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A han rebasado el medio siglo las conversaciones que celebró Caldos en París con la Reina Isabel II. Vivía ésta en el llamado palacio de Castilla, de la avenida Kléker, donde falleció poco antes de ser evocada por la pluma del gran escritor. El novelista íué presentado a la ex Soberana por nuestro embajador en la capital francesa, Quiñones de León, y el recibimiento que obtuvo de la caída majestad íué sinceramente afectuoso. A los diez minutos de conversación- -escribe Galdós- -ya se había roto, no diré el hielo, porque no lo había, sino el macizo de mi perplejidad ante la alteza jerárquica de aquella señora, que más grande me parecía por desgraciada que por Reina. Me aventuraba yo a formular preguntas acerca de su infancia, y ella, con vena jovial, refería los incidentes cómicos; los patéticos, con sencillez grave; a lo mejor su voz se entorpecía, su palabra buscaba un giro delicado jue dejaba entrever agravios prescritos, ya borrados por el perdón. Hablaba doña Isabel un lenguaje claro y castizo, usando con frecuencia los modismos más fluidos y corrientes del castellano viejo, sin asomos de acento extranjero, y sin que ninguna idea exótica asomase por entre el tejido espeso de españolas ideas. El autor de Fortunata y Jacinta pretende oír de los reales labios memorias más o menos áulicas del tiempo isabelino, y la Reina le responde: Te contaré muchas cosas, muchas; unas para que las escribas, otras para que las sepas... Iüivbel habla, animada y locuaa. Cueni. i sus travesuras infantiles, que contrastnlian con la seriedad de su maestro Quintana y de su cuidador Arguelles. Roñera sus disputas ortográficas con el wnenü Naiwácz, de las que éste salía siempre vencido, líaee con cuatro rasgos verbales la- efigies de O Donnell y Espartero. Racut- v da, con cierto escalofrió, la figura del clérigo Martín Merino, que intentó apuñalarla el dia 2 de febrero de 1852. Presuma e discreto claroscuro la escena ecm. Salustlano de Olózasa, en 1844, cuando quiso arrancarla el decreto de disolución de Coríes, según afirmaron- algunos y negaron otros. Alude al Ministerio relámpago (de veintisiete horas presidido por el coñac Cl onard e Inspirado por la camarilla del Hoy consorte, Franciswo de Asís. Poco al hablar do la. calumniada sor patrocinio. mw. e Galdós fielmente estas p i labras de Itt Kclna: Era una mujer muy buena; ern una santa, y no se metía en política ni en cosas del Gobierno. Intervino, sí, en asuntos de mi familia, para ¡ut mi marido y yo hiciéramos las paces; pero nuda más. La gente desocupada inventó mil catálogos, que han corrido por ícela España y por todo el mundo... Yo ionia entonces diecinueve años... Este me aconsejaba una cosa, aquél otra, y luego venia un tercero que ie decia: ni aquello ni t zio debes hacer, sino lo de más allá... Pó: a i e ustedes en mi caso... Don Benito Pérez Galdós, por Ángel, dibujante del siglo anterior. Drspui. s explica la augusta dama ¡os arduos comienzos ele su reinado. avispero Más adelante señala Galdós la ingratide ambiciones en torno a una niña, que sólo escuchaba términos de adulación, de tud que rodeó a Isabel n desde la corocortesano aturdimiento, de enmascarado noción hasta el destierro y la magnanihomenaje. Y sin poderse contener, con es- midad de la Reina, perdonando a los que la devolvieron mal por bien, diatribas por pontaneidad casi infantil, interroga: beneficios. Sin embargo, reconoce el es- ¿Qué había de hacer yo? Nuestro eximio novelista, no obstante critor que la heredera de Fernando VII las ideas que de su interlocutora le sepa- no supo valerse de los hombres enteros y ron, comprende la pregunta de la Reina, de gran virtud que también tuvo a su y se dice: Sólo siendo doña Isabel cria- lado, junto a los fortunarlos y los trepatura sobrenatural habría triunfado de ta- dores. La regia persona, apoyada en su báculo, les obstáculos. vestida con un traje holgón de terciopelo En efecto. La Reina ignoraba muchas azul, despide tiernamente a Galdós. Este cosas, y los particulares que la aconsejaban recuerda luego: Su rosro venerable, su tenían siempre un sentido partidista. Ma- mirada dulce y afectuosa persistieron larnirrota y piadosa, le faltaban, edad y ex- go tiempo en mt memoria. Y añade al periencia para saber distinguir esos pon- término de su relato: Se Juzgará su reiderables circunstanciales que caracterizan nado con crítica severa; en él se verá el R los regímenes de tipo constitucional y origen y embrión de no pocos vicios de son la piedra angular de tales Gobiernos. nuestra política; pero nadie niega ni des- Y Isabel I I en los primeros ño de su refriado, por Vicente López. conoce la Inmensa ternura de aquella alma ingenua, indolente, fácil a la piedad. 1 perdón, a la caridad, como incapaz de toda resolución tenaz y vigorosa. Doña Isa- bel vivió en perpetua, infancia, y el mayor de sus infortunios fue haber nacido Reina y llevar en sus manos la dirección moral de un pueblo, pesada obligación para tan tíer- na mano... Se reveló por un altruismo desenfrenado, y llevaba en el fondo de su espíritu un germen de compasión impulsiva, porque de él procedía su- afán de. distribuir todos los bienes de que podía disponer, y de acudir adondequiera que una necesidad grande o pequeña la llamaba... Hubiera repartido los tesoros rtíl mundo, si en su mano los tuviera, buscando una equidad soñada y una Justicia que aun se esconde en las vaguedades del tiempo futuro. Es curiosa y sobremanera elocuente 1 A reflexión que hace Galdós acerca del político que acaso hubiera mantenido en oí Trono a Isabel: Con el Cánovas de 1876- -dice- puesto treinta años atrás en la serie histórica, transmutación admisible en la ley del ensueño, no había miet: de que a espaldas de los Gobiernos visibles trabajasen en las sombras palatinas las camarillas enmascaradas, apartando Se su dirección recta las resoluciones de gobierno. De aquellas conversaciones de Galdós con Isabel II parece desprenderse una estela de nobleza y señorío. Dama y caballero- -tan distantes ideológicament e- se armonizan en un diálogo abierto, comprensivo, sustancial, como corresponde a una princesa en desgracia y a un hombre de espíritu. El novelista termina su recuerdo de la Reina con estas bellas y sentidas palabras: Descanse y sueñe en paz. José VEGA X el