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que pesó en canal 281 kilos, y no tenía sobre su esqueleto ni un gramo más ni uno menos de los que podía soportar, salió duro, fuerte, receloso, empujando ha cia adentro; pero acabó en los medios suave y pronto, como un toro de bandera, después de un centenar de pases, ennoblecido por la muleta prodigiosa de su matador, El maestro Corrochano dijo que el torero le había enseñado a embestir a su enemigo, y así fue la verdad, y de lo que significa y en qué consiste enseñarle a embestir a un toro ya volveremos a hablar. Y ahora el lector dirá: Bueno, pero de todo eso de que el toro de ahora es más bravo que el de antes, ¿qué nos cuenta usted? Más que lo que yo cuente, que sólo cuento pudiera parecer, habrá de valemos lo que recordemos con claridad y comparemos con b u e n discernimiento, Quiero advertir, ante todo, que no habré de señalar el nombre de ninguna ganadería determinada, p o r q u e no pretendo arrimar el ascua a sardina alguna ni para guisarla ni para quemarla, y que cuando hablo de ayer, no me refiero a lo antiguo que sepamos de oídas, sino a un pasado, que a lo sumo podrá ser viejo, pero que hemos visto todos los que fuimos aficionados desde principios de este siglo, La transformación de la lidia empezó inopinadamente en cuanto el toro salió al ruedo antes que los picadores y se puso a los caballos el desastroso peto protector. La diferencia de criterio para apreciar la lidia está en las preguntas de los aficionados después de la corrida que no vieron, porque antes preguntaban por el numera de caballos muertos y ahora por el número de orejas cortadas, lo que prueba, y bueno es señalarlo, que antes importaba más el toro, su empuje y su fiereza, y hoy interesa más el lucimiento del torero, lo que ya es un error, porque aun reconociendo la importancia de ambos elementos, hay que confesar que el toro es el verdadero protagonista de la fiesta, pues si el buen torero logra a veces hacer bueno el toro malo, casi siempre es el toro malo el que deshace al torero. Antes se apreciaba la bravura del eomúpeta por su pelea en la suerte de varas, aunque la res no llegase después ni pronta ni fácil a la muleta del matador, Boy, tal vez con más lógica, pero seguramente con mejor gusto de ai- te, se pide la franquea y la bravura del toro en toda la lidia. Antaño la suerte de varas tenía una bárbara lealtad. Morían muchos caballos, sin peto que los resguardase, y los toros podían enganchar, y los picadores sallan a ponerse en suerte, y entraban de frente, y los jacos eran heridos de la cincha para adelante, y no podían cuartear, rodeando al toro, que es lo que ahora se llama hacer la carioca y el toro, que conservaba todo su poder ofensivo para enganchar y derribar no se dejaba dar más de un puyazo en cada lance, Ahora los varilargueros se resisten a salir; la raya para ellos la marca la valla del ruedo, y caballeros -malos caballeros- -tm un grotesto artefacto, que más parece tanque o máquina infernal, montón informe de gualdrapas, almohadones, correas, colchonetas, corazas blandas, rodeado de algodones por todas partes, aguardan a que les lleven el toro bajo la cincha, y allí, apoyados en la valla, hieren a la i- es en sentido vertical, de arriba a abajo, con lo que el puyazo se hace más profundo, mientras el tora está embotado, delante del caballo, al que no engancha ni derriba, como si tuviera la cara pegada a la pared, y lo hieren donde pueden, y mejoran el sitio de la herida cuando no les parece de castigo, y reiteran los puyazos, y no es que piquen, sino que repican y repiquetean y así el verbo picar es ya un verbo frecuentativo, y uno sé acuerda sin querer, con desesperada repugnancia, de aquella vieja copla burlesca: MaiHHíl MiolH) por (sapriolio, medita la uam de tnachot y oyftr tocia un lxirrupho: nuioltti míutlm III 1I Micho, dores, que a pesar del peto lo hacen todavía muy bien: el Plmpi Picota Pepe y Antonio Díaz, y perdónenme si a alguno olvido al correr de la pluma. Pues bien; aquellos toros de antaño, grandes, gordos, poderosos, a los que no se alanceaba ni martirizaba, concluían, casi siempre, reservones, esquivo defendiéndose en las tablas con mucho sentido y grave peligro para el matador, que procuraba quitárselos de en medio cuanto antes, tras de media docena de pases a lo sumo, y el torito de hoy, que no es siempre tal torito, a pesar del duro castigo, herido a veces en los ijares, con el lomo hecho una criba, desangrándose, rara vez huye y se defiende, y si el torero le sabe dar su sitio y lo encela, acaba acudiendo con alegría, desde largo, y va y viene y y torna y admite la faena variada que los aficionados al adorno, a la gracia y al ritmo, quisieran interminable. Pero todo esto, y el dilucidar cuándo fue el toreo más difícil y cuándo más lucido, y si era ayer más laborioso y es hoy más fácil, o todo lo contrario, y para hablar del pleito de las orejas concedidas, con demasiada largueza, y de otras mil corruptelas, hacen falta espacio y tiempo, de los que no dispongo en esta crónica, a la cual pudieran tocarle ya el tercer aviso. Sin embargo, todo se andará, a poco que la paciencia del lector me anime la voluntad, y otros artículos intentaré en torno a esta que llamo Tauromaquia de invierno que por no tener interés inmediato y malicioso, cuando no se celebran corridas, y por el recuerdo y resumen de las que vimos en la primavera y el verano, y hasta en los primeros días del otoño, pudieran llegar a ser, más que inútil lamentación del pasado y más que rabia de los descontentadlzos por hábito y exagerados por apasionamiento, experiencia y propósito de enmienda para preparar mejor las fiestas venideras y mirarlas con más limpieza en los ojos y más serenidad en el juicio. P. S, Consigno, porque es deber de Justicia e (Ilustraciones. de Antonio Casero. imparcialidad, ios nombres de algunos pica-