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EL NOVILLO DEL ALBA Í STA denominación de tan poético i estilo, que podría llamarse retazo j da romance, es costumbre y usanza de tierras campesinas de lenguaje florido y de muy antigua historia. Ahora, cuando la primavera tiene ya esa quemazón en los trigales y las arboledas perfumes cuajados, se despierta la hora de la alegría y de las ñestas. En Castilla la Vieja es junio un mes muy propicio para tales ocupaciones; en este mes la estabilidad del clima es mayor y la seguridad de recreo y jolgorio más acusada. Pueblos y lugares tienen por estas fechas diversiones y espectáculos varios, pero a todos ellos aventaja este singular y atractivo del Novillo del alba Antiguos Reyes, para animar la vital y necesaria función de Ferias y mercados, permitieron por estos días a los Concejos que hacia el alba se corrieran toros para alegrar así los ánimos. Los Concejos habían pedido esta gracia para conseguir mRyor afluencia de gentes y prosperar con ello ventas y ganancias. Y así el espectáculo tomó un atractivo casi ritual, porque hubo cédulas y disposiciones que, amás de dar nombradla al festejo, le señalaron un cierto reglamento y ceremonia; por ejemplo, ios prados en los que había de residir la vacada, el camino que ésta tenía que llevar hasta los pueblos y las maneras y suertes que se permitirían durante la lidia. Algunos mozos, temprano, van a por lo toros con algarabía y ostentación; con piedras, voces e instrumentos de la más diversa índole, encaminan a los atados hacia la plaza. Por vegas y valles cercanos al pueblo espera la otra mocedad, y en las- calles, entre bullanga y otros porjnenoi es, como consumición de chocolate, picátostes y churros, aguardan las gentes. X, a copa de aguardiente también tiene lus: ar, y toro del aguardiente se le denomina al festejo, precisamente por esa coincidencia entre la bebida fuerte y ardorosa y el ardor y denuedo de la bestia ante el reto moceril. Polvareda, rumor de cencerros y el ganado, después de no sé cuantas alarmas, se presenta de improviso en las callejuelas. Gritan con hipersenstble delgadez las mujeres, la bravuconería de los jóvenes pone aventura y esté es- perando el trance. Luego, ya en la plaza, comienza la hora de la verdad, porque ante ese novillo mil veces avispado y peligroso deber presentarle cara a cara los valientes, lo que están comprometidos por su palabra y fama a hacer algo que les demuestre como tales. Allí, ante todo el pueblo congregado, distribuido en balcones, carros y tablados, con la airosa silueta de torres como fondo, bajo el cielo encantador de la primera mañana, abre el novillo de prueba o también novillo del alba como sol ardoroso y nuevo, la gran fiesta. Su arremetida veloz y potente pone desconcierto; luego, pasados los momentos difíciles, se puebla el ruedo y se le acorrala, hasta que otra vez empuña el cetro la fiera haciéndose con el caprichoso anillo que dibujaron tablas y carros. Y ahora viene el peligro, porque los demasiado envalentonados en su confianza reciben la avalancha sin quedarles el remedio de la huida y la fulminante cornada pone estremecimiento en los hasta ahora casi aburridos espectadores. La manera como después se conduce al herido a una improvisada enfermería con 1 concurso de los espontáneos, patente y al aire la parte herida del cuerpo, pone en vilo respiración y pensamientos: tras una pausa, todo sigue, desvaneciéndose como una sombra el triste suceso de antes. Se ha abandonado el equilibrio, cadencia y ritmo del f. rt taurino, la exquisita depuración del protocolo tradicional, y, por el contrario, se ha buscado con ahinco el dramático forcejeo por merecer nombradía y fama y ha quedado claramente dibujada la actividad ética en la que el hombre se busca a si mismo a través de la tremenda prueba del juicio ajeno. Y, por otra parte, qué lejos todo esto de aquella usanza sacra como era entre los romanos la inmolación de los novillos en agradecimiento a la tierra por tantas cosechas y mercedes agrarias. El alba, en tanto, ha despertado toda entera, y la naturaleza está ya caldeada, y el novillo del alba cumplido su cometido, vuelve por calles estrechas hacia los anteriores prados y pastos. Y un pueblo queda atrás; luego vendrán otros, pero el Novillo del alba significará para las gentes de esta parte de Castilla la hora de la fiesta de primavera, la hora desocupada y mañanera, donde después del insomnio de una noche de baile, se esper que, tras rayar el día, vengan la horas incandescentes y totales en las que se olviden las de rutina, melancolía y cansancio tenidas en el año. José CÓRDOBA TRUJILLANO (Fotos Ortia y Prieto.