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-El cuidado será mío- -repuso irritado el hijo- que me sobra vergüenza para no presentarme donde a mí y a mi mujer, sin motivo ni razón, se nos infama y envilece. ¿Sin razón dices? -exclamó el padre con violenta explosión de coraje- ¿sin razón dices, tú, que te has casado contra la voluntad de tu padre, tunante? -Señor- -repuso, pálido el rostro, encendidos los ojos, Matías- tenga su merced en cuenta que sí soy hijo, soy también hombre, y hombre cuya honra no ha de dejar mancillar ni aun a su padre. ¡Hcñra! pues, ¿acaso la tienes? -repuso con recalcada expresión de desprecio el padre. ¡Ssñor! -gritó Matías exasperado- cuenta con lo que hablas, qus sanan cuchilladas, pero no malas palabras. -Envilecido, sinvergüenza, ¿acaso no sabes que el que a los suyos trae la lepra los enferma y no sana, y te has casado a sabiendas con una mujer que, lo propio que su padre, ha perdido la honra? Al oír estas últimas palabras, Matías, lívido de furor, fuera de sí, se abalanzó al anciano, y su crispada mano cayó sofrre el rostro de su padre, que se bamboleó al empuje que recibió, y cayendo sobre la silla en que había estado sentado, exclamó con voz ahogada y estridente: ¡Maldito, maldito! Has puesto la mano en el rostro de tu padre; permita Dios que no vuelvas a ver más dónde la pones. Al llegar Matías a su casa dijo a su mujer que sentía un vehemente dolor en el ojo izquierdo, dolor que se le fue aumentando al par qus su angustia al sentir igual dolor en el ojo derecho. Cuando llegó el médico que fueron a requerir, Matías estaba ciego. Habían pasado ya años cuando tuvo que ir a Castro del Rio un pariente de las señoras en cuya casa había servido Rafaela, y éstas, llenas de bondadoso interés, le encargaron que viese a su antigua criada y les trajese noticias de ella. Llegado que hubo, preguntó al dueño del mesón por ella y por su casa. -Y muy buena y propia que la tienen aquí a la vuelta- -contestó el interrogado- Esas gentes están muy bien arropaditas A la mujer se le murió un hermano que tenía aguas allá que desde soldado había ascendido a oficial, y que le dejó sus ahorros, con los que compraron unas hazas de tierra y la casa en que viven descansadnos, sin deber nada a nadie sino su alma a Dios. Tan a bien están, que se han llevado a su padre de él consigo. ¿Cómo há sido eso? -preguntó el forastero- Mis primas creían que estaban reñidos por haberse casado Matías contra la voluntad de su padre. -Así fue por muchos años; pero el tío Frisco enfermó, se puso paralítico, y aunque era más bravio y amargo que la re tama, y malo de esta que corre -añadió, señalando una de las venas de su brazo- que quien dice la verdad ni peca ni miente, la enfermedad y el desamparo lo amansaron, y ya es un sol puesto. El cura habló a Rafaela, que es la paz de Dios ésta habló a su marido, y fueron ambos a ver al padre y se lo trajeron a su casa, en la que cuidan y miman a cual más. El caballero siguió la dirección que le habían dado y entró en una casa que, aunque pobre, tenía buenas proporciones, y en la que reinaba gran aseo y orden. Rafaela, que le reconoció por haberle visto en casa de sus señoras, salió alegre y obsequiosa a su encuentro y lo introdujo en la habitación común. Allí vio sentado con semblante sereno y apacible a un hombre como de cuarenta años, al que Rafaela dijo llena de júbilo: -Matías, aquí está el primo de mis amas, que le han encargado de verme y llevarle noticias de mí. ¡Mira qué bondad tan buena! El interpelado volvió sú ssreno rostro hacia la puerta, dando cortésmente la bienvenida al recién entrado, el que entonces pudo notar que el marido de Rafaela estaba ciego, lo que le llevó a hacer un gesto de sorpresa. Rafaela, que lo notó, le dijo: -Sí, señor, ¡mi pobre Matías ha perdido la vista! No se le conoce mucho por tener sus ojos sanos y abiertos; pero, ¡ay, señcr! son dos pesetas falsas. En este momento entró en el aposento, sostenido por una linda niña de diez años, un agobiado anciano, cuyos movimientos entrababa la parálisis. Al oír sus pasos, el ciego se puso en pie. y Rafaela se apresuró a arrimar un tosco, pero cómodo sillón de anea, en el que, ayudada por la niña, hizo sentar al anciano. -Pero- -preguntó a Matías el forastero- ¿no ha consultado usted para su curación a algún hábil facultativo? -En muchas ocasiones, señor, para obedecer a mi padre y dar gusto a Rafaela- -contestó el interrogado- pero todos los médicos de consumo han dicho que mi ceguera no tiene remedio, y yo me he alegrado. ¡Alegrado! -exclamó el forastero. -Si, señor; porque mi ceguera es el dedo de Dios, es un castigo, y asina mientras sufro y expío mi culpa, más se aligera el pesar y arrepentimiento que me inspira, y se aumenta en mi alma la esperanza del perdón que pido. -Y yo- -añadió el anciano, en el que la enfermedad y los años habían amansado su genio indómito- llevo, si no con placer, con resignación, mis crueles padeceres, que son también un castigo, pues no es el que cometa la culpa el solo culpable, que lo es también el que a la culpa provoca. Ambos, señor, fuimos culpables, a ambos nos ha castigado visiblemente Dios; ambos sufrimos resignados su justicia; y ambos, arrepentidos, esperamos de su misericordia el perdón que le pedimos. F. C. (Ilustraciones de Esplandiú.