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1 í por los hilos el lenguaje incomprensible se ahogaba en el mar de soledad que roque lo ignorado hablaba con lo ignorado; deaba el prao Somonte. Desde allí no ella no tenía curiosidad por entender lo se veía vivienda humana; allí no llegaque los de allá, tan lejos, decían a los ban ruidos del mundo más- que al pasar del otro extremo del mundo. ¿Qué le im- el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos portaba? Su interés estaba en el ruido, del sol a veces, entre el zumbar de los por el ruido mismo, por su timbre y su insectos; la vaca y los niños esperaban, la proximidad del mediodía para volver a misterio. La Cordera mucho más formal que casa. Y luego, tardes eternas, de dulce sus compañeros, verdad es que, relativa- tristeza silenciosa, en el mismo prado, mente, de edad también mucho más ma- hasta venir la noche, con el lucero vesdura, se abstenía de toda comunicación pertino por testigo mudo en la altura. con el mundo civilizado, y miraba de le- Rodaban las nubes allí arriba, crecían jos el palo del telégrafo, como lo que era las sombras de los árboles y de las pepara ella efectivamente: cosa muerta, in- ñas en la loma y en la cañada, se acosútil, que no le servía ni siquiera para ras- taban los pájaros, empezaban a brillar carse. Era una vaca que había vivido mu- algunas estrellas en lo más oscuro del ciecho. Sentada horas y horas, pues, exper- lo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemeta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, los, los hijos de Antón de Chinta, temeditaba más que comía, gozaba del pla- ñida el alma de la dulce serenidad soñacer de vivir en paz, bajo el cielo gris y dora de la solemne y seria Naturaleza, tranquilo de su tierra, como quien ali- callaban horas y horas, después de sus menta el alma, que también tienen los juegos, nunca muy estrepitosos, sentados brutos; y si no fuera profanación, po- cerca de la Cordera que acompañaba dría decirse que los pensamientos de la el augusto silencio, de tarde en tarde, vaca matrona, llena de experiencia, de- con un blando son de perezosa esquila. bían de parecerse todo lo posible a las En este silencio, en esta calma inactiva, más sosegadas y doctrinales odas de Ho- había amores. Se amaban los dos herma. recio. nos como dos mitades de un fruto verde, Asistía a los juegos de los pastorcicos unidos por la misma vida, con escasa encargados de llindarla como una conciencia de lo que en ellos era distinabuela. Si pudiera, se sonreiría al pen- to, de cuanto los separaba; amaban Pinín sar que Rosa y Pinín tenían por misión, y Rosa a la Cordera la vaca abuela, en el prado, cuidar de ella, de que la grande, amarillenta, cuyo testuz parecía Cordera no se extralimitase, no se me- una cuna. La Cordera recordaría a un tiese por la vía del ferrocarril, ni saltara poeta la zavala del Ramayana la a la heredad vecina. ¡Qué había de sal- vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus tar! ¡Qué se había de meter! Pastar de cuando en cuando, no mu- pausados y nobles movimientos, aires y cho, cada día menos; pero con atención, contornos de ídolo destronado, caído, consin perder el tiempo en levantar la cabe- tento con su suerte, más satisfecha con za por curiosidad necia, escogiendo sin ser vaca verdadera que dios falso. La vacilar los mejores bocados, y, después, Cordera hasta donde es posible adivinar sentarse sobre el cuarto trasero con de- estas cosas, puede decirse que también licia, o rumiar la vida, o gozar el delei- quería a los gemelos encargados de apate del no padecer, del dejarse existir, Esto centarla. era lo que ella tenía que hacer, y todo lo Era poco expresiva, pero la paciencia demás, aventuras peligrosas. Ya no recor- con que los toleraba cuando en sus juedaba cuándo le había picado la mosca. gos ella les servía de almohada, de es El xatu (el toro) los saltos locos por condite, de montura, y para otras colas praderas adelante... ¡Todo eso estaba sas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del tan lejos! v Aquella paz sólo se había turbado en animal pacifico y pensativo. En tiempos difíciles Pinín y Rosa halos días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cor- bían hecho por la Cordera los imposidera vio pasar el tren se volvió loca. bles de solicitud y cuidado. No siempre Saltó la sebe de lo más alto del Somon- Antón de Chinta había tenido el prado te, corrió por prados ajenos, y el terror Somonte. Este regalo era 1 cosa relativaduró muchos días; renovándose, más o mente nueva. Años atrás la Cordera menos Violenta, cada vez que la máquina tenía que salir a la gramática esto es, asomaba por la trinchera vecina. Poco a a apacentarse como podía a la buena poco se fue acostumbrando al estrépito ventura de los caminos y callejas, de los inofensivo. Cuando llegó a convencerse rapados y escasos praderíos del común, de que era un peligro que pasaba, una que tanto tenían de vía pública como de catástrofe que amenazaba sin dar, redu- pastos. Pinín y Rosa, en tales días de pejo sus precauciones a ponerse en pie y nuria, la guiaban a los mejores altozanos, a mirar de frente, con la cabeza erguida, a los parajes más tranquilos y menos esel formidable monstruo; más adelante quilmados, y la libraban de las mii injuno hacía más que mirarle, sin levantar- rias a que están expuestas las, pobres rese, con antipatía y desconfianza; acabó ses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino. por no mirar al tren siquiera. iEn Pim h y Rosa, la novedad del feEn los dias de hambre en el establo, rrocarril produjo impresiones más agra- cuando el heno escaseaba y el narvoso dables y persistentes. Si al principio era para estrar el lecho caliente de la vaca una alegría loca, algo mezclada, de miedo faltaba también, a Rosa y a Pinín debí supersticioso, una excitación nerviosa, que la Cordera mil industrias que la hacían les hacía prorrumpir en; gritos, gestos, más suave la miseria, i Y qué decir de los pantomimas descabelladas, después fue tiempos heroicos del parto y la cría, un recreo pacífico, suave, renovado varias cuando se entablaba la lucha necesaria veces al día. Tardó mucho en gastarse entre el alimento y regalo de lá nación aquella emoción de contemplar la marcha y el interés de los Chintos, que consistía vertiginosa, acompañada del viento, de la en robar a las ubres de la pobre madre gran culebra de hierro que llevaba den- toda la leche que no fuera absolutamentro de sí tanto ruido y tantas castas de te indispensable para que el ternerillo entes desconocidas, extrañas. subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de Ja Cor dera y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban al recental, que, ciego Pero telégrafo, íerrocarril, todo eso era y como loco, a testerazos contra todo, colo de menos; un accidente pasajero que rría a feuscar si amparo le la madre,