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-1. i- ABC. DOMINGO 14 DE AGOSTO DE 1955. EDICÍÓN DE LA MAÑANA. PAG. 59 Crítica y glosa LA ENFERMA e tas ALVAP. EZ BLAZQUEZ, JOSÉ MARÍA: LAS ESTATUAS NO HABLAN Ediciones Aldeooa, S. A. Burgos. 211 páginas. 45 pesetas. por Elena Quiroga, Editorial Nosuer Barcelona- 248 págs- Ya conocen ustedes las dos etapas precedentes del autor de Las estatuas no hablan a saber: En el pueblo hay caras nuevas que obtuvo la sanción de finalista, con un solo voto de diferencia de la obra ganadora, en el primer premio Nadal, y Una cabana en el cielo magníficas novelas gvibas y que, si bien se mira, contribuyen a vivificar poderosamente el decaído mundillo novelístico de nuestros días. Lo primero que atrae de Alvares Blázquez es la fiel pintura del ambiente de sus obras. Este, ambiente no está solo en lo exterior y geográfico, sino en lo interior y psicológico. O sea que la población de. sus obras, física y humana, procede directamente de una realidad objetiva que el escritor- -en este caso el pozta- -colorea mágicamente. Porque Alvarea Blázquez no confunde, como se adujo en contra de los seguidores de Faulkner, los pantanos de la existencia con el río de la vida. Al contrario: gusta de navegar por ese río, caudaloso y fascinante, y si, en ocasiones, bucea en lo hondo, lo hace, ciertamente, sin remover sus aguas. De ahí que sus cuadros, los asuntos que refleja posean intimidades auténticas, entre risas y lágrimas, entre ambiciones y fracasos, pero descrito- todo, sin morbosidades ni equívocos, por la linea de un humor sensiblemente poético que emociona y deleita. Las. estatuas no hablan pertenece, por su peripecia y por su estilo, a la más limpia tradición galaica donde, como nadie ignora, el humor, un humor entrañable, confortador- y lírico, arropa las mejores creaciones literarias. Aquí, en esta novela, la tradición vuelve a cumplirse con limpios atributos. Entre. esos atributos descuella, repetimos, la riqueza primorosa, de su humanismo que aflora no sólo por l. a autenticidad de los protagonistas, sino por la calidad natural de sus claros medios expresivos. T O es menor la dificultad técnica vencida por Elena Quiroga en La enferma que aquella otra? señalada en su momento por nosotros, de Algo pasa en la L T calle donde el obstáculo que ia autora oponía, en un alarde de virtuosismo, a I su habilidad constructiva, estribaba en reducir a unidad, bajo la disciplina del tiempo, dos acciones paralelas. Ahora, efl La enferma es mucho más de fondo qué de forma la dificultad a que aludíamos, como que afecta al cimiento mismo del La enferma a que alude el: título de ía reciente novela Je Elena Quiroga es, desde luego, el constante punto de referencia de la narración. Pero trátase de un personaje que no existe sino como una sombra, un recuerdo, un misterio, y es obvio que sin presencia física y consciente no hay protagonista posible. Esa enferma es una mujer paralítica, y enloquecida, que lleva veinte años en la cama, vuelta hacia ía pared, blanca, encalada. No quiere ver nada delante dé sus ojos. Es peor querer dejar de ver que la ceguera dice quien la conoció en sus buenos tiempos. Aqtiel pedazo de pared vacío... Hay un innegable patetismo en esa blancura de un tabique que simbólicamente podría ser la divisoria entre la vida frustrada de una mujer que fue bella y esa dramática vida actual, en absoluta inercia. Hubo un hombre nos dicen también, cuando ya nos acercamos, intrigados, al éentenar de páginas leídas, y el interés prende en nosotros, con fuerza análoga a la que se apodera, de la inteligente y sensible señora, la forastera que llega al pueblo, desde Madrid, y que conduce la novela en primera persona. Hubo un hombre sí, repite la forastera pero añade: Ha tenido que haber algo mas, una raíz dañada más profunda. Y la hubo, también, en efecto, según resulta de la indagatoria a que se entrega la forastera con sagacidad genuinamente femenina, contrastando testimonios y referencias, acaso sin quererlo, y es que en el pueblo donde vive la enferma, mejor dicho, donde yace la muerta en vida, no existe otra preocupación que no sea precisamente la de ese recuerdo y ese misterio: Si alguna vez se nos fuera, el pueblo se sentiría vacío, como las casas cuando falta el niño. La hiña, la hija del pueblo, es la enferma, Liberata, y si mo- aientáneamente reacciona, con un relámpago de