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rado la botella, estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos litros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados- suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz... Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y dé los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo pon ojos de espantó. Kn el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos, hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agitada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos y entró en el co rral oscuro. Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja de altos setos al triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera que iba de mala gana con su desconocido y a tales horas. Por fin hubo que separarse. Antón, malhumorado, exclamaba desde casa: ¡Bah, bah, neños acá vos digo; ¡basta de pamemas -así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas. Caía la noche; por la calleja oscura que hacían casi negra los altos setos formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintan pausado de la esquila, desvanecido, con la distancia 1, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas. ¡Adiós. Cordera -gritaba Rosa, deshecha en llanto- ¡Adiós, Cordera de mío alma! ¡Adiós, Cordera -repetía Pinín, no más sereno. ¡Adiós! -contestó, por; último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los, demás sonidos de la noche de julio en la aldea... a Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no había sido nunca para ellos triste; a- quel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto. De repente, silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, con unas estrechas ventanas altas, o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas, que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces, Adiós, Cordera i- -gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela. ¡Adiós, Cordera -vociferó P i n í n con la. misma fe, enseñando los puños a! tren, que volaba, camino de Castilla. Y llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo: -La llevan al matadero. Carne de vaca para comer los señores, los curas, los indianos. ¡Adiós, Cordera ¡Adiós, Cordera Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo, que les arrebataba, que les devora fea a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para ¿sus apetitos) para convertirla en manjares de ricos glotones. ¡Adiós, Cordera ¡Adiós, Cordera Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín, que, por ser, era como un roble. Y una tarde triste de octubre, Rosa en el prao Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi molida por las ruedas, pudo ver un instante, en un coche de tercera, multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria fa- miliar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey de unas ideas que no conocían. Pinín, con medio cuerpo fuera de una, ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír, entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas, la voz. distinta de su hermano, que sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano: ¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera ¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma! Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas. Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba asi la pobre hermana, viendo al tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbido que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos... ¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que er ¿un. desierto el prao Somonte. ¡Adiós Pinta! ¡Adiós, Cordera Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh! Bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y, sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta de Somonte. El vienta cantaba, en las entrañas del pino seco, su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte. En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía delante: ¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera L. Á. (Ilustraciones de A, Redondela.