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DI A R I O I L U S T R Al DO D E I N FO RMAC I O N C E N ER A L FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA DIARIOILUS T R ADO DE INF O RM A C 1 0 N G E N ER A LMi c r e a sinceramente que sus buenas ac- ciones, sus sacrificios y sus dolores, han de encontrar justa compensación en otra! vida ultraterrena... Muchas asociaciones católicas, cate quistas y clérigos predican, a diario, estas mismas verdades. Hay que decir, con ruda franqueza, que no siempre el éxito recompensa el esfuerzo volitivo; probablemente por falta de dirección y falta de energía en la actuación. La que proponemos ha de ser llevada a cabo por grupos de varones fuertes, de varias confesiones, con decidido espíritu militar, con ímpetu de Cruzada. Hay que ocupar, sin demora, sólidas bases de partida: de ellas, la más impor tante es la escuela. La trascendencia de ella para conquistar las juventudes han sabido apreciarla los enemigos del catolicismo. La ofensiva contra la escuela católica, contra la educación cristiana, vencedora hoy en Rusia y en otros países, existe siempre, latente o activa, en la Argentina, en Bolivia, en Méjico, en Francia, en Bélgica, en Alemania, en los Estados Unidos, en la India y en África del Sur; adoptando diversas modalidades: estatificación de la escuela, laicificar la enseñanza. Hay que aspirar a que los Estados se declaren beligerantes en esta lucha contra el mal y refuercen su eficacia con medidas de política social que mejoren el nivel de vida de las clases necesitadas, aunque sólo sea por saber que la pobreza es mala consejera y que los económicamente débiles están propensos a renegar de todo y de modo especial de los Gobiernos. Mas no se incurra en el error de creer qu basta mejorar el bienestar 1 de los pueblos para hacerles felices; las desgracias y las penas atacan, sin distinción, al pobre y al rico, al Rey y al pordiosero, y para sobrellevar los grandes dolores que desgarran las almas sólo existe un remedio: la esperanza. Las ideas que expuestas quedan no constituyen un plan de campaña, ni un programa, ni un banderín de enganche. Bien quisiera yo que Dios me hubiera m otorgado- las dotes de un Simón de Montfort o de un Pedro el Ermitaño para lanzar a los Cristianos a una nueva Cruzada. Sólo soy un modesto escritor que exterioriza sus inquietudes por si hallaren eco en personas de gran dinamismo, que estén en condiciones de acaudillar, en cada nación, el movimiento universal de cristianización, para endulzar la vida amarga y angustiada de millones de hombres, con objeto de que en las pruebas más duras recobren la esperanza diciendo: Salve, ¿oh Crux! spees única Alfredo KINDELAN ACE unos días expuse en esta misma pá gina de A B C la inquietud que sentía por causa dé la triste existencia de grandes masas humanas que apostataron de su fe sin encontrar sustituto a ella; y de la necesidad de restaurar, en las mismas, un ideal trascendente que les permita soportar, sin caer en la desesperación, las penas e injusticia que la dura vida les reserve. El discreto lector que siguió con atención mis razonamientos comprendería, ciertamente, que no intenté afrontar el magno problema de cristianizar a todos los habitantes del planeta, ni siquiera traté de interferir la abnegada misión apostólica que vienen realizando santos misioneros en tierras de infieles. Descartamos de nuestro propósito catequista a cuantos seres abrigan en sus almas esperanzas ultraterrenas, siquiera seati erróneas, que les ayuden a sobrellevar los dolores y tristezas en esta vida. Intenté sólo enfocar una parte del problema universal, examinando los medios conducentes a librar del marasmo desolado en que se mueven a millones de seres humanos que perdieron la fe y con ella la esperanza; y á aquéllos otros inmersos en tinieblas, porque nadie abrió sus ojos a la luz para hacer más felices y llevaderas sus existencias. La fe llega repentinamente a algunos escogidos, como a Saulo en el camino de Damasco; pero a los más llega por sus pasos contados. Larga experiencia nos enseña que uno de los caminos por donde nos llega, de preferencia, es el dolor: y pues nos esperan tiempos duros preñados de dolores, puede quizá entrar en los íivinos designios que, por caminos de sufrimiento y congoja, vuelva la fe a mutilas almas que lá tengan perdida o amortiguada. Primeramente a las clases ilustradas para que tomen para sí, como les corresponde, la superación de la actual crisis con la misma férrea voluntad que pusieron aquellos bravos conquistadores que civilizaron y cristianizaron un nuevo continente. Estas selectas minorías han dé comenzar por inflamar su fe tibia, o adormecida, para dar poder conveniente a sus predicaciones, a los que apostataron y a los no iniciados, de que la vida no es un azar fisiológico, sino creación de un Dios quien se sirvió revelarnos cosas que nuestra razón no podía comprender ni nuestros ojos ver; y, entre ellas, que existe otra vida ultraterrena, en la que serán sancionadas nuestras conductas en ésta, con justos premios y castigos. La labor corresponde a cuantos profesen la fe ds Cristo: a los católico- romanos, a los ortodoxos, a los orientales y a los de las varias sectas protestantes. No ignoro que todos estos, credos laboran H LA CRlálS RELIGIOSA ACTUAL continuamente evangelizando; pero sus esfuerzos son aislados, inorgánicos, y en la guerra y en toda actuación lo organizado vence siempre a lo inorgánico. Mientras las fuerzas del mal estén organizadas y las del bien no, éstas serán vencidas. De aquí la necesidad de un método y también la de crear organizaciones internacionales cristianas idóneas para oponerlas a las marxistas y masónicas existentes. Surge, ante todo, el problema del mando de la organización. No en mi calidad de católico apostólico romano, sino con absoluta objetividad, estimo que la suprema dirección de la lucha para un mundo mejor según la frase feliz conque se le ha bautizado, corresponde, de pleno derecho, a Roma; por ser, entre todas las religiones, la única que dispone de una estructuración universal, jerarquizada y centralizada. Dándose, además, la feliz circunstancia de atravesar la Santa Sede un momento de los de mayor prestigio y respetó de toda su historia; la persecución que sufrió desde Pío IX, y la ejemplarizad de vida de los últimos Pontífices que ha culminado en la del actual, paradigma de virtudes y de sabiduría, hacen verosímil que hombres de buena voluntad de otras religiones, aceptasen, sin recelo, sin renunciar a sus creencias, esa alta dirección. Bajo tal mando, puede la hueste comenzar su labor más urgente: la de arrancar la desesperanza y el desaliento del alma de varios cientos de millones de seres que carecen de ideales trascendentes, dejando, por el pronto, con sus creencias a los fieles de varias religiones muy. extendidas: mahometanos, budistas sintoístas, taoístas, para dedicar preferente- atención a los que fueron cristianos y ya no. lo. son; y a los que viven, sin fe, en países de civilización católica. Aspiremos tan sólo, por de pronto, a. que todos los hombres profesen algún credo en que abrigar su desamparo y vencer su horror a la soledad; a que todo hombre M n c i e s e éia fado el nsuüefo por medio de E U klén a Semana! ilár a d A 80