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MADRID, DOMINGO 12 DOS DE JUNIO D E i 9 5 5 EJEMPLAR PESETAS A N O ClU A D RA G E- 1 S JM 0 OCTA V O N U M E RO 88 i 5 3 7 P Ak G) N A S SESENTA Y CINCO MUERTOS Y MAS DE CIEN HERIDOS EN LA CARRERA LE MANS Un bólido- -a 260 kilómetros por hora- -chocó contra otro, estalló en el aire y se abatió sobre el público SE ESTÁN CUBRIENDO VELOCIDADES MEDIAS DE DOSCIENTOS KILÓMETROS POR HORA La gran prueba automovilista conocida por el nombre de Las Veinticuatro Horas de Le Mans tenía ya antes de ahora una aureola de emoción y dramatismo. Desde ayer, y para siempre, queda marcada con el sello de la tragedia. TJn piloto qut pierde el dominio de su bólido y que, al estrellarse, arrastra en su muerte a setenta y cinco espectadores y deja ana sangrienta estela de más de cien heridos, es algo que sobrepasa el límite de los accidentes Deportivos y entra en la escala da los sucesos que conmueven al mundo. Año tras año la durísima prueba de Le Mans se había ido haciendo más difícil. Los coches sen sometidos durante veinticuatro horas a un desgaste violentísimo, sólo comparable al de los dos pilotos que los conducen, aunque éstos puedan relevarse a lo largo de la carrera. Quizá hombres y máquinas han llegado ya al techo de las posibilidades mecánicas y humanas y la prosecución de estos esfuerzos tiene un punto de locura. En los últimos meses, famosos volantistas han sacrificado su vida en el altar de la velocidad. En abril, el italiano Mario Alborghetti se mató durante el Gran Premio de Pau; hace tres semanas, el norteamericano Bill Vukovich se abrasó en Iidianápolis y, días después, el famoso Ascari moría en Monza. Todavía el domingo perecía en Des Moines el gran corredor BOD Slater. La muerte parees acompañar a los bólidos y cobrarse usuariamente el botín de velocidad que el hombre quiere arrancar al tiempo y al espacio. No se sabe qué hacer: si calificar de delirio la continuación de la aventura o admirar ese impulso heroico y sobrehumano que es la raíz de todo progreso. Hoy, un duelo inesperado. Una marca de sangre y de angustia no alcanzada todavía pone a media asta el pabellón deportivo de Le Mans. El deporte un 3 así en la muerte, como en la gloria, a los héroes deportivos y a las masas que los admiran y los aHentan con su aplauso. A veces acompañándoles en la hora trágica del sacrificio. Le Mans 11. La carrera automovilista de las XXIV Horas ha tenido un trágico comienzo, habiéndose registrado dos accidentes- -uno de ellos catastrófico- -en las tres primera horas de la prueba. Un testigo presencial contó 34 cuerpos inmóviles sobre el suelo, después que un Mercedes conducido por P i e r r e Levegh, con Fitch de copiloto chocó contra otro coche y se estrelló contra la barrera ds protección del circuito, para estallar después en el aire. El accidente se produjo de la siguiente manera: El Austin- Hearly pilotado por Lance Maklin, pasaba ante las tribunas, poco antes del box de Mercedes cuando frenó ligeramente: el francés Levegh, que llegaba a 260 kilómetros por hora, no pudo evitar la colisión con la parte trasera del coche inglés, y se subió, literalmente, sobre el Austin proyectándolo hacia la derecha r box de Mercedes donde dos personas resultaron heridas- -una de ellas gravemente- -antes de que el coche diera un salto hacia el otro lado de la carretera y parase. Mientras, el Mercedes de Levegh sesma su carrera hacia la izquierda, levantándose en el aire. De repente, se oyó. un clamor horrible, seguido de tremenda explosión y densa columna de fuego, que llegaba hasta pocos metros antes de la tribuna oficial. El coche dio un salto de cuatro o cinco metros, después de haber chocado contra la barrera, y fue a estrellarse violentamente contra el suelo, estallando. El eje delantero, con sus dos ruedas y parte de la cp. rrocaría, salieron proyectados contra el público, quedando varias personas decapi- tadas y otras aplastadas o quemadas por las piezas candentes de la máquina. El accidente sobrevino en el mismo sitio donde habia sido cavado el subterráneo que comunica el interior del circuito con las tribunas de la Prensa, viendo los concurrentes a ésta cómo una densa columna de humo se elevaba al