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ABC. VIEKÍÍES 9 DE DICIEMBRE- t E 1 S 55. EDJC KJN l) h I. A MAÑANA. HAG. S 2 KD 1 TORIAL PRENSA ESFASOLA SUSCRIPCIÓN DE A B C: MADRID Y PROVINCIAS. TRES MESES. 78 pts. REDAC. CION Y ADMINISTRA CION: SERRANO. 61. MADRID. APARTADO NUMERO. 43. TELEFONO 25 19 59 ESPAÑA Y MARRUHGOS La Prensa y la radio de Francia siguen tn posesión de la más brillante dialé; tca del galimatías. Arriba discurría ayer inteligentemente a este propósito. Á los lectores, los radioescuchas de Francia este sistema de la logorríaquia parece que les divierte. En cuanto a sus lectores del exterior, a UROS les hace gracia, como hace gracia cualquier monada, y a otros les indigna. Hay una tercera clase: nosotros, los españoles, a quienes los alborotos dé la Prensa y de la radio del país vecino nos traen sin cuidado. Si bien, claro está, nuestra solidaridad de parentesco con Francia nos haga contristarnos un poco al ver a nuestros vecinos, a estas alturas, entregados a la bobería propagandística, impropia de una tradición brillante. Ahora resulta que España no quiere la independencia de Marruecos y qus quisn la quiere es Francia. Y la quiere, naturalmente, a la francesa: con su democracia, con sus partidos, con su comunismo, acaso con una fórmula dsl existencialismo para uso de musulmanes. Los franceses ignoran que hay un Corán que nada tiene que ver con Rousseau y los teorizantes del enciclopedismo. España- -y eso lo saben los pueblos árabes, nuestros fitl: s amigos- -quiere una independencia gradual de Marruecos, sin los trucos esos de la interdependencia a la qüí están dándole vueltas los marroquíes cemo quien da vueltas a un raro y sospechoso objeto que puede estallar en la mano. La viejísima experiencia de los pueblos árabes, su sabiduría verdadera, su sutileza mental, rechazan con una sonrisa de vuelta estas pequeñas diversiones de los ahgr: s muchachos de París qus escriben periódicos y vociferan en la radk Loa marrcquíCE sabía que nosotros no h rnós cambiado ni un instants la recta y estricta línea que conduce, de una manera vital y ds emática, al Gobierno de los marroquíes per sí mismos. Desde, que sé pacificó nuestra zona, es decir, desde que el diálogo entre ellos y los españoles es nowial, nuestra, conducta ha sido siempre la misma. Por cío censuramos la deposición vicknía de Ben Yussef y por eso nuestra Zona- -dirigida por García Valiño, ejecutor fiel del Caudillo, amigos ambos de los marroquíes- se. mantuvo fiel al Sultán legítimo, mientras Francia, entre verdaderos ríos de sangre, mantenía una ficción colérica y agraviaba al pueblo marroquí de quien ahora trata de mostrarse defensora. Es inútil. Con los aribes esto es inútil. Si Francia lo desconoce hace mal. Loa pueblos árabes saben cuan profundamente, cuan noblemente y con cuántos matices verríaderaríieníe fraternales estarnos al laf o da su entendimiento de la vida, de su presente y de su íu aito, ambos fraguados; en Una convivencia de un pasado qus nos capacita rara considerarnos, -his córiri y poljtica mente, sin dimitir de nmt i i condición de europeos; dentro de su mundo de próbléráas y de deseos. Cuando Francia arrojaba de su Trono a Su Majestad Ben Yussef, el altó comisario español ratificaba en Tetüán, en unas declaraciones públicas, que España se esforzaba en capacitar al pueblo de su Zona para gobernarse por si mismo. Estas declaraciones molestaron mucho entonces a la Prensa y a la radio de Francia, que por aquellos días se dedicaba a difamar, sin respeto para las más sagradas intimidades, la persona del Sultán, a quien sé trató de presentar como un, ser depravado y tiránico. Estas declaraciones, sin embargo, no son más que el reflejo de una constante política. En virtud de esa política el jefe del Estado ha vuelto a proclamar los principios de España en materia marroquí con toda limpieza, con esa limpieza que es característica en quisn, como F r a n c o no improvisa, especialmente cuando- se trata de un asunto que domina como ningún estadista de Europa. Lo que hace un año levantó una tempestad de gesticulaciones dramáticas por exceso, ahora las levanta por defecto. Los árabes, como es natural, ríen y desconfían. Hace un año desconfiaban de la otra gesticulación gala, pero entonces sin réir. Los árabes saben que la independencia sin alamares de interdependencia que España, quiera para Marruecos es una independencia sazonada, seria, duradera, bien cimentada. Y no una independencia hecha: de prisa y corriendo, con. todas las irresponsables improvisaciones de una operación política inmediatista (cuando no pérfida) que tendiera a dejar minado el campo aparentemente libre sobre él que ÍVIaíruecos edificara uña engañosa y fatal, ilusión. Detrás de esa ilusión, acechando el fracaso, estaría la muerte. Estas Jíneas no van escritas para los pueblos árabes ni para el pueblo marroquí. Están ellos en disposición de escribirla