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ella hace malamente en someterse de aquesta manera a Matías, que es tan espino majoleto como su padre; a mí no me atan tan corto, que corto la soga. ¡Y qué quieres, si ella es un pan de rosas y cada uno vive con su genio! -repuso la otra- A Matías le quise aconsejar por su bien de ambos; pero él se retrepó y me dijo volviéndome las espaldas: El que no tiene calentura no necesita médico. Expuestos quedan en el referido diálogo los antecedentes de la muchacha que pocos años después se hallaba sirviendo, querida y atendida de sus señoras, en una ue las principales c a s a s de Córdoba. Os c u a n d o en cuando la venía a ver su protectora, la mujer del guarda de campo de sus señoras, y siempre acompañada de Matías, que seguía queriendo a Rafaela como quiere el campesino, cuyo primer amor se entreteje en su existencia de manera de no poderse separar el amor y la existencia. Es este amor como un árbol arraigado en el terreno que le es propio; bien podrá ei tiempo ajarle sus f l o r e s ¿qué amor carece de flores? pero no puede ser trasplantado; su tronco es inamovible, sus raíces indesprend i b l e s Este es el amcr que la Iglesia consagra y bendice. El tío Prisco, cuyo genio malo y despótico le hacían contrario a toda volutvtad ajena, a tofia cosa que fto íuese dispuesta por él, había rabiado por h a b e r salido soldado su sobrino; había rabiado por haberse Ido a Córdoba su sobrina, que le era muy útil en su casa, y más que por todo rabiaba per los amores de su h i j o con ésta, de los que se había enterado. Teniendo M a t í a s un genio tan violento como el de su padre, nada le había dicho éste a su hijo sobre el particular, aguardando la o c a s i ó n propicia para hacerlo de un modo solemne y terminante. ¡La mujer del guarda, patrocinadora de esos amores, decía en su enérgico lenguaje a su vecina: -Ambos, padre e hijo, callan porque saben que dan duro con duro, y saben que ninguno ha de cejar, y procuran no encontrarse en la vereda. De esta suerte pasó tiempo; entonces, por medio del cura, pidió Matías a su padre la licencia para casarse, licencia que le fue negada de la manera más terminante, y si no lo fue con ira e insulto, fue debido al respeto que inspiraba la persona intermedia. Viendo la obstinación de su padre, y conociendo que éste sería inmutable, se decidió Matías a dejar pasar algún tiem- po, y entonces acogerse a las leyes eclesiásticas y civiles, las que, para evitar mayores males, pasado el plazo señalado por la ley, conceden al hijo que es mayor de edad el tomar estado sin este requisito, cuándo razón de valia no se oponga. Rafaela, que no había sentido ni inspirado más amores que el de su hermano- -que había marchado con su regimiento a La Habana- y el de su primo Matías, quería a éste con ternura, y con ésta y la suavidad de su carácter sabía templar los violentos arranques de su genio, por lo cual la mujer del guarda solía decirle: -Matías, si no fuese por Rafaela, que las cuatro partes del mundo. La caldera para colar la ropa y las planchas para alisarla, esos indispensables auxiliares del aseo; algunas tazas, platos, ollas y cazuelas estaban colocados con grande orden en primer término delante de una cama, cen su buen colchón, sábanas y vistosa colcha, que era el costoso regalo de novia de su buena señora. Sus señoritas habían ofrecido a Rafaela regalarle el vestido de novia de lanita, lo que la había alborozado; pero no así la condición que para, dárselo habían puesto, y era que al recibirlo había de decir: ¡Viva el duque, mi señor! A esto se resistía, horripilada. Un día que las señoritas volvían de haber ido a las tiendas enseñaron a Rafaela una gran cantidad de muestras de lindas telas, para que escogiese la que más le agradase. Terrible fue para la pobre muchacha, a la que tanta falta hacía aquel vestido; pero no sucumbió a la tentación, y siguió negándose, no diremos obs 11 n a d amenté, sino digna y valerosamente, pues recordaba; el baldón y desgracia que sufrió en parecidas circunstancias su pobre padre. Entonces, la señora, compadecida, dijo a sus hijas: -No insistáis, que la hacéis sufrir inútilmente c o n tentaos con que diga: ¡Vi va don Alonso Aguilar! Los lectores recordarán que don Alonso Fernández de Córdova, señor de Aguilar, que lo compró al Rey Alfonso 253, fue el primer dueño y señor de Castro. A decir esto no tuvo (Rafaela reparo, ignorando los antecedentes, y prorrumpió en un sincero ¡Viva don Alonso de Aguilar! por lo cual se encontró feliz poseedora de su vestido de novia. Kase dicho que las paredes tienen oídos, y se debía a ñ a d i r que tienen bocas para repetir lo que oyen. Aunque en la anterior descrita escena no había presentes sino Rafaela y las señoras de la casa, las paredes, a pesar de su aparente formalidad, hubieron de repetir lo ocurrido, con la malicia de aplicar él viva de Rafaela al duque su señor. Sabido es que nada corre más que una mala noticia, a no ser una calumnia, y bajo estas dos agilidades llegó tan luego a Castro del Rio la voz de que Rafaela, por tal que la regalasen un vestido, había gritado el ominoso viva. Pocos días después vino a verla la mujer del guarda, acompañada, como siempre, de Matías; pero la cara de éste, que tenía siempre, según la expresión, popular, fuño en esta ocasión estaba tan adus. ta y sombría, que la pobre Rafaela, pasando en un instante de la m s franca es tu buen ángel, tan bravio y fieras eres tú como tu padre. Rafaela, entre tanto, había ido empleando su salario en reunir su ajuar con la satisfacción que se siente n poseer y disfrutar los bienes adquiridos con el propio honrado trabajo; pero antes que en lo agradable había pensado Rafaela en lo útil. No se había comprado vestidos ni pañolones de espumilla, sino que había convertido sus salarios en el ruidoso almirez, amado ruiseñor de nuestras maritornes culinarias, el que competía en brillo con el velón; éste, con sus cuatro piqueras que miraban a los cuatro puntos cardinales, parecía, en amor y compaña de los periódicos, esparcir sus luces sobre