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VISITA A LOS MUSEOS DE ESPAÑA El de San Vicente, en Toledo Por José Manatif Uiglietti A VANZABA el tren lentamente hacia Toledo a través del páramo que lo separa de Madrid. Yo conversaba con mi vecino, un industrial madrileño, cuarentón, y, entre otras cosas, decíale que al llegar no debía tomar ningún vehículo, sino marchar á pie y subir por rampas y escaleras para admirar el panorama de la ciudad y del paisaje que la rodea. Es más, insistí: lo mejor que puede hacer antes de Ir a ver la Catedral y todo lo demás es darse un paseo por la carretera de circunvalación; aunque la caminata sea algo larga, vale la pena, pues será la mejor manera de ambientarse y penetrar en el carácter de la Imperial Ciudad. Al llegar, siguiendo mi consejo, anduvimos pausadamente hasta el puente de Alcántara, que sorprende siempre por su magnificencia. Y nos detuvimos admirados ante el espeso enjambre de golondrinas ¡jue, en incesantes vuelos y un constante piar agudo y rasgante, se agitaban bajo el gran arco central, en cuyas bóvedas habían construido incontables nidos. -Yo solo no voy, pero, si me acompaña usted, daremos esa vuelta tan interesante por la carretera de que me habló -dijome el industrial y, aunque lio no, figuraba en ¿ni programa, accedí. Es imposible describir los sugestivos y múltiples aspectos que se descubren a cada vuelta de la carretera, o cuando uno se detiene, pero creo que la vista más hermosa y completa se admira desde T balcón del santuario de la Virgen del Valle. Sofrre un cielo de bruñido cobalto, las Pintoresca vl ta de Toledo, tomad deide el v lle. (Foto T, -Naranjo. torres, ábsides, espadañas, tejados, Cachadas y Itapiales se destacan en un ritmo ascendente, -que culmina en la torre de la Catedral, parecida a una gigantesca custodia. La luz gloriosa de la mañana fundía en encendida vibración el anaranjado y el rojo- sangre de los ladrillos, el dorado y el gris de los sillares, el violeta de las calles y sendas, el blanco deslumbrante de los enjalbegados y el verde laca de la escasa arboleda. A un lado, los lastimados lienzos del Alcázar simulaban una carie en vías de curación, y en el hontanar, el fabuloso, Tajo bañaba los derrumbaderos y el roquedal por el foso que, a través de los siglos, labró el violento curso de BUS aguas. Seguimos nuestro caminar entre oliva res, mieses y barbechos, tapias y frondas de cigarrales, teniendo siempre a la vista Toledo y, en el pensamiento, sus dimensiones históricas y estéticas cuando, al trasponer un profundo y verdeante barranco, desapareció la prodigiosa; visión, para resurgir con la espectacular escenografía del puente de San Martín y de las puertas monumentales y bastiones que por ese lado permiten el acceso. Reposamos a la sombra de espesa arboleda en la glorieta de Kecaredo, y luego reanudamos la marcha hacia la iglesiade San Vicente, convertida en Museo, una vea dentro, mi acompañante se intereso vivamente por las noticias que comunicaba el guia a un grupo de visitantes, y yo mé entregué a la contemplación de las pinturas, y cuando quise iniciarle enel arte de 1 Greco me confesó que, a pesar de cuanto te decía, ni te gustaba ni comprendía nada d esa pintura, y se despidió de mí cortésmente. Al quedarme solo me sentí atraído como por un imán hacia la Asunción de la Virgen del maestro Dominico, ante ía cual manifestaba mi entusiasmo con gestos y exclamaciones, que apenas poeSi contener, cuando un vejete calvo, corto de talla y de blandas facciones, se dirigió a mí en Jos siguientes términos: -Pues ya vé usted, ese cuadro que ahora gusta tanto, Dios sabe el tiempo que habrá estado en la oscuridad y ennegrecido por el polvo y él humo de los cirios, sin que nadie se ocupara de él. Me acuerdo que, cuando yo ra uno de los monaguillos de esta iglesia- -hará cosa de sesenta años o más- el sacristán nos decía: Muchachos, hay qué preparar la capilla de Santa Teresa, porque mañana dice misa en ella- don SToilán que era el párroco; así llamaban a esta capilla, por la imagen de Santa Teresa, que estaba colocada delante del lienzo, tapándolo en gran parte, hasta que la mandaron retirar cuándo el señor marqués de la Vega Inclán y don Manuel Bartolomé Cossio se interesaron por los cuadros de el Greco por cierto que, si quiere ver la Santa Teresa, venga conmigo. Le seguí a un cuartucho que hay a la derecha del presbiterio, lleno de polvorientos enseres litúrgicos, entre los cuales estaba una gran imagen de la Santa de Avila, de una vulgaridad aplastante, hecha de pasta de ros (Continúa. L cena de Smaúft poi Nlatao Ollarts. (Poto Rodríguez.