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A B C, SABAJJQ 6 1 E AG O S T O DE I95 S. EDICIÓN DE XA: MASAN A. PAG. 83 i ABC en África del Sur iVAllER, EL PARLAMENTO Y LOS NEGROS Ciudad del Cato. (Crónica dé nuestro corresponsal. A veces, eri la búsqueda del tema, se tropieza uno con una serie de pequeños sucesos tan ligeros y melancólicos que, fijados en litera- tura, quedan como pinceladas. Y la crónica resulta una postal. Una de esas postales con las que se encuentra uno, a veces, haciéndole recordar lugares aparentemente olvidados, pero que viven en Dios sabe qué memoria secreta y misteriosa. Yo había salido en. ese sutilísimo estado del que tiene ganas de escribir y no sabe so- bre qué hacerlo. Y de pronto, me llegó a los ojos un grupo de gente que miraba trabajar a unos obreros junto a. un muro. Esto, no me hubiera parecido insólito en alguna de nuestras más soleadas ciudades; aquí en Ciudad del Cabo se me reveló como algo importante y digno- de asombro. Porque la gente de estos pagos, la gente blanca, no suele pararse ni ante un incendio. Por eso, en parte por lo extraño de espectáculo, que en el estado de ánimo antes descrito se me antojaba prometedor, y en parte por seguir mis hábitos tradicionales de ciudadano andaluz, fne incorporé al grupo contemplativo. La cosa no era para menos. El muro en que trabajaban los obreros pertenecía- al Parlamento. Y en esos muros, aprovechando las sombras de la noche alguien había escrito en. grandes letras rojas: Dejad entrar aquí a los negros. Bueno, me dije; aquí hay mucha tela que cortar. Porque las letras eran rojas, los que las quitaban eran blancos y el hecho en sí constituía el símbolo de la horda tocando en la puerta de la ciudadela sagrada de la civilización. Eran los altos, herreros que prefieren desaparecer, no teniendo hijos, antes que soporta a los blancos; los zülús que arrastran, cubiertos de cuernos y adornos, los carruajes de los europeos; y los duros omambos; y los miserables bosquimanos; y los amarillentos hotentotes; y los legendarios cafres. Los negros con sus hechiceros de ritos sangrientos y sus reyes que se bañan una vez al año en sangre humana. Los negros de África con sus lanzas y sus cantos de guerra, sus vivos colores y TELEFUNKEN ASPIRADOR Cómodo Rápido Eficaz Ptos 2.495,00 an ES as. O s o 8 a a a o. VISITE Al CONCESIOHARiO DE SU lOCAllOAO OE 1. EGACIONES EN MADRID- BARCELOHá- BitBAG CÓRDOBA LEÓN- VALERIA EGOS DE SOCIEDAD FIESTA DE JUVENTUD Erj el Palacio de la Alta Comisaría, de Tetuán, s celebró anoche una fiesta de juy jtud, con motivo de la presentación en sociedad de María de las Nieves Garcíayaliño, que también celebraba su onomástica. A las once y cuarto, y a los acordes del Himno Nacional, hicieron su entrada los señe- es de García Valiño, en compañía de su bellísima hija María de las Nieves, que vestía elegante modelo de tul blanco. Formando (pareja con su padre, el alto comisario de España en Marruecos, abrió la gentil s xorita el baile. 1 conociendo perfectamente francés y español y taquigrafía en ambos idiomas, precisa importante Sociedad. Escribid con detalles: 7.544. -GISBERT. Arenal, 1. (4: 666) Primero y. ático, paseo, de la Castellana, once habitaciones, cinco cuartos de aseó, mésí erV: ictos, garaje. propio. Teléfono 26 58 61. NATALICIO üa señora de D. Jesús Fernández Maríín, nacida María de los Angeles de Gabriel y Sánchez del Río, ha dado a luz, en Gijón, un niño, primero de sus hijos, quien en la pila bautismal recibirá los nombres í? e sus abuelos, Jesús y Alfonso, A G R I C UL. T. 0 R E S La CASA ALCOBER, Gran Vía Tm- ia, 5, VALENCIA, dice