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que admitía los derechos de España y desautorizaba la usurpación. El otro es bien ¡reciente: a través de dos años, en la pasada conflagración, Gran Bretaña hizo reiteradas promesas amistosas a España- -cuya neutralidad le era muy necesaria- como la de considerar, una vez terminada la guerra, sus justas aspiraciones, incluida la de la devolución de Gibraltar... No han faltado promesas; ni rectificaciones a éstas cuando las circunstancias cambiaron de signo Ni faltaron las reacciones de los españoles indignados, Gibraltar ha sido, y es, la espina emponzoñada en las relaciones que deberían unir amistosamente a España e Inglaterra, y sólo cuando este país comprenda la inutilidad de mantener en España una situación que no ha mantenido en Asia, ni en Suez, ni en África del Sur, podrán cambiar de orientación. Gibraltar no vale una guerra. Be trata de una fruta que cualquier día ha de caer madura ha dicho el Jefe del Estado. Y estas palabras serenas, unidas al acopio de razones que abonan la causa española, contrastan con la mal disimulada irritación que el caso Gibraltar produce en ciertos sectores británicos. Pero no hay razón para irritarse; en cambio, si la hay para entenderse, para dialogar con la misma serenidad que España demuestra, de cara a la verdad. José CALVILLO Sallo d Qlbraltar, que te custodia en sí Ayuntamiento de San Roque. bcranos del país. En ningún caso se tabla de cesión territorial. Tras estos datos escuetos, increíble mente rotundos a los ojos de la época que vivimos, ha seguido una triste y jarga historia, que todos conocemos. Dos siglos y medio de constante lucha- -unas veces con las armas y otras por vía diplomática- -para recuperar lo que legítimamente pertenece a. España. Los sitios fuero realizados cuando todavía las armas no podían casi nada contra la fortaleza del Peñón, y fracasaron. Las gestiones de los Reyes y gobernantes- -una lista interminable, por ahora- -no hallaron mejor suerte. Los reinados de Felipe V, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XXXI tuvieron en su política exterior la consigna permanente de la reivindicación de Glbraltar. Ha sido una línea que ningún hecho ha desviado y que empalma cotí nuestros días, en que el panorama mundial hace más intolerable el oprobio para los españoles, sean del matiz que sean. Pensar que mediado el siglo XX España soporta sobre su territorio la única colonia que existe en Europa es algo demasiado fuerte, incluso para Europa en su conjunto. Como ha dicho el conde de Motrico, nuestro actual embajador en Washington, mantener a Glbraltar como colonia extranjera en España es anacronismo parecido al de ponerse a defender ahora la esclavitud o a organizar el tráfico de negros. No han faltado ingleses que se hayan. atrevido a reconocerlo públicamente. Entre otros, el escritor Q. T. Garrat decia; La realidad es que, sin toase legal, Inglaterra ccupa Gibrftltar, por la fuerza, desde 1704. En cuanto al hecho evidente de que la plaza ha perdido su valor militar- -táctico y estratégico- -lo han admitido, también públicamente, buen número de ingleees, entre ellos el ex agregado naval en Madrid, Mr. con lo que no hacia más que secundar la opinión de todos las técnicos militares del mundo. Y serian muchas más las citas de origen británico que podríamos reunir como pruebas, por otra parte innecesarias a estas alturas, de la injusta e ilegal presencia Inglesa en el Sur de la Península. Sin embargo, entro tantos datos elocuentes, interesa exhumar dos especialmente valiosos. Uno es la carta que Jorge X, Rey de Inglaterra, dirigía el 1 de julio de 1721 a nuestro Felipe V, en la Grabado alusivo a la primer batalla naval registrada poco después de la ocupación por los Ingleses, en un intento español para recuperar la plaza. t E! perfil de f roca calpense. I