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DIARIO ILUST R A D O D E INFO R MAC ION G E N E RA L FUNDADO EN 1905 POR DON ABC do, a prueba de choques y sacudidas, insensible a los cambios de temperatura, a las acciones magnéticas y, en una palabra, insensible a todos los agentes físicos que puedan influir en la rotación del volante, parece que se habrá conseguido el cronómetro irreprochable. Esto sería cierto si valiesen las leyes de la Mecánica clásica, pues estaríamos seguros de que la masa del volante, cualesquiera que fuesen sus vicisitudes, permanecería inalterada. Pero cuando Einstein comenzó a elaborar su teoría relativista de la gravitación, sabía ya que la energía de cualquier clase posee inercia, y como el reloj no puede salir de la tierra si no se le comunica la energía necesaria para vencer la fuerza de la gravedad, la inercia de su volante tiene que aumentar, lp que será causa de que el reloj retrase. No sirven, pues, los aparatos de relojería que tengan masas móviles, y como no hay material ninguno que carezca de masa, los relojes de Einstein han de estar hechos de nada; no son relojes mecánicos ni eléctricos, y podemos llamarles relojes metafísicos. Con relojes ideales, y con metros de índole parecida, existentes tan sólo en la mente de Einstein, opera la teoría de la relatividad, y c o m o todo ha de ocurrir en el dominio de las ideas, nada impide imponer a tales patrones de medida los requisitos que se consideren oportunos con tal de que con ello no se llegue a ningún absurdo. El requisito impuesto por Einstein, y que él trata de justificar a priori con razonamientos que forman parte de la que pudiera llamarse lógica einsteniana, es el siguiente las medidas efectuadas con tales metros y relojes (irreales) en fenómenos físicos reales han de ser tales, que resulte satisfecho el postulado de covarancia general de las ecuaciones con que se formulan las leyes naturales. El lector versado sabrá lo que esto quiere decir, y el no iniciado me perdonará el que no intente aclarar el sentido de esta cabalística proposición. Ahora todo se desenvuelve ya en el terreno de la lógica matemática. Son páginas y más páginas de cálculos, que hacen las delicias de los buenos matemáticos. Se manejan entes abstractos llama- DIARIO TORCUATO LUCA DE TENA T RA DO D E I N FO RM AC I O N G E N ER A L UENiOS miles de dólares valió en pública subasta el manuscrito autógrafo del artículo con que Einstein dio a conocer, el año 1905, la primera versión de su teoría de la relatividad. ¡Y esa que se trataba de una copia, pues el original, después de impreso, había ido a parar al cesto de los papeles. El comprador del manuscrito hizo donación a la Biblioteca Nacional de Washington, y es de prever que se convierta en la primera pieza de un museo einsteniano. Y también cabe en lo posible el que, a estas horas, algún curioso millonario ande tras de los metros y relojes de que se valió Einstein para elaborar su célebre teoría. Lo malo es que Einstein, físico teórico, hacía sus medidas en el prodigioso laboratorio que tenía en su cerebro, por lo que la busca de sus aparatos de medida es empresa parecida a la de escudriñar rincones con la esperanza de dar con la lanza de Don Quijote para enriquecer con ella el Museo Cervantino. Pero si es empresa descabellada el indagar el paradero de la mítica lanza de nuestro sin par caballero, podemos estar seguros de que no fue ni chuzo, ni garrocha, ni alabarda, y, del mismo modo, no es desatinado discurrir acerca de cómo debían ser los patrones de medida que Einstein tenía en su cabeza. No hace falta decir que no he leído los cuatro millares largos de memorias y, tratados que se han escrito sobre cuestiones relativistas, pero en lo que ha caído en mis manos no he visto la menor alusión a. este importante extremo, cosa lamentable, porque ello nos hubiera ayudado a penetrar en los misterios de la teoría de la relatividad. B LOS RELOJES DE EINSTEIN dos tensores, y se alivia el lenguaje recurriendo a un espacio, también, abstrae to, de cinco dimensiones (cuatro para el espacio y una