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EL ÁRBOL EL AGUA Y LA MAQUINA Por Luis de fírmiñán ESJAMOS la carretera- -polvo entre viñas y algún pino como asombrado de su verticalidad- -pja r a entrar en el camino de tierra, que mañana será barro, cuando el agua de Dios riegue los campos. Las ya vendimiadas cepas se amustian con dos dedos de mugre pulverizada en sus pámpanos. Cascabelea una perdiz engordada en los barbechos y el cielo es nácar, en uno de esos asombrosos atardeceres de la Mancha. Curvo el horlzonte, como en el mar; triste también, con be (lleza casi literaria, que viene desde el Quijote dándole vueltas a un romance seco, de palabras duras, llenas de pasión y pecado. Voy a un finca que dicen La Colonia en las bardas de los corrales de Las Mesas, ombligo de La Mancha, último pueblo de Cuenca, en la linde de Ciudad Real, Albacete y Toledo. Es de don Enrique Cuartera, señor y licenciado, quien por leyes y tramujos de ciudad, ha dejado el mando a su hijo, al que llaman simplemente Alfredo por el término, pero con un regusto de respeto y de capitanía, en el que va cierto asombro, por sus trazas camperas. Aquí al árbol se le tiene empacho. Bah! Nido de gurriatos, sombra estéril y espacio perdido. Cuando sale, se le troncha. Si alguien lo crece, se le ríen en sus barbas. El cielo es seco, íalta agua, y ellos son como borrachos insaciables. La corteza vegetal es breve, dicen los labrantines y viñeros, y el cultivo ha de ser como la tierra pide. Uva y cebada con algún troza de trigal, cuando la vega se suaviza. Los pueblos llevaron la cruzada arboricida y más vale un pimiento en el regato que un peral en la huerta. Con osle aire alano dp vírale r ¡cier- D Esta es La Mancha bajo el sol. zo, que es el del terreno, y Dios nos valga, fue Alfredo Cuartera a La Colonia Hectáreas sedientas y, sin embargo, en mayo la codorniz cantaba en las laderas. Algunas vegas tenían verdes tiernos y tímídos y el labrador comenzó la busca. ¡Qué risa! Siglos sin más agua que esa salobre de las lagunas y la fétida del arroyo, y el señorito se pone a cavar hacia lo hondo. Por ahí están los pozos con su balancín, como los de Egipto a la vera del Sahara. A un cabo del palo la piedra, y al otro, soga y cubo; y venga brazo y paciencia. Pero él, terne, hasta dar con la veta que ya verdea en el fondo. El Gobierno ofrece dinero para la obra y no se toma, y es asi más llana la labor, quedando las monedas a quien las pida con necesidad. Y ahora comienzan a desarrollarse los tres ciclos del aprovechamiento. Se ponen en riego 300 hectáreas, preparándose el terreno para otras tantas. Y en ellas 200.000 chopos que respiran bien aquel aire y millares de frutales de los que saben aguantar solinas y escarchónos. Corre un estremecimiento por Las Mesas, en cuyo cerro se arruina el penúltimo molino. Desde el p u e b l o se ve aquel bosque. Los viejos, el hermano Ghaperre y el Heb r a -averigüe el cura cómo les puso en la pila- -sonríen. y comentan: Ya se dará de morros. Y los chopos crecen y prometen celulosa. Luego, se da a los fr abajadores pluses de jornal, propoi cionados a su productividad, regulada por medio de Cartillas laborales, y participación en los beneñcios. Ahora el trabajor es más brioso. Y después, se trae maquinaria. 1 bosque, en las tierra seoa La máquina, tel propio Diantre! La gen te andaba reacia y torva. Ellos, desde que la memoria se pierde, iban tras el arado y la azada. Un escupitajo en las manos, y arre, muía. O el escupitajo y el buen golpe para desmenuzar la tierra y ahondarla. Otra cosa era restar jornales y poco más. Cuando algún maquinero aparecía con sus catálogos, se le aventaba. Y en tiempos, la hoguera consumía, aquellos hierros y motores que iban por el pan del pobre. Hasta que se hizo la luz y vieron que la máquina quita esfuerzos, amansa el terreno y no resta ganancias a los que sólo tienen sus brazos. Se comenzó a mirarlas como ayuda, y ahora se las comprende, admira y utiliza. En La Colonia tienen el