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Fachada principal de la Residencia otomayor construida en Bilbao. L OS últimos setenta y cinco años han sido testigos de los avances más considerables en el orden de la previsión social dé las enfermedades. El Seguro de Enfermedad lo implantó Alemania en 1886 e Inglaterra en 1911. Al terminar la primera guerra mundial, en 1918, se aceleró el proceso de creación de estas instituciones. En España se realizaron muchos intentos, que no llegaron a cuajar en tina obra eficaz. Señalemos los años de 1910, 1919, 1923 7 1932 como los mas representativos en este sentido. El Seguro de Enfermedad nace en nuestra patria impulsado por la renovación social que la Cruzada trajo consigo. Ya en 1941 se crea una Comisión para el estudio y reda cción de un anteproyecto. La ley de 14 de diciembre de 1942 viene a ser la culminación de los trabajos preliminares. Como fecha simbólica de la implantación definitiva del Seguro se cita la del 18 de Julio de 1944, aunque en realidad la prestación parcial de servicios no se iniciase hasta el 1 de septiembre. Hace ya once años que funciona, con carácter obligatorio, el Seguro de Enfermedad, y la balanza se inclina irremisiblemente del lado del haber. Ha crecido constantemente el número de afiliados, y, en mayor proporción, el dé beneficiarios. Se, han multiplicado las instalaciones, en las que se presta una asistencia sanitaria eficaz. Cada año es mayor la cantidad invertida en medicamentos. Está en marcha y funciona a pleno rendimiento la maquinaria del seguro de En- fermedad. Hay, sin embargo, sectores que desconocen o pretenden desconocer su existencia, y otros que le niegan toda trascendencia social. A unos y a otros, a todos los españoles, van dirigidas las contestaciones que el jefe nacional del Seguro Obligatorio de Enfermedad, don Daniel Pérez Sáenz de Miera, ha tenido la gentileza de dar a nuestras preguntas. El señor Pérez Sáenz de Miera nos explica, sin vacilaciones ni titubeos, las ideas fundamentales que presidieron la creación en España de esta obra asistencial, de esta obra de previsión social a la que ya se habían incorporado casi todos los países europeos y muchos de otras partes del mundo. -Cuando la enfermedad atacaba a un trabajador, éste tenía que buscar la curación con los medios a su alcance: los ahorros se esfumaban en su intento de salir de la apurada situación, se comprometía muchas veces la economía futura. En otras ocasiones era preciso recurrir a la asistencia hospitalaria benéfica. Pero siempre, para el trabajador, la dolencia significaba, además del quebranto físico, otro moral y económico más o menos grave. Pensemos en la depresión y amargura que se apoderaban del alma del trabajador cuando la carencia de medios le impedía- obtener rápidamente el remedio curativo adecuado. A las inmediatas repercusiones de la enfermedad hay que agregar la influencia futura en la salud del paciente y los efectos sociales, directos e indirectos. El señor Pérez Sáenz de Miera hace una pausa, que sirve para dar mayor valor a las palabras que siguen. Son muchos los factores que intervienen en esta lucha por la vida y por la salud. Y su alcance se extiende más allá del caso individual, incluso de la suma o adición de casos particulares para entrar de lleno en la órbita de acción de la política social. El problema- -nos dice- -rebasaba el área puramente privada y tenía que llevar, necesariamente, a una preocupación política no sólo médica y preventiva, sino también demográfica, consecuencia lógica de la función social que la medicina está lia-