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A Se trata, en todo caso, de obras anónimas, de autores desconocidos, creadas por el pueblo mismo, que tiene algo de pintor, un poco de arquitecto y mucho de poeta auténtico, como poesía es también Sevilla habría que decirle muchos ne su poeta en Romero Murube, enamo- -lírica y heroica a la vez- -la airosa vechicoleos y oles y todas esas cosas rado de sus fantasías orientales, pero se rónica del torerillo de Triana; la rítmique suelen decirse a una real hem- nos dice que todo esto responde a un sim- ca danza de las sevillanas, en la cual las bra, o enmudecer al contemplarla, que qui- ple instinto poético de la artesanía. Pa- manos en alto, aleteando, toman tanta zá fuese lo más prudente en hombre con rece increíble que los barrios de Santa parte; la hondura patética del cante joncompromisos. Cruz, de San Bartolomé o muchos otros do, y hasta el mismo modo de hablar de Porque Sevilla, señores, es muy supe- rincones de la vieja Sevilla puedan ser un la gente, con esa grasia ese ange que rior a la Sevilla que uno se imagina, por producto espontáneo de la misma gente, se creyera imitados de los personajes de los mucho que fantasee. Posee más encendida sin el fiel contraste de un artista de de- Quintero, aunque les superen mil veces y secreta hermosura que la que nos ofrece purado gusto. Divagando, perdiéndonos en por su espontánea y fluente naturalidad. el tópico, realidad deformada y vulgariza- el dédalo de esas callecitas judias o moPor éstas y otras cosas sutiles y esconda adrede. Resulta más sobria de color, de riscas, nos enfrentamos a cada paso, al doun donaire más sutil, y encierra un escon- blar cada esquina, con una sorprendente didas, por todas esas prodigiosas sorpredido, un tenue encanto muy difícil de cap- decoración para ballet la misma pro- sas, Sevilla rima con maravilla, no portar así porque sí, a simple vista. porción de todas y cada una de las ca- que la palabra obligue ni porque yo lo diga. Maravilla es, y magia, porque lo Vamos a dejar de lado su grandiosa ar- sas que componen el abigarrado conjun- proclaman los sentios la vista, el oído to, el árbol, la fuente, la cruz solitaria, quitectura, que es y no es Sevilla. No hay el olfato, es decir, el la luz, blemos de su Catedral solemne y hermo- aquélla ventanita, este motivo decorativo, musicalidad y los aromas, color, saturan la que el sísima, con la cual los canónigos hispalen- la columna que suaviza la esquina, la pe- ambiente. ses lograron asombrar a las generaciones queña azotea convertida en jardín, la reja venideras; ni de su Alcázar, mágico en- florida, la hornacina, el balcón saledizo Es posible que el avión aterrizase en sueño morisco, al que rodean de delicias que derrama sus guirnaldas, el fresco za- Sevilla con un siglo de retraso, porque, guán y los patinillos en mármol y azule- dígase lo que se quiera, la imagen de Selas frondas y juegos de agua de sus jardines; ni de la airosa Giralda, la más ga- jos, con su brollador o burlador en me- villa- -y de Andalucía en general- -que llarda de las Kutubías al serle añadido el dio, que eleva su fresca melodía cristalina hubiésemos preferido, la que nos gusta giraldillo cristiano; ni de su Torre del en competencia con el pájaro que canta todavía, es aquella que pudieron contemen la jaula, todo, todo constituye una plar los viajeros del XIX y los dibujanOro, tan gentil; ni de sus Museos, en los que se prodigan las sorpresas reveladoras obra de perfecta armonía, en la que se tes románticos, cuando las chimeneas hu- -esos Zurbaran, esos Valdés Leal, esos conjugan los más variados elementos. Y meantes de las fábricas aun no ensuciaban el transparente Murillo- -i; ni de los índigo del cielo ni alhajados templos, competían con las a los que contribuiegantísimas palyeron con prodigameras de sus jardilidad todas las arnes; cuando el motes, incluso la notor