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HISTORIA DE UN CUADRO NTRE las obras de lá Galicia monumental, pocas superan en grandiosidad al Colegio de Nuestra Señora de la Antigua, de Moníorte de Lemos, al que, con razón, se le llama el Escorial gallego Fue fundado, a fines del siglo XVI, por don Rodrigo de Castro, cardenal arzobispo de Sevilla y una de las más esclarecidas figuras de la Casa de Lemos. (La biografía de don Rodrigo de Castro nos es hoy perfectamente conocida gracias a la erudita labor de don Armando Cotarelo, una de cuyas últimas obras, en dos tomos, apretados de citas y referencias bibliográficas, es un acabado estudio de la personalidad del cardenal y su fundación de Mohforte. Fue el mecenazgo una de las notas más relevantes de los condes de Lemos, protectores de Cervantes, los Argensola y otras insignes figuras de nuestras letras; pero donde la generosidad de la Casa de Lemos brilló a mayor altura, ha sido en las obras materiales legadas a la ciudad de Monforte, entre las que descuella el Colegio de Nuestra Señora de la Antigua, que atesora obras de inestimable valor, como dos cuadros de El Greco -uno de San Lorenzo, catalogado como una de sus mejores creaciones, y otro que representa a San Francisco- -y cinco tablas de Andrea del Sarto. descubiertas hace poco más de una década por don Francisco Javier Sánchez Cantón, y que, durante siglos, habían permanecido ignoradas. Sin embargo, entre las obras pictóricas del Colegio de Monforte, ninguna alcanzó la celebridad del cuadro de Van der Goes- La Adoración de los Reyes -en La Adoración de los Reyes de Hugo van d r Goes, descubierta en el colegio de Montarte de Lemos, actualmente en el Musco de Berlín. LA ADORACIÓN OE LOS RETES DE VAN DER GOES E torno al qué, a raíz de descubrirse su autor (hace ahora cuarenta y cinco años) se desarrolló una frondosa literatura no sólo por parte de críticos de arte y eruditos, sino también de carácter político, al tratarse de la venta de la obra al extranjero. Recordaremos aqui, con la inevitable concisión, las incidencias que rodearon a la maravillosa tabla de Van der Goes, desde su hallazgo hasta su venta, en 1910- -en precio de 1.262.800 pesetas- al KaiserFriedrich- Museum, de Bilbao. Durante siglos, cubierta de polvo y recatada en la penumbra de una de las capillas laterales de la magnifica iglesia del Colegio, había estado una tabla, ensamblada en un retablo, que representaba la Adoración de los Reyes Magos. Esta tabla central había formado parte de un tríptico, como lo acreditaban los goznes de sus extremos, sobre los que giraban las puertas que cerraban la obra. Estas puertas, así como otras joyas de la iglesia, fueron robadas en tiempos de la invasión francesa, según se infiere de un inventario de la época. La pintura, asi oculta en la oscuridad, no llamó la atención hasta el año de 1872, en que fue contemplada por el profesor de dibujo del Instituto de Lugo, don Bartolomé Teijeiro, quien hizo bajarla del retablo, y, habiendo creído leer en la daga de un personaje la inscripción Petra Paolo Rub lo atribuyó a Rubens, comunicándolo asi a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. La Academia contestó que existían grandes motivos para dudar que sea de Rubens y lo cree bastante más antisruo y de una escuela más pura y religiosa Al propio tiempo, pedia la Academia nuevas noticias acerca del cuadro y encargaba que no se desfigure con restauraciones, repintes ni composturas A partir de tal momento, aunque con dudas respecto de la firma, se sabía que se trataba de una joya pictórica de primer orden, atribuida con preferencia a Rubens, si bien el historiador regional, señor Murguía, habiendo creído descifrar el nombre de Felipe en la citada lanza, la atribuyó a Felipe van Orley, Sin embargo, el mérito de atribuir al cuadro su real valor- -al despertar la curiosidad internacional y darlo a conocer en revistas extranjeras- -correspondió al criticó de arte monfortino, don Antonio Méndez Casal, el cual realizó los estudios más completos sobre su valor pictórico. Méndez Casal, así como Salomón Reínach, creyeron, en un principio, que se trataba de una obra de Memling. Comenzó entonces una verdadera peregrinación hacia Monforte de críticos y eruditos, con el pro pósito de estudiar la ya famosa tabla, asi como de anticuarios y agentes, con el ñn, más práctico, de comprarla. Entretanto, el mérito de haber puesto la firma a la obra correspondió a W. Armstrong, director del Museo de Dublín, que coincidió con M. Leprieur, conservador del Louvre, quienes atribuyeron definitivamente la tabla al flamenco Hugo van der Goes. El torbellino político comenzó a agitarse cuando se tuvo noticia de la intención de vender el cuadro. (Conviene decir qUe la venta era indispensable para reparar una gran parte de la obra de fábrica del Colegio, en estado ruinoso. W. Gretor,