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un viento antiguo, aprisonado, del XVX en el hueco de su capa. Óleos resecos, escurridos, de obispos y capitanes, de gobernadores, de cabezas breves, degolladas por gorgueras rizadas, y. oscuros fondos para ondulantes cintas color marfil con leyendas latinas; y los nuevos escudos, ya con heráldica renovada, de las islas, con anclas y algunas palmeras. Pero iodo muerto, clasificado, con nú- meros- ¿nichos? -y catálogo. Y para hacerlo aún más Museo de Figuras de Cera, la reproducción de una clase en un aula, con su dominico de cartón, explicando en un pequeño pulpito a muñecos de rosadas mejillas y enhiestos bigotes, con un decíamos ayer inmovilizado en el aire. Y entra, alborozado, un colegio de niñas, de uniforme azul, bajo la monótona explicación de las maestras. Porque la Pedagogía también diseca y adormece un poco a la Historia. Y luego, turistas yanquis, ya pasada la cincuentena, que es cuando se retiran de los negocios y juegan al golf y viajan con sus mujeres de pelo nevado. No miran; fotografían; ven a través del, ojo mecánico del lente cóncavo, Al pie de San Miguel, con la espada levantada, sobre el polvo del suelo, caída, una explicación turística en inglés; y el papel de plata de un rollo de Kodak. Si el Museo es la lápida de una Cultura, ése papel de fotografía es su papeleta de defunción. Y de pronto irrumpen los indios, Entraron en tropel. Ellas, las pequeñas madres, iban descalzas, con su niño a la espalda, con gorros de lana, multicolores. Predominaban en los trajes el morado de Castilla y los granates. Y esa serie de colores, al margen del arco- iris, que sólo posee la América India. De ellos, algunos habían ya claudicado, Iban vestidos Con azules mecánicos, como los obreros, como los ladinos de las muchedumbres carteleras de Diego de Rivera. Venían de Quetzaltenango, en la Sierra, donde Alvarado hirió con su lanza al enorme y enjoyado Quetzal, símbolo del viejo Quiche. Y empezaron a quemar inciensa; el ancestral Pom, el Ocote, en rústicos incensarios, que eran botes de conservas con cuerdas. Era como si fueran honderos del humo. El perfume del incienso convirtió en capilla, en iglesia, en catedral viva, al Museo; mataron al Museo; o mejor dicho, lo resucitaron. Los ángeles numerados volvieron a volar y a levantar su espada flamígera, y empezó a lanzar su sangre verdosa el dragón de sus peanas y a retorcer sus múltiples cabezas. Después de las colegialas, de los turistas fotográficos (que destruyen sin querer todo lo que les interesa) de nosotros mismos en pura nostalgia y escepticismo, ellos, los más primitivos, los más incultos, pero llenos de misterio y de magia, convertían las tallas arcangélícas en piadosas imágenes. Y hasta los toscos Santiagos se retrotraían a los años de la Conquista. ¡Qué nuevo misticismo alumbraba el rostro resebo, aceitunado, del obispo don Manuel Meñoso, natural de Lumbrales, a través del azul incienso de los indios! Uno, viejo, incensaba de rodillas al Bey Carlos IV ¿Quién le hubiera dicho al bonachón, apoplético (cazador de El Pardo y Riofrio, al príncipe de la Casita del Labrador de Aran juez, pintado por (Joya, jugador de la lotería de cartones, que mojaba el pan en un vaso de agua como postre) que en el año 1955, en la Era atómica, cuando ya no sería para el mundo civilizado más que un lienzo en el Muse del Prado y una tumba en El Escorial, iba a ser incesado, como un santo, por un viejo indio maya de Guatemala? A. def. Los premios literarios B IEN está que haya concursos y premios, tanto los aplicados a las actividades literarias como los que recaen sobre cualesquiera otras, honora- bles, del espíritu o de las manos. Es obvia su utilidad como estimulo y recompensa. Pero acaso sea necesario, para no incurrir en la clásica confusión de la gimnasia con la magnesia, formular algunas observado nes en ío que respecta a la literatura. La primera, ésta: que los concursos literarios entrañan siempre el peligro de frear una clase especial de literatos, los literatos de concurso. La segunda, esta otra: que rara vez ha salido un gran escritor de un concurso. La tercera, esta que sigue: que los períodos más brillantes de la producción literaria en todos los países no han sido precisamente los más favorecidos por concurslsmos y premiaturas, y menos si ésos fueron sistemáticos y éstos numerosos. La cuarta... Pero tratemos primero