de explosión aun ble artesanía, con no había sustituido la talla, la herrería al señorío de las cao el oficio de batirretelas tiradas por hoja; ni de e s o s troncos de caballos nobles edificios reoveros, blancos o nacentistas o b a alazanes. El pueblo rrocos, que encieandaluz debía porran tantas riques e e r entonces un zas. Vamos a dedeslumbrante y abijarlo, porque, al fin garrado c a r á c t e r y B cabo, es obra con sus trajes típiartística, elaborada cos, con sus cosen sucesivas épocas tumbres peculiares, de esplendor y reque la moda eup r e s e n t a c i ó n de ropea, fea e igualiellas. Más que a taria, ha arrinconaSevilla misma, a 1 do. Borrow, al haque ennoblecen, se blar del parque de d e b e a un moLas Delicias, n o s mento álgido de la ofrece una estampa historia romana o sugestiva: Allí las visigótica, árabe o ojinegras d a m a s española, en el cual andaluzas se p a Corrida de topo en Sevilla, acabado dé David Re berta. Sevilla es el punsean con el gracioso prendido de las to de confluencia, el lugar en que se luego, el color, ¡el color! El blanco de los mantillas de encaje; allí los jinetes anfunden, con lo nativo, vario y ancestral, la entrepaños, prodigado en sutiles matices, daluces galopan en sus corceles de sancultura morisca y románica, el afán espa- con recuadros amarillos o calamocha y gre mora, de luenga cola y espesa crin. ñol y la abundancia de las Indias. Y de- el almagre o el color sangre de toro o el Al caballo debería considerársele como mos de lado también al paisaje exuberan- negro de los zócalos, y en contraste, en- elemento decorativo esencial en Sevilla, te, sensual, que se tiende en su contorno frente, en el edificio de al lado, esos ver- que no es lo mismo ver pasar a una gahasta las riberas de la mar, en Bonanza, des, esos azules, esos tonos frambuesa, llarda pareja sobre un fino caballe árabe, y a la claridad undosa de su rio j a su diluidos, como pintados a la aguada, más la mocita a la grupa, que verla ahora a sol de oro, y a su cielo azul, y a su aire el verdor de los árboles y plantas, el rojo horcajadas sobre el portaequipaje de una límpido, a su luminosidad, que no son sino de las ñores y el amarillo de los frutos, moto enana, como en una ciudad cualnaturaleza, bienes que Dios concede a los dan a la vista una sensación de pintura quiera. países de elección, aunque todo ello haga inocente, primitiva, de encanto indecible. Y esperen un momento. Parémonos a No habrá más remedio que presentardel modo de vivir un diario goce de los contemplar, también, esos patios porti- se de nuevo a la convocatoria de la prisentidos. El alma de Sevilla está, más que en esas cados en los que convive la pintoresca mavera si queremos contemplar Sevilla riquezas y en ese arte y en esos dones vecindad en torno al pozo, debajo de la en todo su sabor, cuando muestra- -del naturales de privilegio, en sus gracias po- parra o la enredadera de jazmín, o, si lo mismo modo que en otros tiempos- -su entremos de puntillas en pulares, que el mismo sevillano elabora día prefieren, compases los antuzanos los fervor cristiano en largas procesiones de recoletos de a día, por pura intuición, con la misma los conventos, en los que un naranjo, un penitentes, que recorren sus calles tras un Cristo sangrante o una Virgen dolonaturalidad con que florece el árbol. la fuentecilla, una cruz, lo irreUno se pregunta quién es el veedor ar- ciprés, de su trazado, su mismo silencio, rosa, o en los días festivales y camperos tístico, qué pintor, qué arquitecto dispone gularinterrumpe alguna vez el son de un del mes de abril, en los cuales el pueblo que sevillano renace a su y ordena los múltiples aciertos de color esquiloncillo, componen un escenario evo- todo su color y alegría antiguo ser, con jubilar. o estructura que se encuentran por todas cador. E. CORREA CALDERÓN partes, del mismo modo que el Alcázar tie- Panorama de Sevilla