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¿VAMOS A FRANCIA? BIARRITZ. -Vista parcial de la aran playa. D IRJASE que el veraneó en San Sebastián y sus contornos no es completo si no se pasa, cuando menos un par de veces, a Francia. ¿Que es preciso realizar varias y previas gestiones, vencer alguna dificultad para atravesar el puente? ¿Que todo, más allá del puente, está por las nubes ¿Que la jornada allí resulta agotadora? Ño importa. Toda reflexión es inútil. Hay que ir a Francia. Por gusto de desplazarse; por curiosidad; por impedir que nos cuenten lo que podemos ver con nuestros propios ojos. Por referir, una vez más, el exceso de los congés payes que no trae cuenta comprar perfumes, y que se ganaron; o se perdieron tantos miles de francos en el Gran Casino En fin, hay que ir a Francia. La atracción es invencible, Tal vez algunos con- fundan la atracción con la rutina, que también tienesu fuerza. En Irún los automóviles españoles forman interminable fila. Fácilmente se pierde un hora antes de arribar a la Aduana. Franqueada ésta, quedan por realizar en la francesa nuevos trámites. Hay que comunicar al funcionario galo nuestro domicilio, n u e a t r a profesión, el color de nuestro coche, si este tiene o no tiene radio. Una Vez realizado tanto esfuerzo, parece lógico que el excursionista español se hallara compensado por el aliciente de ver otras caras y cambiar de ambiente, allende la frontera. No es así, ciertamente. A cada paso, en cada tienda, en cualquier esquina, el español se encuentra con españoles. Precisamente con aquellos a los que se está cansado de ver durante todo el año. Queda una esperanza... pronto desvanecida. Una vez recorridos diez kilómetros más, el español se vuelve a encontrar... con los mismos españoles en Bayona, ya en los almacenes Aux dames de Frailee ya bajo los Arcos saboreando un incomparable chocolate. En principio, los miembros de toda familia española recién llegada a Biarritz sepáranse. por unas horas en la plaza de la Maine. El cabeza de familia se asoma a la Gran Playa para contemplar, con cierta actitud pillina muy propia de nuestra raza, una multitud compacta exenta de pudor... y de malicia, Aquellos bañistas van a lo suyo Su exclusiva preocupación consiste en saturarse de aire y de sol. Lo mismo exhibe su anatomía la mujercita atractiva que la deslavazada madre de familia, carente de toda coquetería. Luego, el excursionista español adquiere un encendedor, y toma asiento en la terraza de un café. Mientras tanto, madres é hijas se extasían ante las chucherías de Biarritz- Bonheur exactamente como si en España no poseyéramos excelentes lociones, tejidos, jabones, etcétera. Interrogan en francés a las dependientas que, bien provistas de su sonrisa comercial, responden en correcto castellano. Reconócese a las damas españolas no sólo por su acento, sino también por su vehemencia y el diapasón de su voz. Parecen hablar ante el micrófono. jMira qué monada! ¿Mamá, cuánto son mil trescientos cincuenta francos? Niñas, no tocad. Acuérdate del cinturón que quiere Pepito y del recambio de rouge que nos encargó Pili. El comercio español ha progresado notablemente. Nada en realidad se encuentra en Francia que no tengamos profusamente en España. Nuestros escaparates, porcia calidad y el buen gusto de su disposición, poco tienen qué envidiar a los franceses, si bien no sería justo negar a nuestros vecinos una gracia especial y refinadísima, un toque inconfundible, un secreto en fin, para despertar la tentación en aquellas personas menos caprichosas. Sin embargo, a punto de finalizar el día pasado en Biarritz, algo se le antoja al excursionista más codiciable que cualquier otra cosa en el mundo: un banco donde reparar sus desgastadas fuerzas. Si tiene la suerte de hallarlo disponible, en propicio lugar, y mientras el rojo disco solar parece hundirse poco á poco en el confín del océano, el español rememora Una sutil melancolía le invade al evocar horas muy gratas de sus años mozos, vividas en aquel Biarritz de las grandes elegancias y el franco por los suelos Todo parece igual: la silueta majestuosa del palacio construido para la Emperatriz, el giratorio resplandor del faro, hm villas coquetonas, el leve dosel de los tamarindos. Cada rincón despierta un ir cuerdo. Biarritz es como un bello e inmutable escenario del que desaparecieron fabulosos personajes, interesantes perfiles, seres queridos, siluetas peculiares. ¿Qué le falta- a Biarritz? ¿No le sobran, más bien, los años transcurridos desde él final de aquel período fastuoso y sugestivo, que oscila entre 1920 y 1935? El excursionista no sabe que su estado de ánimo responde a la melancolía de que el tiempo no vuelva. Tal vez lo que le falta a Biarritz, más que nada, sea nuestra juventud. A la hora del regreso el jefe de familia advierte con estupor que ha gastado aquella tarde la misma suma que en España- -aun en San Sebastián- -le hubiera permitido vivir, holgadamente, durante una s e m a n a Instintivamente, quisiera comprobar en qué se tradujeron aquellos miles de pesetas. Quisiera yér, entre los objetos adquiridos, algo que v a l g a la p na, que represente Y la esposa, toda sensatez en tanto no va a Francia responde con aplomo: -Pues. no creas, muchas cosas: mn jabón, una docena de platos irrompibles, dos botellas de c o g n a s y un aparatii: o para picar el perejil. -No es posible. ¡Algo más habrá! -N o pues... no. La verdad es qué n este país se va el dinero sin sentir. Pero... ¡es tan d i v e r t i d o pasar la frontera! ¿Quién no va a Francia? Agustín DE FIGUÉROA Marqués de Sáñto Floro