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D I A R I O I LU S T R A D O D E l NF O R M A 1 O- N G ENERA L FUNDADO EN 1005 POR DON, TORCUATO LUCA DE TENA ABC D IA RIO i LUST R A D O DE I N F 0i R M A C I ON G E N ERA L preparar u n a s oposiciones. Es, por tanto, el gran estimulante para la actividad de los demás. ¿Y qué hace usted ahora? nos pregunta el ocioso. Y nos lo pregunta con la mayor benevolencia, sin asomo de ironía, sabiendo como él sabe que hay gentes que tienen que hacer, que han nacido para eso, y que con ello cumplen unfinimportante, y que tan sólo como terapéutica se les puede recomendar la inactividad, que descansen, que no hagan nada. Algunos dicen espontáneamente: Voy a pasarme un mes sin hacer nada. Es muy difícil que no haga nada el hombre que trabaja. Para los trabajadores el ocio no puede ser sino una breve pausa. Leen, pintan, van a pescar... buscan, en suma, una ocupación en el fondo, un trabajo que no es su trabajo habitual. El ocioso perfecto es quien no tiene nada que hacer y no lo, echa de menos. Quien no se ha planteado en íá vida ningún problema grave, quien deja a un lado las contrariedades y disgustos por- que son un trabajo. Se dirá que es difícil encontrar un- ocioso puro, y ello es menos fácil porque el ocio es una cosa cara. iNjo produce nada y consume mucho. Y ésta es la diferencia esencial que ofrece con la vagancia. El vago tiene sus preocupaciones, y. cualquier preocupación es trabajo. Hay que pensar en las cosas que ha de hacer el vago durante el día para no trabajar. Alguno nos recomienda a su hijo para que le coloquemos, en un lugar donde no tenga que hacer nada. En efecto, hay muchos que están colocados en lugares donde no tienen nada que hacer. Incluso por no hacer nada reciben una remuneración. Compadezcamos a estos sujetos, porque no trabajan, pero no son ociosos. Pesa constante sobre su conciencia todo lo que tienen que hacer y no hacen. Consumir el tiempo sin responsabilidad, he ahí la virtud del ocioso. ¿Y qué haces aquí? pregunté a mi amigo, sentado en la terraza de ti bar. Pues ya ves, viendo pasar gente. Para él la obligación del trabajo no. era un castigo bíblico. Yo me senté junto a él para ver pasar gente también, y advertí que este espectáculo constituía para mí un trabajo. Pasaban los más variados tipos. Era una tarde de domingo, y la mayor parte de loe paseantes tenían aspecto de cansados. Los zapatos de los domingos suelen hacer daño. Era toda la fatiga de un día de oció, A la mañana siguiente habrían de empezar de nuevo trabajar. Era una torriente de ocio circunstancial, sin sabiduría y sin oficio. Francisco DE COSSIO N T ¡O hay nada tan agradable como el ocio, me decía un amigo, sentado en la terraza de un café, viendo pasar la gente. Y yo pensé que él ocioso, como el poeta, nace y no se hace. Es inútil que el hombre que trabaja se obstine en ser ocioso una temporada. Los días serán para él demasiado largos y se encontrará con todas las horas vacías. Entonces, si no puede hacer otra cosa, se dedicará a emprender un viaje alredor de su cuarto, o a pensar que se tiene que morir, que es el traba; o más trascendental que puede ofrecernos la filosofía. Don Miguel de Unamuno me contó una vez una curiosa anécdota. Hacía una excursión a la Peña de Francia, era muy añcionado a conquistar cumbres, y como empezase a llover, tuvo que guarecerse en una venta. Cuatro hombres de pueblo se dedicaban en torno de una mesa a jugar al tute. Un amigo, que acompañaba a don Miguel, dirigiéndose a los jugadores, les dijo: -Acaba de entrar aquí el hombre de más talento de España. ¿No le conocéis? Don Miguel de Unamuno. Los jugadores permanecieron indiferentes. Don Miguel se constituyó en un mirón del, juego. Y en una pausa, mientras uno de los jugadores barajaba, le preguntó: ¿Quién cree usted que ha sido el hombre más inteligente del mundo? El jugador se le quedó mirando y le contestó sin vacilar: -íEí que inventó las cartas. Don Miguel hubo de reolicarie: ¿Y dónde me deja usted al que inventó la cama? El jugador hizo una pausa y luego, sin vacilar, dijo sencillamente: -Fue el mesmo. He aquí el gran inventor del ocio, el que tras inventar las cartas vio que su invento no era completo e inventó la cama. Se dirá que el juego, en cierto modo, es un trabajo. Mas el juego es uno de los instrumentos del ocio para llenar con algo el tiempo, pues el ocioso puro tiene que justificar su ociosidad con algún impulso. En nuestro tiempo hay muchos ociosos que caminan de prisa con una cartera bajo el brazo, y que van y vienen de un lado para otro, sin objeto y sin fin. Estos nos recuerdan a la ardilla de 3 a fábula. Tantas vueltas y revueltas, tantas idas y venidas, ¿son, de alguna utilidad? No confundamos al ocioso con el vago. El vago es un hombre a la deriva, en tanto que el iocioso, en potencia, es un trabajador que todo lo deja para mañana. Ni siquiera siente pereza; 5 que, prácticamente, no tiene nada que t Et OCIOS O hacer. El vago es un ser perjudicial para la sociedad, en tanto que el ocioso es un consumidor, y miles de hombres trabajan para él. Es santa y buena la virtud del trabajo, mas piensen los trabajadores que sin ociosos, sin ese hombre que duerme y juega, todo lo superfluo, que da para vivir a tanta gente, sobraría en el mundo. Además, el ocioso alimenta la vanidad de quien trabaja. Es muy caro el ocio, y es un. oficio muy difícil, aunque los trabajadores creen de buena fe que ellos serían muy felices si pudiesen no hacer nada. Luego, cuando les llega la ocasión, porque ya pueden vivir de sus rentas, advierten que esto de no hacer nada no está al alcance de sus conocimientos. Que el ocio exige una aptitud, una técnica, unos conocimientos, y que las veinticuatro horas del día son muy largas para llenarlas de vacío. Este es el drama del ocio para el aficionado, para quien no es un profesional de la ociosidad. Cuando el hombre que trabajó toda su vida le llega la jubilación, se siente perdido. lEsos viejos que. vemos en una plazuela tomando el sol. De tiempo en tiempo, miran el relojí esperando la hora. Esperan una hora sin contenido. Nada más patético que un hombre activo en un balneario. Posiblemente, la terapéutica del aburrimiento es beneficiosa para la salud, pero es angustiosa. El médico dice: A usted lo que le conviene es no hacer nada, descansar. Y le ofrece el ocio, que es tanto como ofrecer un libro a quien no sabe leer. Claro está que si en el mundo todos fuesen ociosos, nada en él funcionaría. Pero lo mismo ocurriría si en el mun do todos fuesen poetas. No desdeñamos al ocioso, que él nos deja libres en la vida los puestos para trabajar. El ocioso no es nunca un competidor. Jamás el ocioso se ha planteado el problema de Reuma Enfriamientos Dolore de cabeza EL REMEDIO OE fAMA MUNOlAÍ ÍAYBÍ