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su padre habla de la joven viuda, mi compañera de habitación Aun cuando el mozo solía escribir a su progenitor con la misma confianza y el mismo desparpajo que a los amigos de su edad, habrá que entender que empleaba el vocablo habitación no como alcoba o aposento, sino como edificio en que se habita. Desdé el primer encuentro, al joven y donjuanesco dandy de Cabra le gustó La Culebrosa como antes le gustaran Paulina; la condesa de C. y la muerta y luego siguiera gustándole el noventa y cinco por ciento de la estirpe de Eva. A la alegre viudita- -tenía un carácter a n g e lical y un corazón lleno de ternura y siempre estaba rodeada de moscones como una fruta lozana y apetitosa- -no debió parecerle mal el pollo andaluz, decidor, ingeniosísimo y con ganas de saborear el zumo de la vida. Si bien por aquellas fechas no se había adoptado en el mundo la palabra, el flirt era una institución ya viejísima en el siglo XDC, y la viudita y el estudiante lo iniciaron por todo lo alto. Pronto lo interrumpió el destino de Valera a Ñapóles, pero cuando el agregado regresó a Madrid á disfrutar una licencia, se reanudó, quizá con más calor. Constantemente se les veía juntos en los saraos de la condesa de Móntijo, los Pérez Se. oane, los duques d 3 Frías y otros aristócratas. La Culebrosa culebreaba con todo bicho viviente, y entre sus adoradores más tenaces figuraba el marqués de Bedmar. Valera llegó a proponer a la viudita llevarla a Ñapóles, sin hacerle nada por el camino qué ofenda su honestidad Una noche, en el palacio de Frías, el propio Narváez- -tan serio y cejijunto, tan hosco y terrible- -aconsejó á Malvina marear al joven agregado. La bella casquivana replicó garbosa al Espadón que Valera era muy fuerte de cabeza y no se mareaba por nada. ¡Sus motivos tendría para afirmarlo! Mas aunque no se marease, Valera estaba bien prendido en las artes de la saladísima Culebrona quien, en un baile de máscaras y bajo un dominó negro, embromó- toda una noche, a Valera, a Bedmar y al lucero del alba, coqueteando hasta con su sombra. Las confidencias del muchacho alarmaron a sus padres, que le aconsejaron romper con Malvinitá o, por mejor decir- -como aclara el propio Valera- no continuar visitándola y requebrándola, porque hasta ahora rio hay entre nosotros nada formal, pues aunque yo cada vez que la veo le hago tres o cuatro declaraciones y ella me da el suspirado sí, en seguidita lo echo a broma, me río, ella se ríe también y nos quedamos como antes estábamos No obstante, seguía yendo casi todas las noches a su casa, donde había tertulia, un par de horas, por verla, chicolearla y encontrar gentes que pudieran ayudarle en su carrera. Xa Culebrosa era hermosa, arrogante, un poco bizca, según dice la pluma de Valera y no lo corroboran ni los pinceles de Luis de Madrazo ni de Fortuny, que la retrató en una de las figuras de La Vicaría ni el objetivo del fotógrafo Otero más tarde, graciosa, provocativa y tan disipadamente tonta, que no hace nada más que pensar en las flores que derraman a sus pies A pesar de este juicio y de las protestas del mancebo de sus pocas ganas de casarse, los padres se sintieron aliviados cuando fue destinado a la Legación de Lisboa en 1850, aunque volverían a alarmarse cuando nueve meses más tarde se enteraron de que Galiano había sido nombrado ministro en Portugal y Malvina y su madre le acompañaban. El flirt en Lisboa duró poco, pues antes de acabar 1851 Valera marchó destinado a Río de Janeiro, y además, La Culebrosa desde su llegada a la Corte lisboeta, había en- Retrato de doña Malvina miranda de Colomer, hijastra de Atóala Galiano, pintado por Luis de Madrazo, propiedad de D. Manuel Delgado. contrado un tropel de galanteadores de la más alta alcurnia- -del rey abajo- que- la cortejaban e incensaban a todas horas. A partir de aquella separación, el amor- -si llegó a haberlo -se extinguió en Valera. Al cesar Alcalá Galiano en su cargo y regresar a Madrid, su hijastra contrajo segundas nupcias con el famoso arquitecto don Narciso Colomer, con quien vivió una vida fastuosa durante los últimos años isabeünos y los primeros de a Restauración. Segunda vez viuda y sin hijos, doña Malvina, generosa y mala administradora hasta la prodigalidad, fue descendiendo de posición hasta llegar a la pobreza. En cada peldaño se fueron quedando en manos de usureros y anticuarios las joyas, las pieles, los muebles y las obras de arte que adornaran su mansión. Su hermosura se diluya en una lamentable ancianidad con la razón perdida. Los últimos años de su existencia transcurrieron en el manicomio de Ciempozuelos, donde falleció hacia l ll, seis años después de que su adorador, rodeado de hijos, nietos, honores, respetos, admiraciones y glorias, abandonara este mundo. Seria interesante sabeír- -pero no quedan huellas- -qué clase de; relaciones sostuvieron en los últimos tiempos de su vida los protagonistas de este episodio juvenil y galante, cuya evocación pone nostalgias en el espíritu del que esto escribe, a quien en su infancia besaron muchas veces los labios ya marchitos 3 e la bella; Culebrosa F. X. de S,