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-v ALTABAN sólo unas horas para que i José (Enrique Rodó embarcase en el Amazón que habla de trasladarle a Europa, cuando el pueblo de Montevideo acudió a despedirle bajo el balcón del Círculo de la Prensa, desde donde el sereno y hondo pensador uruguayo pronunció, en aquélla ocasión, las últimas palabras que hablan de escucharle sus compatriotas. Aquél día Rodó, que había sido siempre, en su actitud intelectual y en su actitud humana, irreductiblemente desdeñoso hacia todo lo multitudinario, habló a la muchedumbre con un acento de emoción calurosa, casi con un matiz de ternura en la voz. Fue un instante en que la existencia del filósofo, ya en un trance insospechablemente epilogal, se enfrentó con una esperanza inédita, de cuyo halago todavía trataba de defender a su espíritu, refugiándolo en una última suerte de duda y sorpresa. Porque la presencia de aquel gentío enfervorizado que acudía a decirle adiós significaba una especie de adhesión popular al conjunto de doctrinas con que Rodó había ido articulando luminosamente el nuevo credo civil de Hispanoamérica, la norma orientadora dé una forma de vida en la que recobraban vigencia y prestigio valores que habían pasado por una dramática y larga interinidad de descrédito y crisis. Era Ja gozosa evidencia de que la siembra de Ariel no se habla perdido y de que un magisterio ejercido con ejemplar generosidad de consueta y de ideas habla promovido una, intensa remoción en el alma de América. Apartadizo y hermético, de una intimidad solamente accesible a un grupo muy reducido de amigos y discípulos, la enorme influencia social de Rodó se le reveló a él mismo a última, hora, en. contradicción con el resultado de algunas lejanas Intervenciones públicas en que él filósofo no había descubierto un área de comprensión y aprobación tan extensa como merecía. Tal vez está súbita evidencia pudo con solarle, en cierto modo, del espectáculo que le ofreció una Europa enzarzada en una guerra tras de cuya cataclismaJ lumbrarada ya se advertía la amenaza de derrumbe de un orden moral en cuyas fuentes clásicas habla inspirado el autor de los Motivos de Proteo el generoso canon con que aspira) k disciplinar en una superior idealidad creadora -liberándolos de toda excesiva urgencia utilitaria, exhortándolos a destacar el relieve de su originalidad, imitándolos a las más altas empresas de la cultura, estimulándolos a uña Impaciente avidez de toda luz -la existencia, de los: pueblos hispanoamericanos. En España se detuvo Rodó- -1916- -Algún tiempo. Entre las ciudades españolas, su preferencia era para Barcelona, acaso porque él descendía- de catalanes y se sentía orgulloso de esta, vinculación. Petó además, Rodó, que había penetrado profundamente efe el mundo de 1 cultura helénica y estaba familiarizado con el pensainlénito filosófico francés era siempre fiel, en última instancia, a una tradición ideológica de vigorosa raigambre hispana. Í Por eso cualquier español de nuestro tiempo, pueie suscribir una a una todas las páginas del Ariel rodoniano, pues ellas proponen sobre todo a los jóvenes, un orden de vida cuyos principios reguladores fueron estraídos de los ideales que constituyen la. más noble aportación de España al núcleo espiritual de América. Viviendo sus últimos días sobre 1 A Europa en llamas de la primera guerra mundial, José Enrique Rodó pudo evadirse espiritualmente hacia el continente lejano y entrañable, adonde el conflicto apenas llegaba como una remota resonancia. Pero su carne enferma habla de sufrir en tierra europea el último suplicio del mal, y en Ja Cortea d Oro, allí donde suena la honda caracola azul del mar Eolio, tuvo José Enrique Rodó su provisional sepultura. El 3 de abril de 1917 llegó el escritor ai Hotel des Palmes, de Palermo. Por entonces, ya su figura andaba envuelta en el aire anticipado de la muerte. Alto y magro, gravemente abrumado de espaldas, el filósofo uruguayo- vestía siempre el mismo chaquet Heno de brillos, de forros descolgados, pero ocupaba la habitación más lujosa del hotel. No hablaba más que las palabras eitriotamente indispensables, se alimentaba con la sobriedad de un monje y permanecía horas y horas sentado en el hall mirando hacia la calle con ojos desinteresados y como vacíos. Los que le Vieron cuenban que ya entonces no parecía una criatura de este mundo. El sabia, sin duda, que vlvia sus últimas horas y las vivía sin urgencia, revistiendo su quietud y su silencio de un pudoroso patetismo. Pero en la mañana del 28 de abril, no pudiendo ya resistir sus dolores, confesó a una criada que estaba enfermo. Ün médico llamado al hotel orde ó que fuese trasladado al Hospital de San Severio, al que le condujeron a la una de la madrugada, en un dramático recorrido a través de la ciudad, que se José Knriqu Rod en nú mejores año hallaba a oscuras como medida de seguridad a causa de k guerra. Rodó entró en el hospital sin conocimiento y ya no habla de recobrarlo. La princesa Bancina de Palermo, sin saber de quién se trataba, pero atraída por la nobleza que irradiaba su figura, asistió en sus últimos Instantes al sereno filósofo de 1 dulzura aquel que aspiraba a una humanidad que- -son sus propias palabras- -Thuirá del m l y del error como de una disonancia y buscará lo bueno como A el placer de una armonía Murió el 1 de mayo de 1917. Cuando, en toda la, Isla, de Sicilia. Ja primavera triunfaba escandalosamente en una invasión innumerable. Carlos RIVERO José Entiqu Rodó, R 1816.