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NOUILH HAÍSCRITO SU DON JUAN EL AUTOR Y SU OBRA Por José Luís ALONSO E L Don Juan clásico, mito, semidiós, tiene fuerza tan arrolladura, que es obsesión de poetas. Rimbaud llegó a pensar que, amado como él, su vida hubiera sido otra. Al menos, eso quiso, eso creyó cuando dijo: Etre aimé comme toi pour pouvoir étre bon. Anouilh, el gran poeta dramático de ahora, ha ofrecido a Don Juan el mejor de los homenajes: ha escrito, él también, su Don Juan Con el titulo de Omifle, ou la courant d air se estrenó el 4 de este mes en la Comedie des Champ Elysées Más bien debió llamarse Ornifle o el vendaval porque eso ha sido, un vendaval, que se ha levantado en una temporada sin ruido, tranquila, apacible, síntomas éstos muy graves para la vida del teatro que ha de ser siempre cálida y de fervorosa vibración. De ese tedio, de ese letargo ha salido gracias a Ornifle Ante la importancia de la obra y la resonancia del estreno, la Prensa le viene dedicando planas enteras, con ese tipo de letra y esos titulares impresionantes que parecen reservados para una declaración de guerra: La gran batalla de Ornifle La critica ataca la obra pero el público la aclama. Omifle provoca una apasionante polémica. Distintos y aun encontrados los juicios de los críticos. Se han recogido también opiniones de autores, de actrices, de hombres de teatro y hasta de espectadores de muy varia condición, entre otros, un estudiante, una gran dama, un agente de seguros, un zapatero, un guardia, un trapero... Muy curiosa la del embajador de Chile. Al salir del teatro y contestando a un p e riodista, dice: Me hacen falta veinticuatro horas de meditación. Veinticuatro horas después, declara: La obra es magnífica, pero me hacen falta aún otras veinticuatro horas. Y pasadas esas veinticuatro horas: Una obra que quedará, pero se lo diré á usted dentro de veinticuatro horas. No menos curiosa la del agente de la Sociedad de Autores inglesa: Los derechos de la obra han sido comprados para toda Inglaterra entre las diez y las once de esta noche. Y si alguien dice que en Inglaterra no se entiende de teatro, que no olvide que allí nació Shakespeare. Hay, pues, en torno a la obra, la acalorada discusión, la apasionada polémica de qué la Prensa habla. Pero es seguro que en un recuento de opiniones, Ornifle obtendrá un si rotundo. En este viaje mió a París me propongo alcanzar tres objetivos: ver Ornifle ser espectador de los espectadores y visitar a Anouilh. Iniciado mi plan de acción, temo que mi primer objetivo nó se me logre. Es dificilísimo conseguir una entrada. Se venden- -y no es suelto de contaduría- -con siete días de anticipación. Mi impaciencia no resiste tanto. ¿Qué hacer? Me dicen que, acaso, con recomendación... No co nozco esa táctica. Pero, iqué remedio! Mé echo a buscar influencias. Y tras penoso forcejeo aquí y allá, se me facilita la lo ¿calidad tan deseada. Ya estoy en el teatro. Ya se ha levantado el telón. Los espectadores cogen y celebran con grandes risas, con ovaciones, con visible emoción, hasta los matices más finos de un ademán, de tm gesto. La obra, más shakesperiana que molie- resca, no es, no, un canto a Don Juan es una burla, dolorosa burla, del burlador. Hasta el nombre Ornifle dé SaintOignon, es bufonesco. Afirmativa, constructiva, por lo mismo que es burla y dolorosa, del cínico, del libertino y de toda una vida sin escrúpulos, que hizo escarnio de los sentimientos más puros: el amor, la mujer, el hijo... No conoce Ornifle la difñculté d étre de que habló Cocteau, sino únicamente el placer inmediato, y cede siempre fácilmente a todas las tentaciones. Todo ello se nos da en la comedia y con la más viva pintura. Pero por algo y para algo hay en la obra la presencia de Dios en la persona de un ejemplar sacerdote, y la presencia de la muerte en el hijo siempre vestido de luto, y en el extraño decorado, armonía de negro sobre fondo rojo. El público ríe constantemente, pero todo aquello que le hace reír le produce, al mismo tiempo, una enorme sensación de amargura. ¿Cómo clasificará el autor su nueva obra? ¿Es rosa o negra esta pieza? ¿No tendrá que crear para ella un color inexistente? Me faltaba por cumplir el más importante de mis propósitos, de mis objetivos: visitar a Anouilh. Yo ya había traducido y puesto en escena algunas de sus obras más destacadas, lo que prueba cómo es de sincera y entusiasta mi admiración. Pero nunca me atreví a acercarme a él, á hablar con él. Tiene fama de retraído, solitario; fama de sauvage en cuanto al trato con sus semejantes. De Marcel Achard es esta ingeniosa frase: Anouilh se está civilizando. Antes veía sus obras desde el gallinero. la ha visto desde un palco Y puede... P u e d e que sea sauvage con los semejantes, poco semejantes a él, es decir, cuando no son también retraídos, solitar i o s, también sauvages Viene a cuento la conocida anécdota de B a r r i e o t r o sauvage magnífico. Cierta vez que no pudo eludir su asistencia a u n banquete, resuelto, eso sí, a evitarse el fastidio de una conversación absurda con el vecino de mesa, callaba, callaba... Pero cómo el vecino callara t a m b l e n acabó p o r preguntarle: ¿ÍES que no un rato? Y parece que la charla, fue interesante. Y prendió entre los. desconocidos una estrecha amistad. Con esa esperanza y con la pretensión de qué uno sea también algo sauvage fuimos a ver a Anouilh. Le encontramos, como era de esperar, convaleciente aún del estreno. Cada obra que se estrena es uña enfermedad que se padece. La fiebre empieza con la lectura a la compañía, y va subiendo en los ensayos. La noche del estreno el autor ha perdido ya el conocimiento, en el caso para los optimistas, de que lo tuviera antes. Esas horas que dura la primera representación son mortales. Veo, pues, a Anouilh, no repuesto todavía, de Ornifle su última enfermedad. Y me recibe, me acoge con (verdadera s i m p a t í a ¿Cómo no nos hemos conocido antes? No me lo explico. Si es usted mi embajador en España... Decididamente, la anécdota de Barrie y el compañero de mesa, que es todo lo que yo puedo ser en este caso, se ha vuelto a representar ahora y con un franco éxito. Me ha hablado con clara sinceridad, con entrañable sencillez. Anouilh- -cuarenta y cinco años, 21 comedias, 10 películas- -es el único que no había intervenido en la actual polémica. El protagonista no había pronunciado todavía una palabra. Es decir, las que yo le escucho son las primeras que salen de su boca. Puesto que Anouilh me ha llamado su embajador en España, aprovecho la ocasión para presentar ante ustedes mis cartas credenciales. Pero estoy obligado, por mi cargo, a poner el tacto más exquisito en mi tarea. Antes que nada, le doy las criticas que en Barcelona ha merecido La Alondra Las toma en su mano, empieza a leerlas lentamente, con dificultad... -Es Jurioso y desconcertante leer cri- le gusta a usted hablar con un desconocido? No, señor. -A mí, tampoco. Entonces, ¿quiere usted qtie charlemos Jean Anouilh,