porque en ésta materia nadie sabe Ib que ellos saben y nadie desconfía como ellos desconfían de los amigos improvisados y tornadizos. Estás líneas tampoco van escritas para Francia, que prefiere drogarse con su propia propaganda, por razones de política interior. ÉL LABORISTA LORD ATTLEE Clement K. Attlee no comete ninguna traición al pasar de la Cámara de los Comunes a la de los Lores, con el título de conds, en vísperas de su setenta y tres cumpleaños. No es ün auténtico hijo del pueblo sino qué- pertenece a la burguesía acomodada; su- padre era un abogado dé buena posición, aunque con numerosa prole. Clement Attlee es, desde rimo, muy distinto a Aneürin Bevan, descendíent; de mineros, y es posible que su antagonismo político haya que explicarse por su origen opuesto, aunque en Inglaterra estas cosas no salgan nunca a la superficie política, ni tngan importancia política... El es presidente del Consejo que acaba de dejar la jefatura del partido, recuerda a los teóricos del láboi- ismo, como el matrimonio Webb; no es ningún energúmeno, y en cualquier país ¿ct ¡política menos moderada que la británica, formaría parte del c- ntro- izquierda. Para varios partidos socialistas parece inexplicable un jefe obrero con tan buenos modales como, los de cualquier aristócrata natol- ía- n- patriota y i tan fi- l servidor a lá dinastía! -Por otra parte, no se es impunemente socialista, ni siquiera bajo la denominación de labcrkia, para dejar de apreciár las r. alidadas políticas de un modo especia! que conduce a menudo a errores. AEÍ. por ejemplo, al acabar la gurrra mundial, Attke estaba convencido de que un Gobierno laborista se entendería más fácilmente con la Unión Soviética que otro conssrvador, presidido por el ybjo íory Winston Churchill. Se imaginaba que el régimen comunista sólo se diferenciaba del programa laborista por estar más a la izquierda, cuando, en realidad, rl comunismo es la negación más absoluta de la democracia, en cualquiera de sus manifestaciones; de modo que llega más fácilmente a un acuerdo con un Gobierno totalitario que con otro democrático. Los soviets se ríen de la ingenuidad de los demócratas, d; les socialistas, de los laboristas, del pacifismo pequeño- burgués ssgún expresión de Lenin rspítida hasta la machaconería. La ilusión contraria ss la qus perjudicaba a la Jabor bastante aceptable del Gabinete Attlee, en que participaban elementos tan moderados y srazonabl. s como Beyin, Morrison, Gaitskeíl y otros. Dscididatnente. el partido laborista no se rbja contaminar por el radicalismo, a veces violenta e incluso so: z, de ciertos partidos socialistas, que con orgullo se proclaman, hijos ds la Revolución Francesa. Clement Attlee y varios de sus correligionarios sen más bien íabianes cuyo ideal es lá prudencia del cónsul romano. Fabiu 9 Cuñcta tor. El fermento fablano- -grato a Bernard Shaw- -sigue ejerciendo influjo en el laborismo británico. Comal mentalidad, Attlre nada tiene que ver con el ala izquierdista del partido, y en la Corte se mueve con la misma náturali dad que cualquier prohombre conserva dor. Fue lord dsl Sello Privado y miembro del Consejo Privado. Y acaba de. ser nombrado lord, antes que su gran rival, el glorioso jefe conservador, Winston Churchill, auténtico descendiente de ios duques de Marlborough. La realeza británica ha entendido sismare el arte di renovar la sangre de la aristocracia, meditante la admisión de eLmentoa que llegan dssde diversos sectores de la vida nacional, periodistas como lord Roíhermere. diplomáticos como lord Howard, in dustriales como lord Kensley, militares como lord Wavell. políticos como lord Asquith, y muchísimos más. El comandante Atílee- -los ingleses conservan en la reserva su grado militar- -ÍS ya conde, título rriás ehvado en Inglaterra que en otros países, pues el propio Disrasíi sólo llegó a vizconde. Aíílee no es brillante como Churchill, como Lloyd George o como su enemigo Nyu Bsvan. Es modesto, razonable y complaciente, y con tales cualidades sintetiza las aspiraciones del inglés medio. El ingle aun ei obrero, aspira a str un gíntlernan, o, al menos, comportarse como tal. Lo que más le repugna es lá ordinariez. Y, finalmente, una anécdota curiosa. El padre de Clement ganaba bastante con la abogacía; tanto qus pudo permitirse el lujo de tomar cerno institutriz a una señorita qne acababa ds dejar la rrsan. -ióñ de lord Randalph Churchill, cuarto hijo de, l di qus de Marlborough, familia donde la señorita en cuestión había realizado grandes esfuerzos oirá domar a un niño que ss llamaba Winston. Un verdadero demonio fuá la descripción que la institutriz 1 acia del niño travieso. ¡Cuan distinto era el pequeño Clemente, con su airé suave, incapa. de hacer daño a una mosca, y cuya conducta armonizaba con su noribre de p a! Y he aquí al niño obediente convertido a seínrta y tres años en conde y micmbi- o vitalicio de la Cámara de los Lores.