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vanos, sin que el futuro Almirante pueda dar inicio a. su arriesgado viaje. Pero, al fin... Sn la mañana soleada y atlántica del viernes, 3, de agosto de 1492, tres carabelas- -tres cascaras de nuez de 280, 140 y 100 toneladas- -van a demostrar a un mundo atónito que la Atlántida de Platón, las Antillas de los fenicios y las islas Afortunadas de los poetas no son una quimera hija de fantásticas tradiciones; y que las teorías del alejandrino Ptolomeo, recogidas y sustentadas por los árabes en la Edad Media, confirmadas más tarde, en parte, ¡por los viajes de Marco Polo, iban a reactivar la casi olvidada polémica de las esfericidad de la tierra, al par que la hipótesis de la térra australis el ignoto país allende los mares, necesario según la cosmografía, para el equilibrio de: mares y tierras. ij Media hora antes de salir el sol, zarparían de la bahía de Palos, la Santa María que es la capitana, pues en ella va Colón, que lleva como maestre a Juan de la Cosa, el gran mareante; la Pinta que es la más velera, tiene por capitán al mayor de los Pinzones, y la Niña la de menor porte, la manda el benjamín de los hermanos. El momento es solemne y de honda emoción para los 120 tripulantes que van a correr la peligrosa aventura; Son gente de bronce prácticos marineros que han fisto mil veces la muerte so tere las encrespadas olas, y que se enrolan desprendidamente por el sueldo de cincuenta reales que les asigna la contrata. Leva magnífica de futuros con aquistadores, entre ellos, por rara casualidad, se encuentran hombres de todas las regiones de España, pues junto al atezado andaluz, se halla el enjuto castellano y fornido vasco, y aun hay un inglés y un irlandés; como si el destinó quisiera, enseñarles el camino qué en; pos de 16 españoles habrían de recorrer tantas ve- VM i; Í v Li v 5 5 i? i Cristóbal Cotón. ees, y tampoco falta el inevitable judío, testigo eterno de las grandezas de Dios. Poco a poco, las carabelas se van separando de la costa, mietttras el Almirante, de pie en el castilljo de popa, contempla, cowncvidp, el grupo de familiares y de amigos que en la playa les despiden. Allí está el buen prior de La Rábida, fray Juan; Pérez, qué no ha querido dejai- loS marchar sin darles su bendición. Bien sabe Colón lo que debe al sabio franciscano: su ápoyQ, sus consejos y su influencia también- -había sido con fesoi dé la Reina tsabel- -serian decisivos para que fuese llegado el gran día de la partida. Ya el sol asoma por el horizonte y una ligera brisa comienza a hinchar las caídas velas, mientras los remos son retirados y todo el mundo se abalanza sobre la borda para contemplar, tal vez por última vez, la tierra querida... Todo es quietud y calma, todos se arrodillan, todos rezan mientras un hondo sus piro levanta aquellos pechos varoniles. Cristóbal Colón, erguida la cabeza, con el rostro palidecido, siente sobre su frente el üuave céfiro de aquel amanecer... que Dios quiso que fuese tan hernioso para España y sus hijos. R t? Dibujos de Vázquez- Díaz.