de argumentar un poco sobre lo antedicho. Muy cierto es que los grandes escritores no suelen revelarse por medio: de un concurso. Los que salen de éstos son, por regla general, escritores estimables de segundo o tercer orden, de esos que, preparándose para la obtención del premio, como quien prepara unas oposiciones a cualquier Cuerpo del Estado o del Municipio, dan la medida justa de lo exigido por las cláusulas del certamen. El caso de Edgard Poe, revelándose de pronto con su poema El cuervo al conseguir el premio establecido por un periódico, es del todo excepcional. En Francia, qué es el país donde más premios literarios existen hasta el punto de que casi corresponde a premio por escritor, el nivel actual de la producción no es en calidad muy elevado. Por lo demás, ni Camus, ni Sartre, ni Cocteau, entre otros de los famosos, fueron nunca concursantes. Fenómeno muy natural, dado lo que antecede, es el de que casi todos los galardonados, después del triunfo del momento, vayan cayendo con rapidez hasta perderse del todo en el limbo de la mediocridad. Esto ocurre en Francia, incluso en los que logran o lograron la más alta recompensa literaria: el premio Goncourt. Lo único que de veras produce este premio, a quien lo obtiene, es dinero en abundancia, y no porque él, en sí, sea cuantioso, sino por la venta que automáticamente alcanza el libro elegido. Que concursos y premios, como estímulo general, significan muy poco para mejorar el nivel de la producción literaria, es un hecho que podemos comprobar examinando lo que ocurre actualmente con la novela en todos los países. Verdad es que el siglo de la novela fue el XIX. Entonces, a pesar de encontrarse casi todos sus cultivadores eminentes a la intemperie en lo que afecta a recompensa y provecho, la novela llegó en toda Europa a su apogeo. No hace falta remontarse a los orígenes del género y seguirle por todos los puntos de su itinerario para demostrar que en ninguna época tuvo la sociedad civilizada una crónica tan completa y tan varia de su vivir como la ue logró en la centuria decimonónica con la ficción novelesca. La novela era espejo y testigo de la realidad cotidiana. En ese largo período, la novela se expandió en todas direcciones; fue neoclásica, romántica, realista, naturalista y psicológica, y ya no pudo ser otra cosa. Luego, ya adentrándose en el siglo XX, sufre todavía más que la poesía y todo el arte, literario y no literario, la fermentación del surrealismo. Los ismos que por su parte han producido algunas obras maestras, liquidaron (por infiltración) toda posibilidad de estructuras sólidas. La gran literatura de inventiva, el libro hondo y bien trabajado con amor artesano ha ido desapareciendo. Difícil sería, a quienes se lo propusiesen, crear o reanimar una literatura de gran clase con los recursos o la terapéutica de la protección oficial o con las drogas de concursos y premios. En realidad no se sabe cuáles pueden ser los mejores acicates para el caso dé cada escritor. Para algunos, lo es el bienestar económico; para otros, el alejamiento de lo literario como profesión y su práctica como simple deporte. En otros, el clima mejor para su trabajo y para la suerte de su obra es el desamparo. La crisis de la novela en nuestro tiempo obedece sin duda, a causas profundas. td r Poe, n 1848. En parte se debe a la sensibilidad media actual. La sensibilidad de cada época tiene su tendencia, y la de ahora es de tendencia desintegradora, así como los estímulos que la hacen vibrar van siendo cada vez más mecánicos y menos humanos. Los, tiempos del cine de la radio del reportaje, de las grandes máquinas y de la mercantílización de los valores del espíritu, tienen que ser malos para el mejor arte. Y la novela, como arte, como manera de nacer, es producto mejor. Todo lo cual na quiere decir que nos pronunciemos contra los concursos literarios que, por lo pronto, tienen la ventaja de proveer de fondos al escritor recompensado. Los escritores no suelen tener la bolsa llena. Además el concursismo contribuye a fomentar el cultivo de las letras, y, en cierta medida, favorece su progreso, aunque sea en el breve espacio de lo circunstancial y anecdótico. Tal vez en esto, de los premios literarios lo mejor es otorgarlos en vista de las obras ya publicadas 0 representadas sin necesidad de que sus autores tengan que someterlas a previo concurso. Conde de F xá Antonio VALVERDE