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El archiduque lAtTbs de Austria, que Wvíó de Rey de paja a Inglaterra para apoderarse de la Roca. fue una desgracia para los españoles, pero que olvidarlos seria una vergüettza Entre las personalidades que, en estos últimos tiempos, han reiterado en la Prensa la justiciera conveniencia de hallarle soíu ción al espinoso problema, cabe mencionar especialmente al distinguido Capitán de n a v i o Sr. Ala agregado naval a la Embajada de la Gran Bretaña en Madrid durante la segunda g u e r r a mundial. Nos llia cabido, a España la suerte y a mí la honra de que, ahora, otra preclara pluma inglesa- -la de sir Clnarles Fetrie, presidente de la Sociedad Irlandesa de Historia M H i t á r y miembro correspondiente de la Real Acad e m i a Española de Historia- -se h a y a dignado escribir una introducción para la- edición inglesa del li- bro mencionado en cabeza de esté artículo. Y, ¡viven los manes de ios citados preopinantes! qué en este trabajo, eruditísimo y de imparcialidad acendrada, no se queda atrás de ellos en cuanto al esfuerzo para asegurarle a su patria el galardón del fair- play Diseca sir Charles perspicazmente la actitud mental que, desde los tiempos de Cromwell, había puesto a los gobernantes de su patria en la pista de Gibraltar como gozne en sus negocios mediterráneos. Por lo que atañe a la moralidad del procedimiento (para conseguir el propósito) no cabe- -escribe- -disparidad de pareceres, pues la Potencia que nunca había cesado de denunciar la perversidad de los designios franceses, vino a resultar la primera en apoderarse de ter rcitorio hispánico, sin que en nada pueda afectar al hecho la circunstancia de que Gibraltar fuese capturado en nombré de la Reina Ana b del archtiduque (jarlos, en tanto que Carlos HI de España. Cabalmente reconoce luego- -dando así razón, en cierto modo, a quienes, como el docto internacionalista señor Yanguas Messía, han sostenido en estos últimos tiempos qué España nunca renunció contractualmente a la soberanía sobre el cornijal calpeño- -que, en el texto del Tratado de Utrecht, resulta irreconciliable la disposición relativa al traspaso por los monarcas españoles a la Corona británica, de la plena y entera propiedad de la ciudad y el castillo de Gibraltar, así como el puerto, las fortificaciones y los baluartes a ellos- pertenecientes con la frase del párrafo siguiente según la cual, para impedir fraudes y abusos, el Rey Católico quiere y decide que la propiedad arriba mencionada sea cedida a la Oran Bretaña sin jurisdicción territorial alguna La conclusión, de sustancia impresionantemente original y acaso trascendente, en que se funden los comentarios del gallardo escrito- -impregnado todo él de buena voluntad hacia nuestro justo desagravioreza así: La Administración laborista de míster Attlee evacuó la India, el Pakistán y Burma, y la Administración conservadora de sir Winston Churchill ha evacuado el Sudan y la zona del Canal de 1 Suez, sin señal alguna de protesta, hasta Ana Estuardo, primera Reina inglesa d Peflón de OIbralUr. podría decirse de interés, por parte del pueblo inglés. No hay, pues, razón para suponer que habría de aportar éste una ac- tégicas semejantes a las consideradas cotitud distinta, si se tratara de transferir mo necesarias por los Estados Unidos en la soberanía de Gibraltar; más particu- o t r a s p a r t e s v v: larmente sería tal el caso, si la Oran Pruebas tan genuinas de comprensiva Bretaña pudiera conservar ventajas estra- objetividad bien merecen- -no vacilo en pluralizar con el aval de los lectores ele A B c este personal a p r e c i o mío- -una sentida reverencia española y hasta ur. a súplica al Estado para que ostensiblemente autentique en él pecho de tan digfro miembro extranjero de la Academia de la Historia n u e s t r a gratitud k. toda -esa estirpe británica tile Caballeros del Hair- iPlay ahora p o r él señeramente r e p r e sentada, que, desde la expoliación de ltoi y contra, tat r a t a b l e s soberbian imperialistas, nunca ha dejado dé pronunciarse como sostén de nuestra causa. Vista dé Gíbraitsr, fi- cnte a España. J. P. e. ir- ÚÉÉ