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buenas maneras y dd diálogo. V aquello lo mantenía Ortega no can dinero del ¿oslado, sino de su peculio; del pobre peculio de un hombre que siempre vivió de su trabajo. Y no lo mantenía para él, ni para nadie, ni para nada, sino por pura exigencia y por pura fruición de su vocación intelectual. ¡Qué difícil resulta hablar, a trancos, con prisa y con dolor, de algunas de ios cualidades que dieron a Ortega en la- vida cultural española un papel ian preeminente como probablemente no se ha conocido otro! Tal ves ningún español sometió su mente a tan intenso y vigoroso cultivo, tasó Ja mayor parte de su vida metido en casa, trabajando con sus libros; trabajando a reces, para que nada lo distrajera, frente a un paño negro, que colgaba en la pared. Su fenomenal apetito de saber le liiso poseer una inimaginable cultura, pues sus conocimientos, aunque inferiores a otros ten ciertos puntos concretos y particulares, eran tan vastos, qm le perini ¡uni- no sólo hablar, en plena conciencia, con iodos los especialistas, sino incluso descubrir a éstos objetos u horisontes nuevos. Ortega, por otra parte, nació investido del don de mando intelectual, üiiitnue este mando no haya iludo iodos los frutos que de él cabía- esperar, Hjuizá porque sea esencial en el mando intelectual anularse a sí mismo. Si una ves dije de D Ors que era el aristocrático oso blanco de nuestras letras, Ortega era el león: leonina, era su cabeza, y en su vos aceitosa y en su anchaboca parecía quedar una- amputación del rugido. Su dominio, precoz y seguro, se impuso al punto a sus mayores, los (le la generación del t) 8, y no liay que decir si a sus menores. ¿Y este dominio exigía- -como a veces se ha calumniado- -sumisión, acatamiento a adulador halago? Nada más falso. En diciembre de 1954, con motivo de su viaje a la Alemania occidental, en donde pronunció una serie de conferencias, el ilustre filósofo departe amistosamente con el presidente Theodor Heuss, a quien visitó. (Foto Associated Press. Exigía, naturalmente, respeto; pero no otra cosa. Si algo amaba Ortega, era el diálogo, y sabía escuchar. Le preocupaba el silencio de cualquier tertuliano bisoño, cuando rebasaba la sólida timidez inicial, y atisbaba con ansia el enigma dejas juveniles reacciones. Porque, además, tenía- una penetración psicológica que casi lo convertía, en zahori IM expresión, fenómeno cósmico Pero ergcomo pocos, discreto (U 7 í silencio, gran Brahantán Y era tolerante para lodo, salvo para la chabacanería, la mediocridad satisfecha- o de nuda je y el cerrilismo, vinieran de donde vinieran. A adié de los que tuvieron acceso a él hubo de abdicar de sus ideas. Tenía Ortega una insobornable dignidad y una (Continúa Ultima fotografía de D. José Ortega y Gasset. tomada a fines de agosto por la señora de García Comez, en el claustro de la Colegiata de Santillana. Con el gran escritor están su esposa y D. Etmüio García Gómez.