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NA de las cosas más razonables que hizo don José en toda su vida fue la de volverse loco. Se volvió loco de la noche a la mañana, y, tomando un aire muy altanero, se proclamó a sí mismo Emperador de los franceses. ¡Hola, Josefina! -le dijo a su mujer. ¿Cómo Josefina? -le objeta ella. SI. Josefina. ¿De qué modo te voy a llamar, si no? ¿Es que pretendes, acaso, cambiar de nombre ahora que te encuentras en las Tullerías? Y, desabrochando un par de botones de su chaleco, se metió una mano por la abertura y exclamó: -Yo soy Napoleón Bonaparte... La vieron varios médicos, pero dijérase que él se obstinaba en no recobrar el juicio. ¿Para qué iba a recobrarlo, ¿Para tener que abandonar su magnifico enchufe de emperador y volver a ser un pobre hombre del que se burlaba la familia y al que compadecían los amigos? No quisiera yo privar de su clientela a esos respetables señores que se denominan psiquíatras, pero opino que todos los locos tienen siempre algún motivo muy poderoso para serlo y que, en la inmensa mayo- U ría de los casos, la mayor locura que podrían cometer sería la de volver a la razón. Don José había logrado evadirse de la triste realidad en que había vivido siempre, y, ya instalado en el mundo piadoso de la demencia, se encontraba en él demasiado a gusto para que hiciera el menor esfuerzo al objeto de abandonarlo. Su raído gabán se había convertido, por arte de birlibirloque, en un manto de armiño, el zaquizamí donde habitaba habíase transformado en un palacio y su pobre mujer había alcanzado el rango y los honores de madame La Pagerie. ¿Que se tropezaba con un amigo en la calle? Pues, según este amigo le fuera simpático o antipático, así le ofrecía un trono que estuviese a punto de quedarse vacante en algún lado como le declaraba la guerra y lanzaba a todos sus granaderos contra él. Su poder era omnímodo, su voluntad, soberana, y, su gloria, inmarcesible, pero nadie lo entendía así y, creyéndole hacer un gran favor, todos trataban de curarlo. ¡Pobrecillo! -decían sus allegados- Se le ha metido en la cabeza eso de que es Napoleón y da una gran pena el verlo. No va a haber más remedio qué encerrarlo Lo encerraron, claro está. Xo recluyeron en una casa de orates, donde fue sometido a un terrible tratamiento de electroshocks, pero don José, tomando la casa de orates por la isla de Santa Elena, no veía en los electro- schoks la menor finalidad terapéutica y los interpretaba, sencillamente, como perrerías que le hacían los ingleses. De una manera instintiva, nuestro hombre defendía su locura, con el mayor tesón contra todos los médicos que se le acercaban. En el fondo de su cerebro destartalado se daba perfecta cuenta de que tenia muchas razones para estar loco y ninguna para estar cuerdo, y, convencido de que haría un tremendo disparate al recobrar el juicio, no tardó en pasar a la categoría de los locos incurables. Yo estuve con él poco antes de su muerte y lo encontré sumamente optimista. Esperaba evadirse de un momento a otro y ponerse al frente de sus ejércitos para miciar la reconquista de Europa, que, según me aseguró, sería cosa de dos o tres meses a lo sumo. Julio CAMBA, (Dibujo de Lorenzo Oofil. P