Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
L A Cultura, aunque es espíritu, deja, sin embargo, osamenta; restos fósiles, antidiluvianos; hueso carcomí do. ¿Qué es el Partenón- -con toda su irresistible y luminosa belleza- -sino un costillaje, un armazón óseo, vaciadas sus entrañas de ritos, de coros, de blancas doncellas coronadas de rosas, dé inciensos, de música, de la gigantesca estatua de marfil y oro de Minerva, de sangre de palomas sacrificadas, de ramas sagradas de olivos, de estremecimiento de fe y de misterio? Las ruinas del Foro romano recuerdan a un osario; el Acueducto de Segovia es una vértebra, sin la médula del ágUa; el anfiteatro Flavio se desmorona como una mandíbula, como una inmensa muela careada. Y es inútil querer reavivar todo aquello, porque está muerto el espíritu que le dio carne. Las representaciones teatrales en Mérida, las corridas de toros en el Circo romano de Ni mes no pasan de loables remedos, de reconstrucciones arqueológicas. Falta el latín del pueblo; y sus tfogas; y las terribles máscaras verdes como bocinas, por donde se creía oír la voz de los dioses o de los héroes muertos. lias comparaciones; las metáforas suenan demasiado lejanas, como el falso y débil rumor del mar en el labio de nácar rosa de una caracola. La sangre vertida en las arenas de Nimes no fructifica en ninguna semilla, no hacer surgir la Cruz entre las heridas de los mártires. Es una sangre derramada gratuitamente, iLas ruinas griegas y romanas nos producen una dulce melancolía. Como la que experimentamos hacia un ser querido, pero muerto hace ya muchos años. Lo amargo es contemplar una Cultura cercana a nosotros, recién fenecida, helada, en un Museo. Es la diferencia entre un esqueleto y una momia; entre los huesos fósiles y el cadáver de alguien a quien conocimos, alguien que pudo jugar de niño con nuestros padres. Hace unos meses se proyectaba en Nuevo York el Versalles de Sacha Ouitry. El magnifico palacio no murió cuando lo asaltó el pueblo, llameante de gorros fri tt ¿cuando Napoleón dudó si dormi- Un convento de Antigua. ría o no en la cama de Luis XIV; ni si- Dios de Moscú, donde han püesfo la quiera cuando los cascos puntiagudos de Cruz junto a los Budas sonrientes, y los los prusianos se centuplicaron en los es- amuletos y fetiches del África Negra. pejos rococós; sino cuando se firmó un Como los dioses paganos murieron definidecreto convirtiéndolo en Museo. tivamente cuando su desnudo mármol Porque un Museo es el epitafio, la lápi- adornó los jardines de los príncipes y los da de una Cultura. Y no son las Culturas cardenales del Renacimiento. fósiles, sino las embalsamadas, las que Siempre me ha indignado aquella moda nos producen dolor, como ese Museo Ro- de hace unos años- -ya afortunadamente mántico donde parece que el pálido Larra desaparecida- -que, excavando los serios o la opulenta Avellaneda van a ofrecer- libros teológicos o las viejas vidas de Sannos- -con permiso del inteligente Mariano tos y dejando intactos los márgenes, peRodríguez Rivas- -un chocolate con biz- gados con engrudo, formaban aquel huecochos y azucarillos, en salones lsabelinos co de papel de oro o de seda brillante para de damasco capitoné. que sirviera como bombonera o caja de No es lo más grave, como síntoma, el ir cigarros puros. como los milicianos del Madrid rojo, con ¿Sabéis el porqué da mi ira? Pues pormonos azules de cremallera, a fusilar al que aquellos salmos arrancados se canSagrado Corazón en el Cerro de los An- taban todavía al amanecer en cientos de geles, o a serrar al Arcángel San Miguel conventos; y porque esos santos en cuya, y pasear proceslonalmente el dragón de vida se hurgaba, como en las entrañas de sus plantas entre viñedos agrios y los una víctima, eran adorados entre los liabrevaderos de mulos de un pueblecito rios y las rosas de nuestros altares. cercano a Madrid ea el verano del año 36. Yo he visitado la Universidad de AntiPorque esto no es indiferencia, sino sa- gua, la vieja capital, la primitiva Santiatanismo y Lucifer es un testimonio de go de los Caballeros de Goathemala. unos Dios. Lo terrible es el Museo de los Sin- leones, demasiado desanimalizados, demasiado heráldicos, con crines geométricas de un oro viejísimo y conlas en ese de serpiente, apoyan con sus garras unas molduras de blanco yeso, dentro de cuyo cuadrado se abre, redondo, un escudo de Carlos n i En el interior, un fresco patio y arcos de yeso nuevo con ondulaciones de estuco y una vigorosa fuente central, que es una hermosa copa de piedra. En torno, las aulas tienen algo del sosiego y del perfume marchito, de mocedad perdida, de la Universidad de Alcalá de Henares. Las viejas salas de estudio han sido convertidas en Museo de imágenes y cuadros. Aquí está lo poco que se há salvado de esta ciudad maravillosa que desde el terremoto de Santa Marta, en 1778, fue él mayor botín, durante siglo y medio, de anticuarios y viajeros (que ahora se llaman turistas) Tallas, tosquísimas de los primeros días de la Conquista; Santiagos de urgencia, cabezudos, improvisados por algún soldado carpintero que iba con Alvarado. Y luego el magnífico realismo de las tallas castellanas, con todos los gestos del dolor y de la sonrisa y de las lágri roas de que es posible dotar a la madera. Un San Miguel Arcángel, de armadura de oro rosado y capa roja sobre el fango verdoso, encharcado de heridas del dragón infernal. Y santos místicos, exangües, en Universidad de San Carlos de Antigua. negra sotana; y un santo mancebo, con (Poto Europa.