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DONDE HUBO DOLOR, SONRISAS ACIA mucho tiempo que yo no iba por el Hospital del Bey. Casi desde que salí de allí pai- a empezar a trabajar en la Lucha Antituberculosa. Y mi deseo de conocer los resultados, del tratamiento de la meningitis tuberculosa y, también, de volver a aquellas viejas piedras que, durante muchos años, fueron mi hogar, me empujó, en unión de unos colegas, a subir una mañana. Su actual director, Juan Torres Gost, nos acogió con su proverbial afabilidad. Volví a los pasillos, a las habitaciones conocidas. Este cuarto de reconocimiento, aquella aallta de curas, el ropero de la hermana del piso... recuerdos, modificaciones. Ayer y hoy en un mismo afán. ¡Mi viejo y querido Hospital del Bey! Aun recuerdo cuando, casi un niño, empecé allí mis trajines en la Medicina. Entonces eran tiempos heroicos para la patología infecciosa. El hospital acababa de rearse- y su entonces director, mi querido maestro Manuel Tapia Martínez, procedente de la gloriosa escuela de don Gregorio Maraftón, comenzaba a formar la escuela que, años más tarde, trajo la renovación de los conocimientos de la Patología infecciona, especialmente la tuberculosa, en España. Yo llegué a él cuando acababa de regresar de Norteamérica. Su curiosidad científica, su claro espíritu sistematizador, la voluntad de trabajo nos entusiasmaba a los que le rodeábamos. Y, en la sala de autopsias del hospital, con una revista en la mano, donde la escuela germana, entonces señora, iba desentrañando los secretos de la tuberculosis, con sus típicos gestos de rascarse por debajo del gorrillo II H Todos esto chiquillos que charlan y ríen f ll ees han sido regostados a una muerte segura por meningitis tuberculosa, después de largo, y a veces complicado, ourso clínico. blanco a la francesa o deshilachar los quicios de su bata con un rápido tic de las manos, nos iba mostrando los terribles destrozos de la meningitis tuberculosa. Porque si en el hospital se veían enfermedades terribles y severas; la fiebre tifoidea, la rabia, las septicemias, la poliomielitis, la viruela, etc. que, en aquellos tiempos, en que no había sulf amidas ni antibióticos, provocaban un elevado número de muertes, ninguna tan terrible, tan siniestra, como la meningitis tuberculosa. La campana de la ambulancia municipal anunciaba al médico de guardia la llegada de un nuevo paciente. Cumplidos los trámites obligatorios de aseo personal y cambio de ropa, el practicante de servicio nos anunciaba el nuevo enfermo, preferíamos recibir c u a l quier caso antes que una meningitis tuberculosa. Y cuando desgraciadamente lo era, cosa que, entonces y ahora es bastante frecuente, k actitud medies, no podía ser más desoladora. M e d 1 das, de antemano safsldas inoperantes, para dar tiempo a a q u e l desgraciado ser, sumido en un letargo trágico, encogido, t r moroso, con la mirada perdida y vidriosa, cortado a las veces por gritos de dolor rabiosos, salvajes, a terminar su inexorable diálogo con la muerte. Por eso c a u s a asombro ver e s o s niños que, ya no están rígidos, ni coLa rin ¡á 2i de su expresión y i protección de la mano, para impedir matosos, cuyos ojos utoaoresiones, Indican que e ta nifllta no h ealldo aún de ¡a tráya tienen una miglo agresión de la meningitis. (Fotos V. Muro. rada casi consciente, expresiva, aunque sus miembros, aún torpes, acusen la embestida del bacilo de Koch a las mening. Y más aún verlos correr, charlar, reírse, agruparse como personas normales. Hemos recorrido con Juan Torres Oost las camas del pabellón tercero, donde se albergan los enfermos de meningitis tuberculosa que llegan de todo el país. Gracias a los tratamientos con estreptomicina, pas e hidráclda del ácido isonicotinico, n muchos casos sólo con el empleo de este último y maravilloso medicamento, los enfermos de meningitis van venciendo su terrible enfermedad. Terrible porque al afectarse las meninges todas y los parénquimas nobles del sistema nervioso que ellas envuelven, los síntomas son siempre de una grandeza trágica: la parálisis o la ceguera; el coma o la hemorragia cerebral. Cualquier padre que haya perdido un hijo antes de la era de la estreptomicina a consecuencia de una meningitis tuberculosa sabe cuánta verdad hay en estas palabras mías. Y todos los médicos que, como yo, hemos vivido el tránsito de una época a otra, comprendemos la repercusión inmensa que el uso de estas drogas tiene sobre el carácter general de la enfermedad. Pues los médicos, aunque la Ingratitud humana no lo crea, seguimos siendo sensibles al dolor y dejamos algo de nuestro corazón en cada enfermo que Ella nos arrebata. Y por eso, esta visita al viejo Hospital del Bey, esos enfermos rescatados entre sus viejas paredes, -roldas por la lepra del tiempo, medio vencidas, pero mil veces gloriosas, llena nuestro pecho de optimismo y alegría. 1 Hospital, hoy como ayer, sigue recibiendo enfermos de procesos infecciosos. Pese a los grandes descubrimientos del siglo- -quimioterápicos y antibióticos- -esta parte de la patología humana sigue siendo importante. Pero, a diferencia de ayer, hoy se cosechan más triunfos que fracasos, y, en sus austeras habitaciones o en sus humildes pasillos, el dolor cede cada vez más el sitio a la sonrisa. Doctor NAVARRO GUTIÉRREZ