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iego perfecto de su tráfico y el rttmo sofisticado, un poco lírico, de su vida. Ni los barcos que llegan todo el día de todas partes a la bahía; ni los millones de turistas que pasan por aquí todos los años, ni la niebla que a veces envuelve el puente de la Oolden Oate en su cendal malva, ni los 20.000 habitantes de su barrio chino; ni- hora- -este maremág- La M telón de los Dolor fundada en 177 Sun V t- n tiene un monumento n San Praoolrto, Todas estas avalanchas exteriores, Que sacudirían otra ciudad que no fuese éstav vienen y se van sin Que la ciudad pierda un miligramo de su personalidad ni de su permanencia. Sus rododendros rojos, la sonrisa de su amabilidad y el frío de sus noches de niebla, seguirán siendo los misinos y los sanf ranciscanos se sentirán muy orgullosos de su ciudad y se negarán a entender la prisa desalada de Nueva York, el calor horendo de los veranos de Chica 80 y el tartarinismo de su vecina Los Angeles. 1 pasado cuenta en la vida de San Francisco, pero no excesivamente. Le tiene como tina flor sentimental, seca y dul- Cl tráfico, admirablemente resuelto n el elnturon de la roo eluden. aura de extranjero n nos hemos reunido aquí para la conmemoración de tes Naciones Unidas, consiguen desequilibrar San Francisco. La ciudad nos atiende a todos, sonriente y cortés, nos abre sus puertas y sus casas, pero no se inmuta. Continúa su vida como si no pasara nada. ce entre las páginas del libro de su vida. Tampoco tiene preferencias demasiado acusadas por lo que fue. Dolores, la Mieión, una capilla blanca y evocadora de los franciscanos españoles, es un joyel precioso del pasado y se la conserva como un tesoro, pero sin olvidarse qué unos días después de su bendición, un grupo de revolucionarles firmaba en Flladelfia la Declaración más importante de la vida americana. Y en el cruce de Market y Kearny Street, San Francisco tiene la Fuente de Lotta, dedicada a Lotta Cra tree, una bailarina morena y sensual, que encantaba a los mineros de los Saloons con sus danzas y sus formas. Y los tranvías, que son pasado también y que la ciudad defiende con los dientes, contra todas las normas del funcionalismo urbano. Son unos tranvías funiculares, vetustos, pequeños y alegres como un tren de parqué de atracciones, que bajan dando saltos y campanlllazos por las pendientes abismales- -ángulos de 40 grados o más- -de las calles altas de San Francisco y dan la vuelta, abajo, sobre una plataforma, y vuelven a subir y a bajar, con las pocas personas que ca aen en el interior y los estribos llenos de gen te colgada, leyendo el periódico. No es que haya necesidad de ello, que falte transporte. Sobra tranapefie. Pero los canfranciscanos llegan más satisfechos a casa, por lo visto, si han venido agarrados en el estribo del funicular, charlando del tiempo con el conductor, Todos los signos y todos los símbolos del mundo pueden encontrarse en San Francisco sin que pase nada. En una misma noche podéis hundiros en su Barrio Chino, como si os encontrarais en la plaza Baffles, de Singapoore o en las callejas de detrás del Bund del Shanghai de anteguerra. Podéis ver un monumento al doctor Sun Ya- Sen, comprar cuatro perlódicos diarios escritos en chino, asistir, a una función religiosa budista, c o m e r una bouillabaisse como en una taberna del puerto de Marsella, oír un concierto de Beethoven por la Filarmónica- -una de las mejores de América- dirigida por el español Jordá, pasar frío en verano y poneros una camelia en el ojal, aunque sea en enero... Un joven, Rudyard Kipling, pasó una vez por San Francisco y le molestaron las preguntas estúpidas de los reporteros y la mala educación del encargado del hotel, que se limpiaba los dientes con un palillo. 1 resultado fue esta frase: San Francisco es una ciudad loca habitada por gentes perfectamente dementes y cuyas mujeres son de una notable belleza. Esto seria, acaso, en tiempos de Kipling y de las minas. Hoy, San Francisco me parece la ciudad más hecha, encantadora y cosmopolita de Estados Unidos. José María M A 8 SXE