para el tiempo) y coii, todo esto se llega a consecuencias peregrinas. En lo que atañe; a los relojes, ocurre que, a pesar de que están desprovistos de todo lo que pueda ser afectado por los agentes físicos, son sensibles a algo que no impresiona nuestros sentidos ni es apreciable connihgún aparato; su marcha es influida pOrlo que en Física teórica se llama potencial gra- -vitatoriq. Se requiere un cálculo complicado, una integración, para averiguar cómo varía el tal potencial cuándo se pasa, por ejemplo, de un. punto dé la superficie terrestre a otro lugar del Universo. Pues bien; los relojes de Einstein hacen automáticamente este cálculo, y cuando llegan a su punto de destino y quedan en reposo (para lo cual hay que quitarles energía) acomodan su marcha a las nuevas circunstancias, de tal modo, que si se encuentran cerca de una estrella donde haya una gran concentración de masa, marchan mas despació a que los relojes que quedaron en la Tierra. Y, como este andar más despacio no se refiere a ningún fenómeno físico particular, pues estamos hablando de relojes metafísicos, resulta que el tiempo mismo, -el tiempo como idea abstracta, transcurre más lentamente cerca de la gran estrella que en nuestro minúsculo planeta. Todo es allí más sosegado, porque es menor el potencial gravitatorio. Con muy b u e n acuerdo, prescinde Einstein de la definición del tiempo y del espacio. Se atiene tácitamente a los conceptos claros y precisos que tienen su expresión en todos los idiomas, y que son anteriores a la Física y a la Geometría. De lo que se trata es de medir distancias y duraciones, y Einstein se limita a decir que utilizará metros rígidos y relojes sincronizarles. Esto es todo. Cuando se teoriza en Física, se piensa siempre en instrumentos estilizados, reducidos a sus órganos esenciales. Según esto, podría pensarse que los relojes de Einstein fuesen como las primitivas clepsidras o, todo lo más, como esos deliciosos relojes de cuco que Suiza, cuna de la relatividad, ha repartido por todo el mundo. Pero si se tiene presente el propósito perseguido por la teoría de la relatividad, se echa de ver inmediatamente que no sirven ni las clepsidras ni los péndulos. Se trata, en efecto, de averiguar lo que sucede a un reloj cuando se navega con él por los espacios interestelares en un vehículo que puede alcanzar velocidades vertiginosas. No podemos, pues, contar con la fuerza de la gravedad, pues sin ella no funcionan ni las clepsidras ni los relojes de péndulo. Incidehtalmente, y en una sola ocasión, al exponer la teoría restringida, habla Einstein de un reloj de volante. Con este indicio, si se impone, además, la cóndidÁ d taiM cea un i e hien eauilibra- De los tres hechos que se aducen en comprobación de la teoría general de la relatividad, uno tan sólo está relacionado con el tiempo, y ello es de modo indirecto, pues para ponerlo de manifiesto no se emplean relojes de ningún género. Consiste en un minúsculo aumento de la longitud de onda de la luz emitida por los átomos que se hallan en estrellas muy. densas. Además, este fenómeno se explica perfectamente dejando en paz al tiempo y recurriendo a lo que, ya se sabe acerca del proceso de emisión de la luz. Hay que reconocer, pues, que no está demostrado hasta la evidencia el que; la marcha inexorable del tiempo sea influida por el potencial gravitatorio, pero tampoco es absurdo lo contrario. Si Ulises, en su nueva odisea, arribase a cierta estrella y encontrase a la ninfa Calipso, los siete años contados en unidades terrestres habían de parecerle fugai instante, y ello no por embeleso amoroso, sino por haber en la sideral Qgígia Un potencial gravitatorio mucho menor que en la terrestre Itaca. Los lectores de A B C están acostumbrados a los artículos amenos e instruc- ¡tivos de sus selectos colaboradores. Si alguno ha tenido paciencia para llegar hasta aquí, es muy posible que esté sumido en un mar de confusiones, y eso es lo que procede porque no me he propuestos escamotear dificultades sino ponerlas de manifiesto. j 1 Julio PALACIOS i de la Real Academia Española