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Y iPbotes y áPbo! e 6 a un lado y otro... parcidos aquí y allá. Después se supo, iay! que las aldeas eran simples decoraciones, y los campesinos, actores contaratados, el cuerpo de baile de la Opera de Moscú en pleno, y sus trajes, vestidos de guardarropía, y los ganados, siluetas: Que todo era pura ilusión óptica, figuraciones, trampa y cartón y pintura, preparado de antemano por el príncipe Potenkym para mostrar a la Emperatriz sus dotes de mando y cómo él sabía arreglárselas para hacer feliz a su pueblo. (Y, entre paréntesis, es posible que esté faohadismo sls repitiéndose en Rusia desde el siglo X v m basta hoy. y viene a cuento tan curiosa superchería a propósito de estas tristes carreteras españolas no para proponer que lal margen de ellas se pongan decoraciones o bambalinas ni campesinos ataviados con trajes populares, y en desuso. poMiue sería difícil superar la hermosura y variedad de nuestro paisaje ni la auténtica espontaneidad de las gentes aue en él se mueven- io, no; de ningún modo, nada de trompel oeil que ño es preciso- -i, sino para sugerir la conveniencia de prolongar el primor y cuidado que ponemos en los accesos las graíndes w bes, por lo menos a lo largo de los caminos reales, entendiendo por tales, como los deflr. e el Diccionario de Autoridades el camino público y más freqüentado por donde se va a las principales ciudades del reyno aunque luego se procurase ampliar este esmero a todos los caminos de rueda. Ka una palabra, de adecentar y hernuosear las rutas radiales más importantes, por las que vamos y venimos españoles y extraños con más íiecuencla. Que qué podría hacerse, se preguntará ese Imperticente que me está leyendo. Pues muchas cosas, señor. No soy jardinero mayor ni tampoco ingeniero paisajístico- cosa que me divertiría tanto- pero me parece que bastaría llevar a cabo algunas mejoras que otros han realizado ya. Sin ir más lejos, y a ejemplo de Portugal, que cuida sus rutas principales con verdadero primor- ¡esos adoquines colocados en espiguilla cornto el dibujo de algunos trajes de caballero! cabría poner a ambos márgenes de las carreteras un seto de arrayanes, cupresus, aligustres, retamas o urces, de cualquier planta o arbusto que S diese espontáneamente en el terreno, con B lo que se evitaría ese feo primer término de las tierras lindantes, del talud cortado a pico, del desmonte de desigual altura, y, como en Portugal, premiar a los peones camineros que tuviesen más cuidado el trayecto a su cargo, y a ejemplo de Portugal, tarobiéri, convertir en jardín el pequeño trtóJigulo que formasen las dos salidas curvas de cada Camino lateral. Y árboles y árboles a un lado y otro, aunque les estorben a los automovilistas que todavía queda algún peatón. Chopos, plátanos, acacias, egrillos, moreras, eucaiiptus o pinos, y aun árboles frutales, como en algunas zonas de las Vascongadas o Cataluña, ya fuesen manzanos o cerezos, o naranjos, igual que en las calles de laga. Todo, menos esta desolación de kilómetros y kilómetros sin una sombra amable. Y rotondas, aquí y allá, frente a los grandes: panoramas, donde poder repósar; contemplando un valle siQoble, vax paisaje grandioso o un horizonte infinito. Con su oa Tte: y su plano topográfico o el perñl de las montañas, con sus nombres respectivos. A kt gente hay que enseñarle a ver y desde dónde, darte hecho casi todo, que mudhos tienen ojos pero no veh. Y al llegar a lois pueblos... Esta es otra. Sn algunas provincia? se han convocado concursos para premiar el ornato de los pueblos. Acaso no baste la iniciativa municipal, qué puede ser equivocada, y esta obra de hermoseamiento exija orna unidasuperior de propósitos, una dli eeclón integral que logre variedad en la totalidad del conjunto, que evite lo uniforme y repetido al producirse la terrible emulación de los alcaldes. Supongamos que a alguien se le ocurriese poner azulejos sevillanos en Puebla de Trives o Torrelavega. Y no es eso. En muchos casos, se limitaría a pequeñas reformas, simples detailles. A levantar este muro caído, que día sensación de abandono; a sustituir aquella muestra, comercial horrenda por otra más graciosa; a enjalbegar esta fachada o pintarla de color vi- vo, igual que a estas puertas y ventanas; a plantar Una eruredadera que ehcubíieise voí poco esas lacras; a darle más saledizo al tejado o poner un balcón en esta fachada; a decorar la ermita, ensanchando el antuzano; a iluminar el crucero... Y a obligar a que se construyesen las nuevas ediñcaciones rurales de acuerdo con el estilo del país, qué ya estamos hartos de las cajas de cemento de la arquitectium funcional. Bero para lograr este mínimo programa de urbanización dirigida, quizá fuese preííiso que se nombrase un veedor- -me gusta la palabra, ya que su función sería la de ver, de nilrar, de contemplar- para cada uno de los caminos reales d Sspáfia, y aiin mejor uno para el trayecto de cada región, que fuese arquitecto, acaso pintor, tal vez escritor, y siempre persona acreditada de buen gusto y de saberes. No basta aspirar. a convertir las carreteras en autovías. Tamibién hay que conceder algo, lo jsecesario, a la estética. y hacer gratos, luminosos, alegres, los bordes d d (áminp par donde vamos y venimos. E. C. C.