lucidez, es cuantíe la acarician y la llaman Paloma o Estrella En hábil juego de luces y de sombras, Elena Quiroga nos hace ver a Liberata, revivida en su total e implacable belleza, y en el espejo retrovisor que viene a ser esta narración hacia atrás, nos impresiona un delicioso idilio infantil. Trátase, en conjunto, de una reconstrucción psicológica con toques de poesía, corriendo esa delicada tarea el riesgo de la lentitud, de una cierta monotonía, que la autora salva por medio del matiz en constante despliegue, de la expresión rápida y sugestiva. Los pescadores no son amigos de palabras. Están habituados a largas horas de silencio... No hablan de mujeres, si no es hablar de mujeres referirse a la mar. de certeros rasgos descriptivos para fijar el ambiente; dé personajes episódicos, a tono con la vida popular y campesina, en viñetas de atrayente colorido. La enferma había sido siempre una mujer sencilla; tanto, que le pesaba su belleza. Hubiera sido feliz con ser insignificante, con que no la mirasen ni se asombraran. Se hubiese cambiado gustosa por una muchacha corriente, insulsa, modesta. Pero su destino era asombrar, conmover, hacerse amar y, sin embargo, no ser comprendida nunca, pasar por la vida, ensayar su muerte, dilatadamente, en lecho de enferma irremediable, de cara al muro blanco y silencioso. La forastera no dejará de pensar nunca en Liberata. Cuando la forastera vuelve a su casa de Madrid, se lleva consigo un recuerdo tenaz. Obsesivamente piensa: Liberata estará en cama; Alida, en la cocina; Lucía en la fuente... Y piensa algo más, frente a su marido, que nf deja de sentirse intrigado por el caso de la enferma del pueblo. Me parecía a ella en lo de dentro. Cuando me tendieron su rostro, me miré en ella. Había algo común entre ella y yo. No puedo explicártelo. Lo había... He ahí una fina, tenue vena de psicologismo, no explotada del todo por la autora. Llegamos a creer qae acaso las reacciones de. la forastera ante la enferma, las más personales e íntimas, necesitaran en algún momento de una mayor atención, como ese último toque, inquietante, del final dé La enferma la novela más difícil de Elena Quiroga. M. FERNANDEZ ALMAGRO de la Seal Academia Española peración y la desesperanza de su padre, el humilde médico don Justo, con su. gran vocación y talento de pintor, que nadie apreció en sus inicios, con su espíritu indómito y tenaz, y, por último, con su genio, que le llevó a hacer los trascendentales descubrimientos que le dieron la merecida gloria. Esta figura, y así lo demuestra tu Ológrafo, es un palmario ejemplo de la fuerza de las individualidades en España. Ramón y Cajal lo hizo todo solo, aislado con su microscopio, en un modestísimo laboratorio que poseía en su casa... Y por, eso Harley Williams le llama, con obrado motivo y certera frase, Don Quijote. TQd %i qfyQ M 4 p Cajal se nos cuenta en interés. N WILLIAMS, HARLEY: DON QUIJOTE DEL MICROSCOPIO Taurus ediciones. Col. Con. 1 tiempo Un tomo 2 Ü 9 páginas. Traducción as Palmira Abelló. No abundan, ciertamente, las biografías de Ramón y Cajal, el gran histólogo español que, con sus descubrimientos, abrió un c- imino al arte de curar. De haber pertenecido a otro país, en el que sus escritores tienen mayor predilección por el género biográfico, muchos serían los libros que evocasen al hombre. Mas esto no quita para que su figura sé proyecte hoy gigantesca, y aún se agigante más cada día que pasa. De todos modos algunas obras hay con el carácter apuntado y una de ellas, reciente, es la del doctor Alvares Sierra. Ahora es un médico extranjero, Harley Williams, quien se ocupa del maestro para trazar su biografía, en un volumen que tü- dlq- T- y el, título nos par ece feliz- Don- Quijote del viicroscopio De Harley Williams sabemos que ha trabajado la medicina en todas sus facetas y que es un escritor distinguido, autor de algunos libros literarios. Así, al enfrentarse con Cajal lo hace con doble conocimiento: el que le ha proporci ado su curiosidad de escritor bien documentado, y él de un profesional que puede juzgar, a fondo, la obra de otro, egregio. Y esto le ha permitido ofrecernos un libro apasio- nánte y exacto, y sumamente objetivo. Con un estilo directo, conciso, nos brinda su interpretación, profundamente humana, de Ramón y Cajal, con. su infancia pobre y turbulenta, que causaba la deses- no s voncto e granel cpmprsn envasas ele i