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EL CURSO cauce ordenado en ciertas Facultades Afirmaba el sabihondo: Ahí sobran tantos textos como faltan La confusión era enorme para nuestro joven, Si Euclides, si Aristóteles, si Tolomeo. si Cicerón, si Nínive, si Esparta, si Roma. si Atenas, si Justiniano, si Erasmo. si Santo Tomás, si Montesqüieu, si Descartes, si Kikergard, si Pasteur, si Curie, si Monroe. si Fleming, si Einstein... Mayor confusión aún. Y cuando preguntó a unos alumnos de último curso, le respondieron: Bien; ahora concluiremos una carrera y no sabremos qué hacer con ella. Él país es pequeño para tanto licenciado. De confuso, nuestro joven pasaba a consternado. Esa es la estampa. El mismo joven sentado en un montón de libros, en nuestro país, medita sobre sesenta mil estudiantes que llenan las aulas universitarias españolas. Muchos de ellos oyeron también en sus hogares: Que estudie una carrera. Y ahora esos millares de estudiantes constituyen una preocupación y un problema, mientras América necesita españoles de rango Colosal esperanza... Para los sesenta mil matriculados en las Facultades españolas- -casi los cincuenta mil varones y diez mil hembras- -ha sonado una hora. El curso ha comenzado. FERRON HA COMENZADO U N buen dibujo de Walter Molino, publicado a toda plana en La Domenica del Corriere representa a un muchacho sentado sobre un montón de libros. Hay como una sombra de abatir miento en el rostro del muchacho y la incertidumbre se adivina en sus ojos. Una mano sujeta la cabeza, atormentada, quizá, bajo el peso de tantas disciplinas: la otra mano cuelga entre las piernas, apuntando con el dedo Índice los textos ingentes. La figura del joven estudiante es un símbolo moderno de la más honda, la más deprimente de las confusiones. 1 benjamín de las aulas universitarias estudió, acaso con alguna eficacia, más de un millar de temas de enjundia diversa. Devoró libros y más libros y consumió horas, semanas, meses, años. Y columbró la Importancia del tiempo para una civilización que no disimula su prisa. La hora D el día H la semana Z Piensa el abatido joven del dibujo el camino que aun le queda por recorrer, y tal vez piensa igualmente en lo que habrá de pensar cuando ese camino sea superado, si es que llega a superarlo. Sobre la montaña de libros no acierta a contemplar un paisaje claro, ni vislumbra horizontes definidos, ni siente bajo sus pies la seguridad de la plataforma soñada, anhelada por él y por sus padres. Nuestro imberbe personaje abrió los ojos, poco más o menos, en momentos en que el mundo se estremecía bajo la tremenda experiencia de una guerra que facilitó el paso a una nueva era. Los mayores ignoraban la curiosidad del muchacho, porque se hallaban afanados en sus tareas vitales cada vez más duras, porque era demasiado pronto y demasiado tarde o porque apenas quedaba tiempo para disfrutar los escasos gozos materiales de la hora. Que estudie una carrera oia decir siempre a su alrededor. Cuando hubo traspuesto la primera órbita oscura de las primeras ciencias, comenzó a hablar un lenguaje incomprensible hasta para sus padres: ¿Qué sé yo de Física Nuclear? ¿Qué puedo decirte de la estructura de un ciclotrón? Mi filosofía no va más allá de Pascal, hijo mío No escuchaba otras cosas cerca de él. Algún familiar pedante le hablaba de la dificultad de adaptación del antiguo profesorado, porque la investigación avanza con paso más veloz que la enseñanza El mismo pariente no encontraba reparos al afirmar que los textos de viejo cuño y las modernas disciplinas no hallaron aún La ruta de América, abierta a tantas esperanzas, tiene también su símbolo en la Ciudad Universitaria madrileña. (Potos Ferrin.