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ti: Mii- RtE: M ARÍA de Ma l te. te freció sa casa dfi BetaiMa. Süi emtaftx o. Mariá, la Madre del Cruclñcatío. optd iK r la oi paíUa die Juan, el nmvo ítíjo íiiís se te hai) ia Melado en el Oólgot Por otra parte, Bátanla, estaba cerca de jJeníSalén y- nmintisidiríft Vivo ¡ai I recuerdo los tormentos del HÉljo y la dwlealtad de los amitos. La, estancia Que te ofreció el hijo dsl Zebedeo, en Samaría, más allá (te Bfrén, distaba demaslitdo y le pHva 4 ria de nsosssérüa. oonHDañia con los discíputo ledras. Decidió l Dsaria en eri rae al norte de Jerusatón, en una easit epMbelgstda POT dentro y por fuera, roSí d ¿te nSalaates y de plantetes de centeno y de sésamo, UíJa, noria, rodada par vieja amella, nmroftba sobre el collar de los arcaduces el tictac del tiempo, mieAtra afuem, Jua n, el discípulo fiel leia atisorto las ixrafecias de I ia bajo la jsombm de m cinamomo. A Iti ria ie placía la ccmipañia de Jtmn, p o desde aquella tarde del m nte de k, Calavera, un abismo de silencio y de orfandad en el aíms se estrechaba entre loa dos. A Fedro ya hacia días a no le habían visto. María, con las cuencas da los jos hundidas y la mirada en al vacio, aoeÉr ba la pequeña hacienda, miien as flotaba en el ambimtei ¡sta Irss, éi perfume mirra y xlMoé del sapulciio. Nicodaaius. migo generoso, Imbfa tmgido el cuerpo áe Cristo con toda olaiSif de esencias de gálbaaio, de aAs de goma de cistq, de lógrimias de estoraqus... que on la n a y el xilaloé todavía seguían de pidlíaido olor, pegados a la túauica y a tos velos de María. 1 HMo muerto staba en la quietud y a el aire da la casa. BH domingo apareció Umpio de utoss. Saludteiba gozoso a h, prtoiavera. Los di cfpuloa y anegos de Cristo, el ajusticiado, Kindibaa de consejáis, 1 dfo. limite úe la resurrecolón era libado y no habían sido llamados todavía a ios altos caicos del nuevo netoo mcelánico, con Oristo a Ja absziíi- t A neJ m d s vtrgen ff n ls (se! 9 Miyfu. (Fotos Wuaec (Praao. Vil rumor les líenó de ozcdMia: el cuerpo de Criato ihabíá sido rolMuáo del epulcro donde k depctíteítm J o de Arlmatea y Nicodemus. Dtecutlaja allí, junto a la puerta de Efraim, algunos discípulos, entre ellos Pedro y Lucas y Santiago. Se afaüaban por descifrar cómo saria im planlado el nuevo i ln De pronto, María d Magdala llegó hasta ellos jadeante, coa la voz entrecwtaífe: ¡Ha resucitado! ¡Yo ye be vtóto! Y sos ojos, grMidEs y titoietitos, tes lfieaban el hecho con más fUerm que sus ipalabras. Como torrente ai crecdtiiai cayó sobre los apóstoles la iwtlcia de IMUuria Magdalena, a la que no creymoi. winque el anuncio lo ocmflnnaran luego Juan y María de Santiago con a l a r í a de lágrimias. Sin embargo, el corazón ds los Apóstoles empezó a latir sin pausa, buscando al Maestro. La aiparición de Enmús, rela tada por Cleofás. íes colmó de esperainaas. jHDasta que la realid d del cenáculo; venció al fin su incredulidad, menos la de Tomás. Entonces decidieron visitar a asaria. Pero i a nueva dé los Apóstoles quadó olipsada al llegar en presencia de la Madre. Brillaba ea su semblante la paz. Y fué ella) que contó a sus dásscípülos laisf primictes, de su Hijo resucitado; cómo vivir es pelear y sobi evivir es amar. Cómo pana re-