcro Juan y Pedro y María, de Magdaía, que coincidió allí en su continuo vagar por los sitios donde dejó huella el Maestro. Pero el sepulcro está vacío. Un enjambre de rosas frescas cubre la fosa Vn intenso perfume a min- a y xilaloé. a gálbano y a algalia azota el rostro de ITomás. Efs El, se la ha llevado el Maestro í- -exclama Maria de Magdála. Juan y Pedro caen vencidos al suelo, mientras miran absortos hacia lo alto, tonde María, te, Madre dsl Crucificado, ha arribado en cuerpo y alma para celebrar te vlctOTia del Hijo. Ramón XJJXDO,