la profundidad, caudal y calidacl del agua subterránea; que exista en todas partes, construyendo los pozos para alumbrarla sin cobrarlos en caso de error, aceptando cualquier apuesta legal y BJE NEfp: A; en Htft W dttaM sus mujeres desnudas, estaban allí, en aquellas letras, acercándose a la Cámara legislativa del Cabo, pretendiendo decidir sobre el destino de las rubias muchachas que se bañan en las transparentes playas de Sea oint y los caballeros del crikett. Sobre los cuadros de Reynolds, los versos de Keats y la arquitectura Holandesa de por aquí; sobre la civilización blanca. Pero nada de esto es completamente verdad... Es eí exceso de literatura que se le escapa al que tiene demasiadas ganas de escribir sin saber de qué. La verdad es mucho más simple y sencilla, y, para. captarla basta con ver el color de las letras: el color rojo. Porque esas letras las han pintado los obreros portuarios o los del transporte, los qué barren oficinas o venden periódicos. No los negros salvajes y pintorescos, sino los que con un leve barniz de civilización se tienen por proletarios. Los que una vez dentro del Filamento, dirían que la patria y sus gentes han vivido durante siglos oprimidos por los pre juicios del colonialismo burgués y que la salvación está en constituir una democracia popular. Algo así como una Indochina en el África negra. Por eso no hay que descartar entre los supuestos autores del letrero a ciertos blan eos que hacen el oficio de animadores comunistas. Cierto es que su número resulta mínimo y que sus posibilidades legales son nulas. Pero para esta clase, de trabajos con dos o tres que se pongan de acuerdo es bastante. Pensando en esto estaba cuando me fijé que en el grupo de curiosos había una silueta que me resultaba vagamente familiar. Era un viejo retocado y elegante, con una buena planta, algo agolfada, ue comenzaba a decaer. Unas mecanóg rafas, desde la ventana de su oficina, también le miraban, entre comentarios. Y un señor, al pasar. Y unos estudiantes. El viejo retocado lo notaba, sin darle demasiada importancia. Echó a andar y entonces le reconocí. Era Maurice Ghevalier. ¡Pero si es un viejo! me dije. Y así era. Un viejo increíblemente joven, pero un viejo al fin. Está actuando en el teatro Alhambra y tiene sesenta y ocho años. Todavía se echa el canotier a un lado y sonríe cantando. Pero ya... Uno ha llegado a verle en ya lejanos tiempos haciendo de tenientilli seductor y de galán morganático que enamoraba nada menos que a Jeanerte Mac Donald, la rubia que resumía las emociones de los que an- dábamos por el Bachillerato. Nada hay más melancólico que esto de los ídolos rotos. Rotos por la mano implacable del tiempo como dirían Zamacois, Felipe Trigo y comparsa. Porque se rompen, más que en ellos mismos, en los ojos de los demás. Esos ojos que miran disimuladamente al esipejo en el entreacto para ver si ya va llegando la hora de hacer eri la vida el papel de maduro marido, padre apacible y venerable abuelo. De actor de carácter, vamos. Aunque a veces la cosa sirve para dar suelta al complejo literario. Para hüvanaV una crónica, que tal vez quede cerno una postal. Una postal en que aparece un Chevalier viejo, mientras los negros andan da moda en París. Claro que en esa postal no sabe uno cómo dibujar el recuerdo de la blonda Jeanette, la de la voz dorada. Qué cosa tan triste hubiera sido encontrarla aquí y tener que relacionar a una sonitirs del corazón adolescente con un Parlamenta y con un grito político! Palabra que no hu- Uñera podido. Me hubiera refugiado en et soneto, como otras veces. -José SALAS Y, GumiOR.