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AL MARGEN DE LA CUIDE BLEU CRISTAL DE VENECIA Por Gaspar Gómez de la Serna E STOS cafetines que despliegan sus descompuesta en grandes aspavientos draveladores como pequeños ejércitos máticos sobre este agua muerta de los acampados en la plaza de San Afor- canales, que multiplicaba, con dolorosa voeos tienen, después del mediodía, un dul- luptuosidad, la fiebre literaria de su mal ce acompañamiento musical. Casi una do- du siécle Byron y Schelley, Musset y Jorcena de orquestinas arman entonces al ge Sand, Chateaubriand y Teófilo Ubre, sus tinglados de atriles e -ins- tier hicUsron desbordar a Venecia de aquetrumentos y montan allí sonora guardia lla mortal melancolfe que fue la clave de hasta la puesta del sol, disparando al hú- su tiempo, -componiendo el daguerrotipo medo viento de la tarde cadenciosas sal- veneciano que arrastra su, tópico casi hasvas de piano o de violto, entre las senti- ta nosotros. Porque todavía a principios mentales ráfagas de algún marinero acor- este siglo nuestro, aquel bravo Mauricio deón. A la espalda de las terrazas, balo los Barres, que venía aquí con el animo lesoportales, corre el gentío, que entra y sale vantiscp y dispuesto nada menos que -de los cafés, de tes tiendas y muestras lie encontrar una disciplina en los cernen- í piezas de cristal, mientras enfrente, en me- terios donde sus predecesores divagaban dio de la gran pía otra muchedumbre se dejó ganar por la fúnebre polvareda de turistas atraviesa las bandadas de pa- romántica, y a la hora de interpretar esa lomas para hacerse fotografiar ante la fa- canción que Venecia hace oír bajo los chada gotlcobizantina de San Marcos o 1 puentes de la media tarde, creyó también bajo la alta torre del campanil. Mediada que era le chant d une beauté qui s en la tarde, Venecia, toda encendida de luz, va vers la mort La mort de Venise el hace confluir, su sangre en esta viscera libro que nuestros padres llevaban bajo el central, qué se pone a latir a toda máqui- brazo para acompasar debidamente, al na; pues a esa hora, el agua de los cana- margen del Baedeker los latidos de su les grandes y más chicos, ese agua ver- corazón, cifraba todo el sentido de Venedinegra, mágica, no se sabe si perfumada cia en esa bellísima piedra que aquí y allá o pestilente, trae ella misma una melodía se va corrompiendo en sus cimientos, bajo que crece hasta imponerse sobre las dife- el agua de la laguna, -como estos mismo rentes musiqulllas de los cafetines de la muros cuarteados de San Marcos- míen plaza: es que Venecia ejecuta entonces tras el negro cortejo de las góndolas orla a toda orquesta la canción de su propio su presunta ruina, que no acaba de caer, espectáculo inefable. de un luto intermitente, prematuro y fugas. Pero Venecia, para una sensibilidad con- Sin duda, para un escritor, un suculento espectáculo literario. Lo fue, como para- temporánea, es otra cosá que eso; otro es- nadie, para los abuelos románticos que. pectáculo armado con las piezas vivas de venían aquí como hechizados, más que a la realidad. Por lo proáto, Venecia no es sino un Cristal tras, el que el ver, a verse en el espejo de Venecia; a no contemplar su lívida figura enmelenada, Grandiosa perspectiva do ta plaza de San Marcos con la basític y el oampani!