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REMINISCENCIAS DE LA SOCIEDAD DE NACIONES LORD ROBERT CECIL P RONTO se cumplirá un decenio desde que, por vez última, resonó en los partes glnebrlnos el nombre de aquel lord cuya popularidad, en el escenario de la Sociedad de Naciones, estuvo corriendo parejas, aunque sin su dramático talante tribunicio, con la de Arístides Briand. Aludo, claro está, al vizconde Cecil de Chelwood, el afanoso artífice del Pacto de Versalles que nunca, luego, dejó de trabajar con ejemplar ahinco y nardecida fe en su aplicación a los enredos internacionales, y a quien vino a caberle, finalmente, la triste misión de asistir a la asamblea de exequias, en 1946, para echarle al ataúd de la difunta, con el duelo de su oratoria, unas cuantas paletadas de tierra británica. Trasunto fiel- -habría podido pensar cualquiera- -de Don Quijote, derribado en tierra barcelonesa y suspirando a través de la maltrecha celada: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo; y yo el más desdichado caballero de la tierra; y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad, Yo apostaría a que, dada la rica experiencia internacional de su larga vida- -sólo le faltan nueve años para apuntarse un siglo- -Jy a pesar de lo que sobre ella ya tiene publicado, no está dejando correr su presente pública inactividad sin aprovecharla para escribir, como tantos otros compatriotas suyos- -muchos, por supuesto, sin más razón que el enfoque de insulseces con la lupa de la vanidad- -nuevos manojos de recuerdos personales. Y esta convicción me incita a contar aquí un par de anécdotas que. el procer personaje, su principal protagonista, acaso no juzgue dignas, por su intrascendente o jocosa enjundia, de ser embalsamadas para la posteridad. Esbocemos antes la silueta física con que se nos aparecía a quienes habitualmente andábamos por las salas de las comisiones. Larguirucho y reciamente encorvado- -tan despreocupado de afeites sartoriales como la otra gran cariátide del frontón societario- -flotante siempre en vestidura negra demasiado holgada, mostrando en el chaleco una cruz de oro- -signó de anglicana vocación episcopal- -y con rodilleras de a cuarta solía ovillarse de modo inverosímil, al tomar asiento, trenzando una en otra las excesivas zancas. Retrepado a fondo, escuchaba los argumentos de sus interlocutores más serios- -de los restantes cuidaba menos que ellos del qué dirán- los ojos clavados en el techo y sobando y resobando, con dedos mayúsculos y temblorosos, la próspera calvicie. No dejaban nunca sus discursos de estar marcados con el marchamo d e l Rene Viviani, emisor de la resonante interjección. buen sentido. Y el tradicional tartajeo o x o n i a n o ponía aquí en representación de mi país y he de realce en el humo- aguantar, para defenderlo, todo lo que r í s m o cazurro o Dios quiera, venga de quien venga, y un patoso, de algunas poco más. de sus regocijantes Se estaba entrando, otro día, en los preréplicas; más rego- liminares de los preparativos para la precijantes, muchas ve- paración del programa provisional de la ces por el contraste comisión preparatoria de la fracasada con el tono enfático Conferencia del Desarme- -apenas si rebao lírico de la ma- so, bien lo saben los de entonces, la paryoría de sus con- simonia jurisdiccional de aquel ambientrincantes que por te- -que tan formidable masa de papel el jugo del ingenio. iba a amontonar. Actuaba allí como porOcurrió uno de tavoz de Francia Rene Viviani, político los aludidos inci- engreído y de muy irritable carácter que, dentes en la comi- quizá para templarlo, se hacia traer a la sión bajo cuya fé- mesa deliberante una copita de coñac. Harula corría la lucha bía intervenido ya el inglés muchas vecontra el abuso de ces, con objeciones y enmiendas al rumbo drogas. Acababa de que el francés quería imponer. Todo, por descargar el delega- fin, parecía encajado a gusto de éste, cuando norteamericano, do el otro pidió de nuevo la palabra. Y sin duda que por estar llamado P o r t e r Viviani, creyendo al extremo sentado del contra el opulento su rivalno podría oirlo, soltó laopuesto Enn e g o ció británico tablero enm... deur de Cecil fraseque el en del opio en la In- coré cet desportillado disimula ese peyodia, una diatriba vocablo de castrense filiación consagrada rativo con fecundia por- en Waterloo, tan. frecuente al otro lado tuaria en demasía. de IQS Pirineos para significar pelmazo Y vimos a nuestro No permitió, sin embargo, una travesura lord alzarse lenta- de la casualidad que el taco, caído en un mente, más cóncavo instante de limpio silencio, dejara de aloque nunca, como si jarse en las orejas del noble lord con tanla indignación ago- ta claridad como en las de todos los debiara la vasta an- más. Se me han ido de la memoria las chura de sus espal- palabras de su respuesta- -en vano se das. Yo le aseguro buscaría la coyuntura en las actas de la al señor P o r t e s sesión- -mas no el jolgorio suscitado por- -vino a decir- -que la comicidad de su resignado gesto de si yo, en este mo- atlante diplomático, capaz de apechugar, mento, sólo escu- for lady Albion s sake -como había hechara el dictado de cho constar, cuando el trance de las nomi personal deseo, civas y fructíferas papaveráceas- -con un tomaría el sombre- Himalaya de semejantes pestíferas mero y atravesaría esa táforas. puerta, pero estoy José FLA CÁRCELES