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meciraientos interiores, sino la vida del prójimo gue ante él despliega su existencia. Y esta Venecia de los certámenes universales de pintura y de los festivales cinematográficos; esta alegre Venecia, señalada como pieza mayor en la diana de todos los turistas del mundo, lo que compone al primer plano es una imagen harto más frivola y amable que la de aquel melancólico refugio de sublimes atormentados a que vino a reducirse en la Europa romántica. Pequeño paraíso internacional la vida en Venecia parece un continuo festival, al que acuden gentes de todas las latitudes del orbe a templar alegremente las cuerdas más suntuarias de su alma. Y en cuanto a sus piedras, que Ruskin se apresuraba a anotar, una a una, antes de que se perdieran para siempre ahí están todavía firmemente ancladas en su propia belleza, componiendo, para deleite de los ojos, más que un espectáculo arqueológico en plena descomposición, un triunfal forcejeo por la existencia: una continua recomposición. Más que el agua de los canales, que separa y pudre, me Importan los cuatrocientos puentes que traban y reafirman la ciudad; los estrobos de cable nuevo y renovado con los que ella amarra cada día su voluntad de vivir. Hasta su unión con la tierra peninsular, antes escasamente trabada por la linea del ferrocarril, ha sido asegurada y reafirmada con el anchísimo puente mussolinlano, de más de cuatro kilómetros, que atraviesa como un símbolo el agua domada de la laguna véneta. No; si queréis el drama de esta ciudad, buscadlo en un plano más profundo, apar tando la vista de la estampa romántica de aquella Venecia que pasó a la historia. Su drama está en el envés de ese mismo espectáculo aíegre, para uso de todos los turistas del globo, que es la Venecia de este medio siglo. Pues ocurre que, poco a pocb, se Va quedando convertida Venecia en un puro universal escenario para que el extranjero, que la Invade en masa, quesee Kl gran canal de Vaneóla, durante una fleita gondolero. allí su vacación. En cualquier otro lugar el turista se pierde, absorbido por la vida de la ciudad, que le digiere rápidamente y le expulsa mego con toda gentileza. Aquí, en cambio, todo está hecho para él; ocupante mayor de la ciudad, el turista lo uniforma todo, lo despersonaliza todo, allanándolo con su trote corto, presuroso y monótono, que va corroyendo la intimidad de Venecia, su propio basamento humano, con virulencia mayor que la del agua que lame su mineral cimiento. Ya hace tiempo que han huido de los bellos palacios góticos, renacentistas o dieciochescos, sus genuinos habitantes, y ahora no son más que musios, Bancos, hoteles, anticuarios; así toda la ciudad se evade de sí misma, transformándose insensiblemente en tablado genial, donde se representa una Plrandelíana comedia, cuyos personajes auténticos van desapareciendo a medida que ocupan su lugar y dicen su papel los propios espectadores. Cuando esa usurpación sea completa, Venecia será, el más hermoso museo viviente; pero entonces, aunque todas sus piedras, subsistan, habrá muerto como ciudad. Entonces será en Venecia todo 1 año Carnaval. O. O. de la S. Vista de la nave central de la bas lioa de San (Karooa.