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DIARIO ILUS- T R A D O D E INFO RMA C IO N G E N ERA L menta y empuja la ligereza y pedantería de las gentes. Una revisión de tópicos al uso aliviaría el ánimo del discreto, aunque se viera en precario la sabiduría del necio. Y uno de esos tópicos, que todos los días ma tizan las conversaciones de los que pretenden pasar por originales, es la llamada envidia española. Bastará un instante de reposo sobre tamaña afirmación, para colocar las cosas en su sitio, limpiando el alma de manchas que nosotros mismos nos lanzamos sin 1 menor pu ¡dor. ¡Las veces qut los autointeligentes repiten aquello de: en España el vicio nacional es la envidia Un breve paseíto por la historia, o por más allá de la frontera, y todo quedará en agua de borrajas, porque las pasiones lo son en todos los terrenos donde la carne mortal actúa y vive. Cambiarán ciertas modalidades y hasta las apariencias, haciendo más o menos cómoda o tolerable la pasión misma, pero ésta, hija de la imperfección humana, es idéntica al través del tiempo y del espacio. Bien conocia el pueblo griego que la raíz que movía a sus dioses era la envidia, sobre todo en sus relaciones con los hombres. El mito de Prometeo encierra la devastadora y vengativa de Zeus. Herodoto, en el diálogo entre Jeíges y Aquémenes, nos dice cómo ella movía a los ciudadanos de la Polis. No fue en España donde se recogió la primera manifestación que de la envidia conocemos: Abel y Caín. Todo esto, pues, nos advierte que cuando una pasión da origen al mito simboliza una actitud preferente del alma humana. Si arrancáramos de la literatura la envidia, desaparecerían gran parte de las letras universales. Hay una envidia normal, que constituye un componente anímico y que, como toda emoción, posee su sentido utilitario, es decir: que mueve a codiciar bienes que pertenecen a otros. Y en este concepto es útil en cuanto es fuerza motriz que nos empuja a realizaciones positivas. Si lo que ambicionamos se encuentra más allá de nuestras posibilidades, la pasión se tiñe de rencor, odio y resentimiento hacia quienes poseen los caudales apetecidos. La envidia es entonces negativa y pierde todo aquel sentido provechoso. Aferrados por la garra estranguladora de los conflictos- -aunque no se reconozca- nos sentimos inclinados a mirar con envidiosa admiración a los que llevan una vida sin turbulencias. Pero 1 experimentar conflictos conscientemente, aun siendo muy penoso, es una propiedad invaluable. L CS e r r o r e s como bola de nieve, los au- FUNDADO EN 1905 POR DONf TORCUATO LUCA DE TENA ABC D I A R I O IL UST R A D O DE INF 0 i R M A CI O N G E N ERA L 2? LA LLAMADA ENVIDIA ESPAÑOLA es indudable que el maravilloso escritor árabe reflejaba l a s amarguras de su faCuanto más nos enfrentemos con nues- tigada vida tan llena de disputas petros problemas, mayor libertad y fuerza ligros, traiciones y banderías políticas. interior adquirimos. Sólo cuando estaLa lucha con el árido y cerrado pensamos dispuestos a soportar los embates miento religioso de su tiempo le proporde la adversidad, nos aproximamos al cionó decepciones que agriaron su caideal de ser capitán de nuestra nave. rácter, ya de por sí dado a la soledad. Una tranquilidad espúrea, nacida de la Palabras como las que hemos copiado pereza interior, es todo menos envidiahan surgido de los generosos en trance de ble. Está condenada a debilitarnos y haser vencidos por los rapaces; de los incernos presa de cualquier clase de in- teligentes ante el triunfo de los ignoranfluencias. El deseo de dominar, de gates y de los buenos al aceptar el desvio nar prestigio, de adquirir riquezas, no de los inmorales... constituye en su esencia una tendencia En España hay, quizá, una envidia de patológica. El ansia neurótica de pode- taifas; aldeana de español a español. Un río, en cambio, es hija de la angustia, sentimiento que mueve a las más viodel odio o del sentimiento de inferiori- lentas acciones, pero que se desvanece dad, porque la envidia, en último tér- cuando el envidiado traspasa cierto ummino, es la falta de fe en sí mismo. Si bral que en consenso público estima el deseo normal de poderío nace de la como inabordable. Entonces, como ninfuerza, el neurótico nace de la debili- gún pueblo, le empuja y le hace motivo dad, uniéndose a una profunda hostilide los mayores homenajes de respeto y dad cuya tendencia es depojar a los popularidad. El que ha podido levantar demás, sin pensar en las ventajas que se sobre aquel umbral se ve agobiado ello podía oroporcionar al que lo realide solicitudes y encargos que nada tieza. El perjuicio que ocasione es para el nen que ver con lt especialidad que culenvidioso más interesante que el provetiva y a la que debe su ¿xito. El español cho a recoger. La competencia constitroca así su pasada envidia en romance tuye hoy el problema universal de nuesy levanta al que antes combatió como tra cultura y no puede, por tanto, sorexponente de la Patria y se goza y parprender que sea núcleo de enfermizos ticipa en su triunfo. conflictos. Hay otra envidia que llamaríamos inEl anhelo neurótico de competencia ternacional, de la que carece en absoluto discrepa del normal en que el primero hila Península. España, como nación despervaloriza al sujeto: Yo sólo debo conoce los celos y la mala inten ón, triunfar, dice. Por lo tanto, el aspecto que son la antigua divisa de otros paites destructivo sobrepasa en intensidad al de Europa. El vicio histórico en ciertos constructivo. Pues bien: ¿hay en Espapueblos ha sido, y es, mantener su presña verdadera envidia tal y como acabatigio a costa de disminuir el ajeno. El mos de enjuiciarla? Es verdad que en comentario peyorativo sobre el defecto pleno siglo XI Ibn Hazam, en su Ridel vecino, con absoluto olvido de la sala apologética decía: Esto es parjusticia en el elogio, es proverbial hasta ticularmente verdad en España. Sus haen materia confesional de los que se subitantes tienen envidia al sabio... reponen fuertes y ponderados. bajan sus aciertos y se ensañan, en camEl halago al forastero, el aplauso a bio, con sus caldas y tropiezos, sobre sus modos de vida, en detrimento y crítodo- mientras vive, y con doble animositica muchas veces de lo peculiar, es ya dad que en cualquier otro país Pero un defecto en el español. La capacidad de olvido para las grandes injusticias que nación alguna haya podido recibir hace de España un pueblo generoso y. humano. La savia siempre renovada de sus viejas raíces le permite sonreír a la desgracia. Al igual que en el hombre, pues, los Estados mantienen una envidia enfermiza con idénticos caracteres de hostilidad, hipervaloración injustificada y sentido destructor en sus relaciones internacionales, y estimo yo que jamás la Patria a la que pertenecemos tupo de semejanteachaque. Anuncíese en todo el mundo por medio de la Edición Semanal Aérea de AI 0 Dr. C. BLANCO- SOLER