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D IA R I. O IL US. TRA D O DE INF O Ft M A Cí O N G EN ERA L f St UNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TE D Í A R I O I L U Sr TRA D O D E IINF O R! M A C I O N G E N ERA L o Sí Alecturade u n a reciente estadística oficial de la Organización Mundial de Sanidad me sugiere algunas consideraciones acerca de un triste asunto que siempre me ha preocupado. si bien no personalmente, ya que ni el drama se cruzó en mi vida ni mi fe religiosa me hubiera permitido poner fin a mi existencia. Quizá esta falta de interés personal fue causa de mi escasa erudición en la materia, que no me permite ofrecer a. los lectores una disertación filosófica sobre las razones que- condenan el acto de poner fin, de modo voluntario, a su propia vida. Jamás me cupo duda de que el suicida, al destruir una cosa que él no creó, ejecu a una transgresión de leyes morales; mas no estoy cierto, en cambio, de, si ello es una cobardía o un acto de gran valor. La muerte no impone más que a los pusilánimes. Lo sabemos cuantos la vimos cerca en ocasiones. Tcdos conocimos mujeres tímidas que de todo se asustaban en vida, y que a la hora de la muerte la afrontaron serenamente con la gracia del momento q u e Dios, oportunamente, les envió. Pero tampoco es el suicidio un acto cobarde en sí. Podrá serlo accidentalmente en algunos casos, pero no en la generalidad: amores contrariados, dolor por la pérdida de un ser muy querido, neurastenia, deshonor, etc. y trenos en los casos del capitán que se hunde en el puente de su barco, o el de un oficial que sacrifica su vida y la de su tropa defendiendo a toda costa una posición, o el de los aviadores suicidas japoneses de la última gran guerra. Pasemos a comentar el cuadro estadístico que motiva este artículo, del que extractaré los siguientes datos: Por cada cien mil personas de uno y otro sexo se suicidaron en 1954: en el Japón, 23,4; en Dinamarca, 23,3; en Austria, 23,1; en Suiza, 22,6; en Alemania occidental, 19,3; en Finlandia, 18,9; en Suecia, 18,6; en Francia, 15,8; en Bélgica, 13,8; en África del Sur, 11,9; en Inglaterra, 11,4; en Australia, 10,9; en los Estados Unidos (blancos) 10,8; en Luxemburgo, 10,4; en Portugal. 10,2; en Nueva Zelanda, 8,9; en Ceylán, 8; en Noruega, 7,4; en Canadá, 7,3; en Italia, 6,4; en Holanda, 6,2; en Escocia, 5,9; en los Estados Unidos (negros) 3,8; en Irlanda del Norte, 3,5 y en la del Sur, 2... Dejé para lo último a España, con su índice de 5,8; a la que sólo dos países- -las dos Irlandas- -aventajan en bajo coeficiente de suicidios. Este orden correlativo es desconcer- tante, lleno de sorpresas. No lo es, natu- L EL SUICIDIO EN EL MUNDO Y EN ESPAÑA raímente, que el Nipón ocupe el lu ar primero, dada la extensión que allí tuvo siempre el harakiri y las extrañas leyes del Bushidó. Pero. en cambio, que los tres siguientes puestos los ocupen tres países sensatos y de gran adelanto cultural, sorprende; así corno el que vengan inmediatamente después de ellos Alemania. Finlandia y Suecia, países también muy adelantados. Vienen en seguida Francia y Bélgica, de similar grado de civilización; y tras ellos, con casi idéntico índice de mortalidad, mitad aproximadamente que el de los cuatro primeros, varios países de raza anglosajona, siguiéndoles en orden decreciente un país ibérico, Portugal; otro escandinavo, Noruega; uno americano, Canadá; Holanda, Escocia, España y las Irlandas, que cierran la estadística con broche áureo. Habrá observado el lector que el cuadro es incompleto, qué faltan muchos países de varios continentes. La epidemia de suicidios parece alcanzar mayor virulencia en los países serios y melancólicos que en los alegres y ligeros. Por eso el índice es, generalmente, mayor en los países fríos, más propensos a la melancolía que los cálidos y soleados. La regla tiene excepciones: Canadá e Irlanda, fríos y de bajo índice. El alto nivel- cultural de una nación parece perjudicial a la seguridad de la vida de sus habitantes. Podría suponerse que los índices expuestos vienen influenciados por los desastres de la pasada guerra mundial; pero estadísticas del año siguiente- -1955- -muestran que los suicidios aumentaron en número con respecto al anterior. Que fueron más los que voluntariamente dijeron no a la vida. Como el grado de adelanto cultural de un pueblo está relacionado con su riqueza, los países ricos tienen mayor Anuncíese en todo e! mundo por medio de la Edición Semanal Aérea do ABC índice que los pobres. Regla que también tiene excepciones: Canadá y Holanda, en un sentido, y Austria, en el contrario; aunque su caso puede explicarlo una dura posguerra bajo el yugo soviético. Seguramente índices mayores tendrían, si los conociéramos, los derrás países satélites de Rusia. Las principales causas de los suicidios registrados son: la neurastenia, la angus- tia cósmica, el romanticismo, la enfermedad, la vejez y el amor. La actividad de la vida moderna, en. ciertos países, destroza los nervios mejor templados v produce aguda neurastenia y tedium vitae desconsolador, que ataca, sobre todo, a los que perdieron la Fe. El hombre, al alejarse de Dios- spes única pierde los cables que le atan a la vida. y en las graves crisis de la suya, se angustia y desconsuela. Esta parece ser la razón de más del 66 por 100 de los suicidios. El romanticismo, sin alcanzar la exacerbación que tuvo hace siglo y medio. conserva aún vivencia bastante para inducir al suicidio; estimulado, a veces, 1 como en Alemania el siglo XVIII, por una obra literaria. Mientras exista amor habrá romanticismo. Todos recordamos, seguramente, suicidios por amor dé ióvenés, casi adolescentes, que al ver o creer cerrados los caminos de su felicidad deciden emprender, cogidos del brazo, la ruta del más allá... La Prensa italiana comentó hace pocos meses el suicidio de dos ancianos, a los que se encontró, sentados en un sofá, con las manos unidas; como cuando se casaron, medio siglo antes. ¡Pobres ilusos! fEncontrasteis allá la felicidad que aquí se 02 negó? Son también frecuentes otros suicidos por amor, con ocasión de la pérdida de un ser idolatrado. Nos dice la estadística qué los hombres se suicidan en número tres veces mayor que las mujeres. ¿Aman éstas más la vida, son más sensatas, son más cobardes? Se matan más los viejos que los jóvenes, sobre todo los septuagenarios y las sexagenarias: carencia dé futuro, enfermedades, soledad, desilusión. El problema merece que se le preste atención. El 0,17 por 100 de la población del mundo, 425.000 personas, ponen fin a su propia vida cada año. Hay qtie poner remedio a esta nueva peste. Pero la cura no es fácil: habría que hacer volver la Fe al alma de los que la perdieron, Ardua empresa. Alfredo KINDELAN