cielo, mientras que el público situado en lugares cercanos presa de enorme pánico, se lanzaba en tromba hacia las tribunas, retardando así la llegada de las ambulancias y de los miembros encargados del servicio de orden, que pretendían abrirse paso. Los heridos que podían andar ya se habían arrastrado, y otros huían alocados, viéndoseles con brazos destrozados, cabezas ensangrentadas, en medio de gritos terribles. Simultáneamente, otros eran lie- vados en volandas lejos del lugar donde se hallaba la hoguera. En un centenar de metros la pista era como un campo de batalla, manchada de sangre. Hombres y mujeres gritaban, lloraban y trataban de averiguar frenéticamente si alguno de sus amigos o parientes se encontraba entre las víctimas. Numerosos pedazos sangrantes de vestidos y trozos de cuerpos humanos yacían desperdigados por el suelo, mientras los gendarmes trataban de contener a la multitud. Momentos después, Ahier, del Servicio Especial de Alfil, contó 16 personas sin vida bajo una tienda de campaña. Levegh se encontraba entre ellos, decapitado. En centenares de metros cuadrados, a lo largo de la pista, reinaba una gran desolación; algunas de las victimas íueron decapitadas. Las ambulancias del circuito, reforzadas por las del Ejército, conducidas por soldados, hicieron una labor heroica, trasladando docenas de heridos desde el lugar del accidente al pequeño hospital de la localidad, donde los médicos y enfermeras trabajaban en forma desesperada para evitar la confusión total y prestar asistencia a los pacientes. Muchas de las personas sufrían graves shocks como consecuencias de las escenas presenciadas. John Fien, copiloto de Levegh, a quien en principio se creyó entre las víctimas, no iba en el coche cuando ocurrió el accidente; permaneció al lado de la cuneta, esperando su turno para conducir, librándose de una muerte segura. A última hora de la tarde, la Policia de Le Mans anunció oficialmente que la cifra de muertos era de sesenta y cinco, mientras que los heridos pasan de cien; desde luego es el accidente más grave ocurrido en la historia del motodeporte. En el depósito de cadáveres de Le Mans y en los hospitales se procede a la identificación de las víctimas. La carrera, no obstante esta tragedia, continuó, porque el reglamento d 3 la Federación Internacional de Automovilismo ordena que no se interrumpan las competiciones ni aun en casos mortales. El argentino Fangio, con Mercedes, minutos antes de que ocurriera el accidente, logró una velocidad de 195,397 kilómetros por hora, cuando el inglés Hawthorn marchaba todavía en primera posición. A las cuatro de la tarde, el conde Elmo Maggi. director de las Mil Mills dio la v señal de partida de las XXIV Horas. Los coches estaban alineados y los conductores estaban en el borde opuesto. Los 60 conductores cruzaron la pista a la señal de partida, comentando a rodar con un ruido ensordecedor y en medio del bullicio de más de 200.000 espectadores. Los coches se lanzaron a más de 160 kilómetros por hora hacia la primera curva, al final de las tribunas. En primer lugar iba Castellotti, con Ferrari. Castellotti hizo una vuela a una velocidad media de Ifa 9,213 kilómetros por hora. Pero este récord no duró mucho tiempo, porque pronto alternaron Castellotti, Hawthorn y Fangio. En la recta de Tertv? a Mulsanne lrs tres bólidos de cabeza fueron cronometrados a 282 kilómetros por hora. En la decimoséptima vuelta Fangio aceleró la marcha y mejoró su propio récord de la vuelta, efectuando el recorrido a una media de 194,508 kilómetros ñor i ora, arrebatando el primer puesto a Cas- l teKotti en la décimooctava vuelta. En la vigésima, el argentino perdió la primacía que ocupó el británico Mañana, domingo, a las cuatro ds la tarde, terminará a prueba. -Alfil. Mancheta. Doña Juanita trata de tomar nueva sirvienta. Llega una a pretender. ¿Cuánto quiere usted ganar? -Lo que la señora diga. Una no es de esas que ¡venga a pedir y a pedir! ¡Menos mal! Y, dígame: ¿por qué se fue usted de la otra casa? -Nada, que el señor y la señora ss pasaban el día peleando. -Sí que sería desagradable, caramba. -Sobre todo para mí. Como que cuando no era con el señor, era con la señora. EL PALACIO DE LAS CAMAS 6, Plaza del Ángel, 6