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Ilustración por Ceoilio Pía. Cargando leña de Santiago Regidor. LOS ILUSTRADORES DE N capítulo entero de la historia del arte se despliega ante nosotros. Y no de los más historiados, quizá por lo mismo que sus obras han estado grabadas en papeles tan familiares a nuestros ojos y a nuestro recreo. Y ahora, desprendidas de las páginas, nos damos cuenta de que tenemos ante nuestra vista a un arte autónomo y de que estos dibujos, de carácter ilustrativo, no necesitan, sin embargo, una justificación literaria. Por sí mismos tienen tal sustantividad que puede desvincular a su anécdota de la narración que la provoca. Además, estamos ahora en sazón para ver ya la mayor parte de estos dibujos y de su ambiente humano, con conciencia histórica. Quizá los terribles acontecimientos que han angus tiado nuestra juventud, han establecido una distancia no temporal, pero sí emotiva, entre la generación de nuestros padres y la nuestra, que nos permite contemplar estas ilustraciones con la nostalgia y también con la objetividad de una edad ya ida. Un aroma de íácil dicha, de hogareño bienestar, de poesía que puede ser recitada, se desprende de estos dibujos ya con la pátina más que del tiempo, del recuerdo. Reflejan los más clásicos de estos dibujos una sociedad de cuyo romanticismo se ha evadido todo lo declamatorio y heroico y ha quedado uña tierna ingenuidad, un sentido idílico y amable, unos conflictos que pueden ser recogidos por los lápices de los artistas. Y a través de estos cientos de obras se puede seguir el desarrollo de la fase que pudiéramos llamar realista y figurativa del arte de este siglo. Cierto que por su calidad ilustrativa U Recepción por Adolfo Lozano Sldro. este arte se encuentra a veces asincrónico con el de sus mismos días. La personalidad de estos artistas se halla coaccionada por su sujeción a un texto y por ese carácter anecdótico y popular exigido a sus dibujos. Por esto se halla marginal a los ensayos de estilizaciones que entonces preocupaban a lo que pudiéramos llamar el arte puro Comienza la Exposición por los dibujos de Cecilio Plá, quizá el de una técnica más sólida. En estas obras la calidad pictórica se mantiene siempre. Hay en ellas un eco del mejor Sorolla con su frondoso luminismo, con un color siempre brillante y espeso que permite a sus formas el más blando modelado. La materia pictórica no puede ser de más delicada matización, con golpes de claridad que acreditan el abolengo impresionista de esta pintura. Sus mujeres, siempre elegantes y pensativas, prestan a estas estampas una aguda distinción. Su formación con Emilio Sala, deja en sus obras esa resonancia ambiental que envuelve aún a sus figuras solitarias. Huertas es un dibujante muy típico de este momento. Hay en sus obras un sentido popular de fina gracia. Una tierna alegría se esparce por estas escenas, de la más fiel reproducción de nuestros ambientes pequeño burgueses. Un realismo que se detiene en la anécdota quita trascendencia a estos dibujos, imaginados en el plano de la narración. Pero la motivación literaria se ha asimilado plásticamente, de tal manera, que sobre una descripción gráfica, a veces banal, se superponen las intenciones psicológicas de los protagonistas.