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GI 8 RÁÍTAR Por JOSÉ PtA R EPETIDAS veces, al redactar mi li- con chaleco de fuerza y rezaran por él en bro El alma en pena de Gibraltar los templos. í tuve ocasión de aludir a ese admiLejano el fragor de los tres asedios, harable ejemplar del pueblo inglés que, en cia mediados del siglo XIX, cuando á Esarduos trances históricos, no siente pelos paña, agotada por la invasión napoleónica, en la lengua para espetarles a sus compa- el subsiguiente formidable desgarrón ametriotas, ett voz muy alta, las cuatro ver- ricano y las endémicas contiendas dinásdades del barquero. Nó es menguada, aun- ticas o constitucionales, sólo le quedaban que otra cosa pudiera creer la miopía pa- ya fuerzas para reclamar el Peñón con Ütriótica, la deuda que con él tiene contraí- broa, artículos periodísticos, discursos en da el Imperio. A los tales arranques suyos las Cortes y tímidas gestiones diplomáticas, debe éste, en efecto, la prestigiosa ejecu- a mediados, digo, del pasado siglo, áltense toria de esa insólita virtud política que, en la propia capital imperial múltiples con el vernáculo apelativo de fair- play voces con potente resonancia universal corre por todos los idiomas- -no siempre, -r- tales las de Richard Congreve, Richard sobre escribirlo, merecidamente- -c o m o Cobden y John Bright- -qüe, condenando proverbial atributo de sú comportamien- el latrocinio perpetrado bajo pretensiones to internacional. falsas en la Guerra de Sucesión, enérgiPude dedicarle la más remota de las di- camente pide la devolución de la Roca a chas honoríficas alusiones a uri artillero España por imperativos de ética intercuyo nombre fue Benjamín Gaje- -grato nacional. Tampoco le han faltado a la antorcha es saludar su prioridad- que hubo de resignarse a meditar varios soles en un calabozo sobre los daños y perjuicios de 1 franqueza, por haber maldecido en 1727 durante el segundo cerco de la plaza, ft cuantos habían contribuido a quitarles o los españoles Gibraltar, proclamando- -asi lo cuenta, un testigo presencial- -que sólo a ellos les pertenecía, e injuriando a cuantos les hacían la guerra Mi segunda alusión a este linaje de Insobornables paladines de la Verdad quedó enganchada er la siguiente molieresca anécdota inscrita por un capitán en su diarlo del gran sitio de 1779- 1782: Se oyó decir a uno del regimiento 58, que maldito fuera quien, si los españoles entraban en la fortaleza, no se pasase a ellos, sabido lo cual por el gobernador, dijo que el individuo aquél debía estar loco, ordenando que le afeitaran la cabes le aplicaran vejigatorios lo sangraran, lo metieran en un calabozf R Felipe V último Bey español de Qibraltür. Ue nuestra reivindicación, durante el siglo en marcha, puños ingleses que valientemente la sostengan. Pensemos en particular, dejando aparte a quienes, como el novelista Wells, han preconizado la restitución de la plaza por razones de peso político, en los esclarecidos nombres del profesor B. Trend y del publicista Frederlc Harrison. Bs como si los franceses- -les decía el primero a sus connacionales, para hacerles sentir en lo vivo la mortificante amargura nuestra- -dominaran en Dover Harrison, luego de afirmar que la ciudad el puerto y la fortaleza de Gibraltar no sólo son parte integrante y llave vital díe España, sino que, para cuantos vienen del Atlántico, constituyen la señal más conapicua de la humillación española y del británico va hasta proclamar que haber perdido ese trozo de tierra nacionítl