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tre Zurbarán y Valdés no puede ser más euT aquél, es todo serenidad y pureza; r; c, pasión, desequilibrio, y con frecuencia adolece de un barroquismo delirante. No obstante, hay en él una fuerza indómita y una sabiduría técnica extraordinaria, de sello muy racial. Nos detuvimos frente a la gran composición del licenciado Juan de Roelas, El martirio de San Bartolomé Mi amigo Jisma a Roelas, muy justamente, El patí e de la pintura sevillana porque, en efecto, desempeña en ésta un papel paralelo al de Ribalta en Valencia. Roelas vuelve la espalda al romanismo de Luis da Vargas y de Pablo de Céspedes, para inspirarse en los venecianos, cuya materia pictórica y concepto de la composición estaban más de acuerdo con el temperamento de los españoles, dando paso á las tendencias realistas, bajo cuyos a u s p l c i o s alcanzaren gloriosas cumbres los grandes maestros de esta escuela, entre los cuales ha de ser incluido. Hubiera querido comentar la poderosa personalidad de Herrera el Viejo y la de Francisco Pa c h e c o. el humanista, maestros ambes de Velázquez, ante sus obras representativas, mas hubo que seguir adelante; lo mismo sucedió con Juan del Castillo, Aleoso Vázquez, los Polanco y otros; asi cerno con Luis de Tristán, que está aquí bien representado. ¡Pero cuando m. e hallé contemplando el Retrato de un pintor de Dominico Greco, experimenté una de las eme clones estéticas más señaladas de mi vida, porque representé al propio Dominico, a su hijo Jorge Manuel o a; otro maestro contemporáneo, sea quien fuere el modelo. ¡Qué rostro tan noble, qué gesto sonriente, lleno de sensibilidad e inteligencia, y qué ejecución tan primorosa, y qué pintura tan fluida y vital 1 Admiramos las g r a n d i o s a s creaciones de Martínez Montañés, y el San Jerónimo de Torrigia no, aquel escultor irascible, que de un puñetazo partió la na- riz dé Miguel Ángel Buonarrotti, y, cuando ya cansado, iba a adquirir Sa salida, mí guía dijo: -No puede usted salir de aquí, sin que le enseñe alguna pintura contemporánea. Subimos la gran escalera para contemplar la magnífica serie de retratos de Es. quivel, en su nueva instalación: el Autorretrato y el Retrato de la hija del pintor de José Jiménez Aranda, ante los cuales mi amigo exclamó sentenciosamente: Este ha sido el mejor pintor sevillano del siglo XIX. -Y que usted- lo diga- -le respondí. Pintura jugosa y robusta, superior a la de Rosales, a nuestro juicio. Luego, contemplando Las cigarreras de Gonzalo Bilbao, calificó a éste del Velázquez de nuestra época Con permiso de Joaquín Sorolla- (le repuse. El Níno Jesús pinchándose un dedo al tejer una corona de espinas por Zurbarán. Retrato de un pintor por El Oreco Salimos del Museo, y bajo la caricia ardorosa del sol, anduvimos lentamente; al llegar a la plaza del Duque de la Victoria, donde se alza la airosa estatua en bronce de Velázquez, obra del escultor Susillo, leí en su plinto esta enseña orgullosa: Al pintor de la verdad, su patria. -Oiga usted- -interpelé a mi sevillano- ¿Cómo es posible que en el Museo de su patria no exista ninguna obra del pintor de la verdad ¿Es que no hay aquí patriotas capaces de ceder una obra de Velázquez? -Mucho se ha hablado de este asunto, y por lo visto es un mal que no tiene remedio, por ahora. En Sevilla sólo hay dos cuadros de Velázquez: el del Palacio Arzobispal y el de San Hermenegildo, y... ¡Sentados en la terraza de un establecimiento, en La Campana descansamos viendo pasar a la gente y descorchamos una botella para brindar por todos los maestros de la escuela sevillana, sin olvidar a don Alfonso Grosso, afortunado director del Museo que acabábamos de visitar. J. M, V. Autorretrato del pintor O. José Jiménez Aranda. -Puede que tenga usted razón- -me c o n t e s t ó- por a q u í considerábamos a don Joaquín como cosa nuestra; y yo le vi pintar en los jardines del Alcázar, cuando era un chaval; p e r o don Gonzalo e r a también muy bueno. ¡E s t á bien- -le jije- no discutamos por eso. El cuadro de Gonzalo Bilbao es prodigioso, por el ambiente, por la luz, por el movimiento y la actividad vital: no p u e d e dudarse que por su materia pictórica corre sangre velazqueña. Aspecto de la sala de Murillo y Zurbarán.