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En una sesión privada de cine vi hace pocos días una película titulada París 1900 hecha mediante una acertada sucesión de noticieros, documentales, cintas de ensayo y proyecciones de inspiración particular, todo ello combinado con una mesura de relación verdaderamente admirable. Kl título es demasiado ceñido para el espectáculo histórico que nos ofrece la película, que corre desde los primeros días del siglo qué vivimos hasta las conmociones con que se inició la guerra de 1914. La primera mitad de éste período parece transcurrir bajo un propicio signo de tranquilidad, confianza y gozosa imprevisión. La segunda mitad, donde ya empiezan a atiabarse los acontecimientos que iban a precipitar la primera conflagración mundial, es, sin embargo, plácida y sosegada, salvo algunos chispazos transitorios. Aquel mundo, centrado en París, que lo proyectaba, definía y entonaba, füé un mundo conocido por muchos de los que hoy pueden leer estas lineas. La impresión que más me conmovió, como espectador, fue el pausado descubrimiento en mi memoria de los primeros lances que recordaba de los periódicos leídos a medias en mi niñez: la captura del apache Bonnot, refugiado y resistente en una casa de las afueras de París, a la que fue necesario destruir con una carga de dinamita llevada en un carro de heno. Episodio que resucitaba mis memorias infantiles, y que abría la puerta del recuerdo a lo que, sucesivamente, iba á definirse con creciente fuerza de vitalidad ante mis ojos. Aquella época de los primeros catorce años de nuestro siglo, llena de evocaciones que ahora empiezan a ser valoradas, está teñida de una doble coloración: alegría e inconsciencia. O quizás, mejor, satisfacción y ceguera. Una dulce, voluh- taria ceguera, sin ttírmento, producida adrede y para no turbar el contento. Desde la rueda gigantesca que levantó en sus banastas de feria a müohos miles de franceses y extranjeros, las vistas sé s u c e d e n con una oportuna contlnui d a d. La Torre Eiffel, recién Inaugurada; las primeras estaciones del Metro que aun hoy mantienen sus complicados herrajes estilo art- nóúveau (sí, sí, vaya novedad semejantes a los jarrones de Lauque; las decoraciones de las fachadas, los anuncios y carteles de Capiello, la ingenua y picaresca expectación de los cabarets las primeras películas de Melles y las escenas callejeras, en las que nos encontramos de súbito a Marcel Proust; pálido y endeble; a Jeán! Lorrain, levemente zasc a n d i l y atrevido; a Fierre Louys, decadente y elegantón. Todos ellos, señor, tan complicados y (perdón) tan Inocentes en su atuendo, su gesto, su postura para ser retratados; tan inocentes para el más Inocente de nuestros m á s jóvenes c o n t e mporáneos. Allí aparecen l a s mujeres El boulev rd des Capucines, de Parts, una mañana del año 1800. A la derecha, el Café de la Paix. famosas, ele aquellos años, famosas en diversos sefatidos. Entre ellas, la Cleo de Merode, la Bella Otero, que baila unas extrañas sevillanas acompañada por un señor parecido a Landrü; y la Cassive, y la. Polairé, que entonces eran piedra de escándalo por un guiño o paso dado con falda- pantalón y que hoy nos parecen (dentro: de su ingenua malicia remota) inocentísimas, recatadas, inverosímiles. Y a todo esto. M. Fallieres, el presidente que inaugura, preside, come y saluda, saluda uña y otra vez, primero desde los coches de caballos a la grándaumont. y, más tarde, desdé unos armatostes que se llamaban, sin abreviaturas posibles, automóviles, Sólo cuando ha pasado más de la mitad de la película; de esa historia viva y- visible de una. época, empiezan a advertirse las conmociones; Primeramente, las huelgas, las grandes masas obreras, los mítines en los que vemos hablar a, Jaurás, a Cachin y Briand, por una parte, y por otra a ÍDeroulede y Barres. Porque 16 qile se conmueve no es sólo un proletariado sacudido por la pobreza y la falta de acción social, sino también un misterio, solapado e indefinible amigo que brota por doquiera, como Una niebla maligna; y que hace fruncir un poca elceño a los tranquilos seño- res, a las felices señoras que hemos visto desfilar unos momentos antes, por separado. Ahora empiezan los personajes a ir juntos, en grandes grupos, en enormes grupos. Empero, aún se mantiene la esperanza y urge cierto deseo de unidad. Monsieur Fallieres recibe príncipes extranjeros: Pedro de Serbia, con su gorro de blanca piel y su penacho inmaculado: Guillermina de Holanda, el Zar Nicolás, timorato, indeciso en los andares, siempre un poco azarado. Allí surge, brevemente, la figura juvenil, cenceña y distinguida de Alfonso XIII. La tranquilidad de ese mundo continúa, pero ya se suceden los atentados, mueren dignatarios y ministros, entre ellos, el ruso Stolyphi, el liberal que parecía ser amado por su pueblo. De pronto, revistas militares, en Longchamps, en Tsarkoie- Selo, en Postdam. El fCayser, con su brazo muei- to apoyado disimuladamente sobré la empuñadura del sable, revista sus tropas. El archiduque Francisco- Fernando es asesinado en Sarajevo. Alianzas, procla- mas, manifestaciones. Surge la iría, inmensa mole del Palacio de Invierno, con todas sus ventanas cerradas, excepto una, donde apenas se ve, minúscula, la figura menguada, simpática y tímida del Zar Nicolás, que se dirige a un pueblo que lleva pancartas ininteligibles. ¿Las entendería él, en su verdadero significado? Un día, no del todo; inesperado, vemos los bulevares recorridos por los vendedores de periódicos que anuncian, a gritos y en tinta, la movilización general. Inmediatamente, tras un rápido corte, los ulanos desfilan a galope por el paseo de los Tilos, Soldados ingleses de descolorido uniforme pasan cantando algo que debe ser Tipperary por las calles de Londres, Infantes belgas, con sus chisterillas terciadas, transitan en fila por las calles de Amberes... El mundo en que monsieur Fallieres saludaba, inauguraba, sonreía y recibía soberanos ha empezado á resquebrajarse. Durante cuatro largos, terribles años, lucharán estos hombres que parecían hechos para subirse en la rueda gigantesca, para visitar exposiciones florales, para saludar con ceremeniosos sombrerazos en la Proménade des Anglais, bajo el cielo azul de Niza, Jaurés, el agitador, cae pocos días antes, asesinado, al salir del parlamento. Asi, destrozándose, iba a permanecer este mundo por cuatro años, hasta un 11 de noviembre, el de 1918, en que 1 cesaron las hostilidades. Cuatro días antes, el mariscal Foch recibía en un vagón de ferrocarril, en Compiégne, a los miembros de la comisión alemana presidida por Mathias Erzberger. Habla terminado una época. Todos decían: Ya no habrá más guerras. Pero vino otra guerra, mayor aún que aquélla; y en otro bosque de Francia, en un vagón de ferrocarril, se firmó otro armisticio. Ahora, el mundo, más triste quizá, pero más experimentado, mira con tremendo recelo la posible tercera guerra universal. Aunque ya la indiferencia perdida de que hablara Proust, quizá sin saber del todo lo que estaba diciendo, puede prepararnos a evitar un tercer encuentro en un vagón de ferrocarril, para firmar unos protocolos. Ojalá no sea menester, nunca, jamás, amén 1. -José María SOUVIRON.