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y a prohibir qu se comieran peras sin permiso del abad. Se equivocaría, pues, quien creyera que, por moverse en círculo tan reducido como la tapia de la huerta, la vida del hermano Lucio era más fácil que la de la generalidad de los hombres, dada hombre lleva en si mismo su complicación. Claro está que sus tribulaciones o sus alegrías eran más sencillas, pero no más pequeñas que las de los demás mortales. Nadie puede medir, por ejemplo, el goce inmenso que el hermanito Lucio recibía en Nochebuena por el solo hecho de estar aquella moche levantado hasta la una de la madrugada. Todos los que hemos sido niños sabemos que este goce absurdo es inconmensurable para los espíritus sencillos. Tampoco puede medir nadie el grado de hilaridad que al hermanito le producía el cuento del burro y el perro que sabía contar fray Benito. Fray Benito era un fraile viejo, con rostro ancho y saludable, que sabía este único cuento. En el cuento no ocurría cada de particular, y fray Benito lo contaba siempre con las mismas palabras, imitando de modo torpe al perro y al burro. Sin embargo, cada vez que fray Benito contaba su cuento, el hermanito Lucio se congestionaba de risa, daba brincos y palmadas y acababa teniéndose que aflojar el cingulo del hábito para no reventar. Dios es Justo y compensador, y no deja nadie sin su parte. En cambio, algunos podrán pensar que la serenidad de su alma era absoluta. Sin embargo, lo mismo que tenía aquella risa fácil, tenía sus fáciles tribulaciones. Así, por ejemplo, el hermanito Lucio tenía una dicha inestimable para la tranquilidad del espíritu: como había entrado en clausura a los doce años, apenas recordaba la imagen de ninguna mujer. Sin embargo, como digo, todo es proporcionado. La lectura de algunos pasajes vehementes con que algún Santo Padre encarece el peligro de la belleza femenina habían llenado su espíritu de vagos fantasmas imprecisos. Y alguna vez, cuando el hermacáto marchaba a la noria con su cantarillo de suave forma panzuda debajo del brazo, se le había visto santiguarse de pronto, con turbación, y dejar caer al suelo el cantarillo. Ya digo que todo es cuestión de proporciones. Las simplicidades del hermanito Lucio eran motivo de risa y de comento en la comunidad. Allí donde todo era simplicidad, habían también sus categorías y sus grados, y el que había entrado algo más tarde en clausura y había tenido algún nmyor atisbo del mundo se consideraba a cien codos, en punto a experiencia y malicia, sobre sus compañeros. Así, a fray Bernabé, que era un alma de Dios, se le miraba con cierto contenido asombro, casi con recelo, porque allá en sus mocedades, antes de profesar, había visto una corrida de toros. En cambio, del hermanito Lucio, que en esta escala era el último del convento, se contaban dichos y anécdotas que se: habían hecho proverbiales. Todos recordaban, por ejemplo, el día que saltó un gato negro por la tapia de la huerta, y el hermanito Lucio creyó que era el Enemigo. Pero nunca recibió el hermanito hortelano impresión tan, fuerte como la (de una mañana de abril. No lo olvidaría nunca. En su memoria quedó grabada para siempre la fecha: 29 de abril, día de San Roberto, fundador del Císter. El hermanito Lucio estaba, según costumbre, labrando la huerta. Estaba en el cuadro de las lechugas abriendo cajones con una azada. La mañana era despejada, y el sol hacia brillar ccn mil colores distintos, sobre la piedra dorada de la abadía, las vidrieras y el rosetón de colores donde estaban representados los Santos de la Orden y las escenas de la Pasión del Señor. El hermanito Lucio trabajaba con ale gría bajo el cielo claro. Su espíritu, como de ordinario, estaba libre de preocupa, ciones, y a cada azadonazo que daba añadía una jaculatoria, modo fácil que había aprendido de trabajar al mismo tiempo para el cielo y para la tierra. Pero de pronto, oyó una voz recia y extraña que mascullaba airadamente, junto a la tapia, palabras imprecisas. Por aquella parte, del lado de afuera de la tapia, había un montón de escombros y tierra que permitía a una persona subir fácilmente hastai el borde de la tapia. Cuando el hermanito Lucio alzó sus ojos asombrado, vio sobre dicho borde, en la luz dorada de la mañana, una figura extraña, incomprensible, de una majestad nunca vista por él. Las piernas del hermanito temblaron, bajo su hábito blanco y negro. Sus labios murmuraron con sumisión: ¡Señor! Es necesario explicar esto un poco. Cer ca de la abadía de San Adalberto se celebraban unas maniobras militares. Aquél era el último día, y se terminaba con misa de campaña y gran desfile, con asistencia del general gobernador militar. Dicho general había salido, con su escolta, de un pueblecito cercano, donde estaba alojado, para ir al campo de operaciones. En su escolta formaba, como oficial, Perico Rutó, un oficial de Caballería como cualquier otro, oficial de complemento por más señas. Pues bien, en un paso difícil, el caba-